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Entrevista a Christiane Desroches Noblecourt

Hoy no me resisto a postear una entrevista que he podido leer en la web de egiptologia.com, y donde he podido descubrir mas profundamente a la que tenia como una gran dama de la egiptologia, la cual nos dejó en junio del pasado año,y  tengo que añadir varios calificativos, aunque no creo que tenga suficientes, incansable, heroina, indomable, y asi no podria parar. Os dejo con esta deliciosa entrevista.

La egiptóloga Christiane Desroches Noblecourt combatió en la Resistencia francesa contra los nazis, fue decisiva en la salvación de los templos amenazados por la presa de Asuán y ha consagrado su existencia a divulgar las vidas de los faraones Ramses y Tutankamon y la reina Hatshepsut.

Esta entrevista empieza y acaba con un obelisco. En el inicio de la larga y fecunda carrera de la egiptologa francesa Christiane Desroches Noblecourt (Paris, 1913), la gran dama de la disciplina, su faraona, la corajuda mujer que militó en la Resistencia contra los nazis, fue decisiva en el salvamento de los templos de Nubia -entre ellos el de Abu Simbel- que iban a ser anegados por la gran presa de Asuan, se ganó el respeto del general De Gaulle y ha sido capaz de escudriñar en los secretos más íntimos de la reina Hatshepsut (a la que ha dedicado un libro sensacional recién publicado en España por Edhasa), hay un obelisco. Uno de los mas bellos e impresionantes. El que se alza desde 1833 en la plaza de la Concorde parisiense. Consagrado a Ramsés II y arrebatado de su emplazamiento original en el templo de Luxor por una expedicion francesa, el milenario monolito despertó la pasión por Egipto de una niña a la que nada le parecía más maravilloso que ir con su abuelo a admirar los jeroglificos grabados profundamente en la petrea carne de granito rosa. “Eran para mi momentos excepcionales”, rememora la nonagenaria pero enérgica egiptologa, a la que una foto de 1921, de su clase del liceo Molière, muestra como una pequeña escolar de aspecto deliciosamente travieso. “Egipto estaba verdaderamente presente en mi desde entonces y me ha dado mucho durante toda mi vida. El antiguo Egipto nos ofrece un mensaje de sabiduria y belleza”.

Hoy, en esta hermosa tarde de primavera que engalana Paris la víspera de la entrevista con madame Desroches Noblecourt, el obelisco se yergue como si quisiera horadar el cielo y su dorado piramidión estalla bajo el sol en una orgía de esplendor ramésida. Tal parece que la deportada aguja de piedra se soñara, con este tiempo radiante, de nuevo en su antigua Tebas, atalayando las procesiones sagradas de Amón y abanicada por las banderas divinas, flameantes en los largos mástiles del templo. Cruzar hacia el alto betilo sorteando los automóviles que circulan por la plaza resulta harto arriesgado, pero una visita al monumento reportará un buen puñado de puntos mañana ante Desroches Noblecourt, mujer de carácter donde las haya y presta a arrebatos de genio que han devenido legendarios (es célebre su rifirrafe con Jacqueline y Aristoteles Onassis en el Valle de las Reinas en1974, en el curso de una agitada excursión por las tumbas).

Al pie de la gran estaca de piedra, dos voluptuosas turistas alemanas atacan con ávidos lengüetazos sendos helados, componiendo una imagen perturbadora (TELA con el autor, para decir: dos gordas alemanas devorando sus helados). Quizá no es el mejor momento para recordar que en 1993 se le colocó un inmenso preservativo al obelisco en el marco de una campaña antisida. En fin, el monolito puede verse como el epicentro de la egiptologia francesa, un dedo de piedra de 220 toneladas que lleva desde Champollion (incitador de su traslado) hasta Desro­ches Noblecourt, y que ha visto pasar (vease el estupendo “Le grand voyage de l’obelisque” de Robert Solé. Seuil, 2004) las cenizas de Napoleón, los revolucionarios de la Comuna, los tanques de Leclerc y hasta al mismísimo Ramsés II, a cuya momia, de visita en Paris para ser sometida a tratamiento antihongos en 1976, se llevó a dar una vuelta a la Con­corde por instigación de la propia Des­roches Noblecourt, que en el curso de ese viaje también hizo volar al faraón -soberano prodigio- sobre las piramides de Guiza.

