Historias Legendarias

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Conozcamos mejor a Antonio de Ulloa

Durante siglos, para evitar que el patrimonio se dispersase, las herencias estuvieron ligadas a la condición de primogénito, recibiendo el primero de los hijos todos los bienes, mientras que sus hermanos tenían que ideárselas para labrarse un futuro prometedor. Las vocaciones religiosas fueron tradicionalmente una de las opciones más escogidas por los segundones de las casas, pero con la conquista del continente americano una nueva y próspera puerta se abrió para aquellos a quienes el retiro monacal no era algo que encajase en sus aspiraciones.

Tal fue el caso de Antonio de Ulloa, nacido en 1716 en el seno de una noble familia sevillana y el segundo de diez hermanos. Este hecho, ligado a su carácter inquieto y aventurero, lo llevaron a abandonar su casa natal a la temprana edad de 13 años, poniendo rumbo a Cádiz, donde pretendía ingresar en la Real Compañía de Guardiamarinas. Sin embargo, la falta de vacantes para ese curso hizo que tuviese que demorar aún algún tiempo su ingreso en la academia, aunque no tuvo que esperar para poder empezar a saciar sus ansias de surcar los mares. Ese mismo año se enroló en la escuadra de galeones de Manuel López Pintado, zarpando rumbo a Cartagena de Indias, en un viaje que duraría dos años y en el que visitaría lugares como Portobelo, Cuba o Santo Domingo. A su vuelta al puerto de Cádiz, y tras haber adquirido profundos conocimientos de navegación, pudo ya definitivamente ingresar en la academia, sentando plaza como guardiamarina en noviembre de 1733.

Comenzó así la vida de este ilustre marinero, miembro de prestigiosas academias del saber como la Royal Society de Londres o la Académie des Sciences de París, que en vida llegó a alcanzar gran reconocimiento por sus aportaciones a ámbitos tan diversos como la astronomía -fue uno de los participantes en la pionera expedición a Quito que llevaba como misión medir uno de los arcos del meridiano-, la mineralogía -fue el descubridor del platino- o la política, en la que destacan tanto sus contribuciones para la mejora de la situación de las Indias como sus labores de gobernador de Huancavelica en Perú o la Luisiana, en los actuales Estados Unidos.

El pasado 2015, cuando todavía faltaba un año para que se celebrase el 300 aniversario de su nacimiento, el Archivo de Indias, en colaboración con la Universidad de Sevilla, acogió una exposición en la que se ponía de manifiesto la inmensa biblioteca que Ulloa reunió en vida y que da buena cuenta de la sed de conocimientos del marinero, quien por cierto da nombre al Centro de Recursos para el Aprendizaje y la Investigación (CRAI) de la Hispalense, así como a dos institutos de la provincia. Ahora, ya en el año de su efeméride, la revista Andalucía en la Historia le dedica un artículo firmado por Rafael Cid Rodríguez en el que este profesor de la UNED hace un repaso a la trayectoria y los avances logrados por este sevillano, a quien se le debe la fundación de instituciones como el Museo de Historia Natural de Madrid o el Observatorio Astronómico de Cádiz.

Para comprender la importancia de Ulloa en la historia del siglo XVIII hay que remontarse al enfrentamiento que había entonces entre los partidarios de la teoría de Giovanni Cassini, quienes mantenían que la Tierra debía de tener forma de esferoide achatada por el ecuador, y los seguidores de la teoría newtoniana que sostenía que el estrechamiento tenía lugar, por el contrario, en los polos. Para zanjar la discusión, la Académie des Sciences envió dos expediciones, una a Laponia y otra a Quito, para realizar una medición del grado terrestre. Como en aquel momento la provincia de Quito pertenecía a la Corona española, los científicos tuvieron que pedir permiso a Felipe V, quien determinó que la campaña debía contar con la presencia de al menos dos españoles.

Esa delegación nacional la compusieron Antonio de Ulloa (en ese momento tenía sólo 19 años) y Jorge Juan (tres años mayor que él), quienes fueron rápidamente ascendidos a tenientes de navío para acercarse, al menos en grado militar, a sus compañeros franceses. “En la escuela destacaron como buenos estudiantes y además provenían de familias nobles. Ambas razones tuvieron peso a la hora de decidir quiénes debían ser los representantes españoles en la expedición hacia el ecuador”, argumenta en su texto Cid Rodríguez sobre el hecho que marcaría definitivamente la carrera de Ulloa. Tras una larga travesía que comenzó el 26 de mayo de 1735, fecha en la que partieron desde el puerto de Cádiz a bordo del navío Conquistador y la fragata Incendio, alcanzaron Cartagena de Indias donde se reunieron con el resto de la expedición, dirigida por el astrónomo y matemático Louis Godin y en la que se encontraban personalidades como Pierre Bouguer y Charles Marie La Condamine.