“Dios perfecto, señor de las Dos-Tierras, User-maat-Ra, hijo de Ra, senor de apariciones, Ramsés-meriamón, dador de vida como Ra”. El entrevistador se repite esta inscription del obelisco como una letanía mientras, algo acongojado, asciende en el ascensor al piso de la egiptologa en el cuco distrito 16, un reducto tradicional de la burguesia republicana parisiense. Abre la asistenta y hace pasar a un elegante saloncito donde espera de pie, con aire decidido, la famosa egiptóloga. Su apariencia de entrañable abuelita apenas disimula una personalidad tan arrolladora que parece absorber todo el espacio a su alrededor, hasta el punto de que resulta dificil percibir los detalles de la habita­ción. Sólo más tarde se disciernen un biombo; un jardin en la terraza, con la figurita de un ibis; los retratos de su marido, André Noblecourt, y de un vicealmirante -su hermano-, y una mesa de trabajo sembrada de libros, memorias de excavaciones, fotografías (anotar que una es de la gruta sagrada del Valle de las Reinas, que ella misma descubrió e investigó, granjea una mirada aprobadora de madame Desroches Noblecourt) y algunos objetos. La estudiosa se apoya en un bastón. “Me he hecho operar la rodilla. La artrosis, no la vejez”. No obstante, durante la conversation se levantara a buscar un libro y, llevada de su energía, atravesará la sala sin apoyo alguno. Sentada ante su interlocutor en una butaca tapizada de color lapislázuli, el color de los faraones, la egiptóloga adornará su inteligencia con una inesperada coquetería y cerrará un botón más de la blusa sobre el pecho.

**¿Le ha mordido alguna vez una cobra?

No, nunca me ha picado ninguna serpiente. He tenido suerte. La verdad es que, pese a que la cobra Meretseger fuera la patrona de la santa cima tebana, no puedo ni verlas. Edfu, cuando excavábamos antes de la última guerra, estaba lleno de cobras. En 1940 tuvimos que limpiar de serpientes nuestro campamento en Karnak porque estaba infestado. Me convertí en una experta en suero antiofídico. A algún colega sí le picaron. Una vez me trajeron a un hombre al que le había mordido una, enorme, y al no dar resultado las curas tradicionales le sané dándole a beber whisky y haciéndole correr, algo que recordaba que mi tatarabuelo había he­cho con un enfermo de escorbuto en el sitio de Sebastopol. Pasó 48 horas espantosas, pero luego me dijo: “Que Alá me perdone, pero para volver a beber eso me haría picar otra vez”.

**¿Sigue yendo por Egipto?

Ahora no, por la rodilla, pero antes…, ¡oh, la, la! Cuantas veces… Por todos mis trabajos, mis excavaciones [el descubrimiento de la tumba, ¡intacta!, de Sech-Sechet, la mujer del visir de Pepi I, Isi, en Edfu; el redescubrimiento de la tumba de la reina Tuyi, la madre de Ramsés II, en el Valle de las Reinas], y en los años sesenta, durante el salvamento de los monumentos de Nubia, no sólo Abu Simbel, sino 24 templos y capillas. Habrá leído usted mi libro sobre ese asunto, claro [Las ruinas de Nubia. Destine, 1997]. Ah, ¡como salvamos la Nubia, a pesar de todo el mundo! Los norteamericanos fueron los peores. Fue terrible. Durante años prediqué en el desierto, incluso los colegas me decían: “Pierdes el tiempo. No son monumen­tos franceses”. ¡Dios mío! Oí ese argumento tantas veces. ¡Qué estupidez pensar que uno no se puede ocupar de los monumentos egipcios porque no es egipcia! Luché por algo que me pertenecía, y por el honor de la humanidad.

**¿Se acuerda de su primera visita al pais del Nilo?

Una siempre se acuerda de su primera vez. Había acabado mi tesis; estaba en el Louvre, donde luego pasé 48 años y fui conservadora jefa del departamento egipcio, y en 1937 recibí una beca para ir tres meses de misión a Egipto. En esa época, la gente no viajaba mucho. Mis padres estaban enloquecidos. ¡Ir allí sola! ¡Una chica de mi edad! Hube de prometer a mi madre que llevaría siempre un casco colonial. Fui en un vapor, el Champollion, en el que coincidí con el aga Jan y el Negus, exiliado después de la conquista de Etiopía por la Italia fascista y que viajaba hacia Jerusalén. La mujer del director del Instituto Fran­cés de El Cairo, donde me alojé a mi llegada, me dijo: “Ma petit, nunca subas a otro vagón de tren que el marcado ‘Ha­rem'”, que era sólo para mujeres. Ser mujer, la primera, me reportó muchos problemas en una disciplina que era bastante misogina.