Al llegar a su destino, ya en 1736, el grupo se dividió en dos y durante varios años realizaron las labores geodésicas que les habían sido encomendadas. Pero Ulloa y Jorge Juan aprovecharon también su estancia en las Indias para cumplir un encargo que les había hecho personalmente Zenón de Somodevilla, ministro de Hacienda, Guerra, Marina e Indias, quien les había pedido que recogiesen información sobre la situación de aquellas tierras y sobre los problemas en los modos de gobierno. De esta manera, los dos marinos españoles tomaron nota no ya sólo de las cuestiones administrativas que les había pedido el ministro, sino también de aspectos culturales, de las costumbres del lugar, prestando también especial atención a su fauna y flora. Todo ello quedaría reflejado en algunas de las obras que escribieron juntos, como por ejemplo la Relación histórica del viaje a la América Meridional que vio la luz en 1748. Durante aquellos años, Ulloa y Jorge Juan también fueron requeridos en algunas ocasiones por el virrey de Perú, quien les encargó algunas tareas militares, como la defensa de puertos o la vigilancia de costas.

Las labores de medición del meridiano, que como hoy ya sabemos acabarían dándole la razón a la teorías de Newton, concluyeron hacia 1744. Un año después, ambos compañeros emprendieron su vuelta hacia tierras españolas, navegando cada uno en embarcaciones diferentes, con la idea de preservar la confidencialidad del material que habían ido recopilando sobre la situación de las Indias. Y es de agradecer que así lo hiciesen, pues mientras que Jorge Juan pudo completar su vuelta sin apenas problemas, la nave Deliverance, en la que viajaba el sevillano, fue apresada por los ingleses.

Ulloa intentó deshacerse de las informaciones más comprometidas, pero aun así parte de su documentación fue requisada por sus captores, algo que muchos años más tarde, después incluso de la muerte de Ulloa, acabaría costándole la revelación de alguno de los secretos de estado por parte del británico David Barny, quien publicó el sensacionalista título Noticias secretas de América, que ayudó a perpetuar la leyenda negra española sobre la gestión de la Corona en los territorios colonizados.

A pesar de este contratiempo, la fama científica que ya precedía a Ulloa le sirvió para conseguir un buen trato durante su breve cautiverio además de una pronta liberación. En el intento de recuperar aquellos documentos que le habían requisado, el ilustrado conoció a Martin Folkes, quien por aquel entonces era presidente de la Royal Society. Además de ayudarle a localizar sus informes, Folkes le ofreció ser miembro de la sociedad, pues había quedado muy sorprendido de las labores científicas que Ulloa había desarrollado en las Américas. Tal era el aprecio de Folkes tenía por Ulloa, que le regaló un ejemplar de la tercera edición de los Principia de Isaac Newton, libro fundamental para cualquier ilustrado de la época pues marcó un punto de inflexión en la Historia de la Ciencia. Ese mismo ejemplar, perteneciente al fondo de la biblioteca de la Hispalense, es uno de los que se expuso en la muestra del Archivo de Indias.

Durante la siguiente década la Corona española mandó a Ulloa a diferentes misiones por toda Europa, en las que el marino y científico debía recopilar información sobre los últimos avances en todos los ámbitos del saber, algo que Cid Rodríguez describe, en tono jocoso, como “labores de espionaje industrial”. Con estos encargos el gobierno pretendía modernizar las instituciones españolas. En la puesta en práctica de lo aprendido en el Viejo Continente, Ulloa creó el primer laboratorio metalúrgico, entre otras cosas.

A mediados del XVIII, a raíz de la confianza que la Corona tenía en Ulloa, el marino volvió al Nuevo Mundo, pero esta vez para ejercer de gobernador. En una primera etapa estuvo al frente del territorio minero de Huancavelica, perteneciente al actual Perú, y en un posterior momento pasó a serlo de la Luisiana, región que Francia cedió a España en compensación por la Guerra de los Siete Años. A su regreso a España sería ascendido a teniente general de la Armada y durante algún tiempo más seguiría realizando cometidos para el gobierno, muriendo finalmente en la Isla de León (Cádiz) en 1795.

 Durante años la memoria de la figura de Ulloa quedó bastante borrosa, teniendo casi por única conmemoración una pequeña calle, Almirante Ulloa, en el lugar de su nacimiento. Más suerte tuvo su compañero de aventuras, Jorge Juan, quien durante la última etapa de las pesetas aparecía en el billete de 10.000. Ahora, en el 300 aniversario de su nacimiento, Correos pondrá en circulación el 26 de septiembre un sello conmemorativo con el que se recordará la gran vida de este ilustrado sevillano que tanto aportó al saber español.

Fuente: Diariodesevilla.es
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