<<“Salvamos los monumentos de Nubia a pesar de todo el mundo. Luché por ellos, por el honor de la humanidad”>>

**¿Cual es su lugar favorito de Egipto?

Abu Simbel, con los templos de Ram­ses II y su esposa Nefertari tallados en la roca, porque salvarlos significó una batalla sin esperanza durante tres o cuatro años.

**Tutankamon, al que dedicó un libro inolvidable, traducido a 22 idiomas [‘Tutankamon, vida y muerte de un faraon’. Noguer, 1967], ha sido siempre alguien muy importante para usted. Con el tiem­po, ¿ha cambiado de opinión acerca de su muerte?

¡Ah, el pequeño Tutankamon! Mire, no tengo ni idea de que le pasó. Hay muchas teorías, como sabe. Algunos investigadores, sobre todo ingleses, han vuelto a estudiar su momia, que había quedado muy deteriorada, quemada a causa de los ungüentos utilizados con profusion en la momificación. Han declarado que la muerte no fue natural, sino consecuencia de un accidente, por­que han visto una pequeña cicatriz. Considero una locura asegurarlo con tan poca evidencia. Se ha dicho además que el accidente pudo ser provocado. Eso no tiene sentido en el contexto histórico. Las suposiciones hechas hasta ahora no estan fundadas sobre pruebas y, por tanto, yo me abstengo de opinar. Es la position cientifica.

**Tutankamon, Ramses II [‘Ramses II: la verdadera historia’. Destino, 1998] y aho­ra ‘Hatshepsut, la reina misteriosa’ [a la que ya le dedicó un capítulo en el tan interesante ‘La mujer en tiempos de los faraones’. Editorial Complutense, 1999]. ¿Qué le ha atraido de ella?

Reconstruir la vida de una soberana egipcia muerta hace 3.500 años y cuya memoria fue perseguida (no por su sobrino, corregente y sucesor Tutmosis III, como se creía, sino por los sacerdotes de Osiris, disgustados por las reformas religiosas de la reina), era un reto muy atractivo. He descubierto a un ser excepcional. Baste con decir que, en el curso de un programa arquitéctonico inteligente y refinado, hizo construir ese Versalles funerario que es el templo de Deir el Bahari; envió una aventurera y exitosa expedicion al pais de Punt (en el delta del Gash cerca de Eritrea), la primera gran operación comercial, científica y pacífica de que tengamos noticia; inició la tradición de entierros reales en el Valle de los Reyes, al que los egipcios antiguos no denominaban así, sino la Gran Pradera, y en su reinado se acuñó la palabra faraón. Fue el personaje mas conmovedor y notable de la realeza faraónica. Su padre, el gran guerrero Tutmosis I, la pre­paró desde niña para el poder, para reinar -“la pondré en mi lugar”, declaró en una , inscripción-, y seguramente por eso, para legitimarla de cara al trono, la caso con su medio hermano Tutmosis II, un débil mental degenerado, como prueba su rostro, un tarado que murió pronto.

**Tuvo un consejero muy intimo, Senenmut, el gran intendente, que parece que era nubio.

Sí, estaba muy cerca de ella. Los títulos, las recompensas que obtuvo son formidables, insólitos. ¡Una lista de 66 cargos! Un verdadero egiptólogo no puede afirmar ja­más algo de lo que no está absolutamente seguro, pero se pueden formular hipótesis basándose en los documentos. Senenmut parece haber sido soldado con Tutmosis I, y su inteligencia le impulsó hasta las más altas esferas. No hay ninguna prueba de que Hatshepsut le haya dado una preferencia íntima. Pero existe una elocuente caricatura, una inscripción erótica, que muestra a Senenmut con la reina, coronada con el jeperesh real, en una actitud que no se presta a confusión [de hecho, ejem, penetrándola por detrás]. Si me pide mi opinión, le diré que estoy seguro de que vivieron juntos, de que esa mujer formidable tuvo una aventura sentimental con su consejero. ¡Y yo la comprendo!

<<“Reconstruir la vida de una soberana egipcia muerta hace 3.500 anos era un reto. He descubierto a un ser excepcional”>>

**Usted sugiere que hubo un hijo de esa unión.

Hay un niño, Maiherpa, en el entorno real, un paje favorito de la reina que ostenta tiítulos que correspondían a los hijos reales. Murió joven y se le enterró en el Valle de los Reyes, un honor inexplicable. Uno de los tejidos que envolvían la momia era un lino de gran calidad con el sello de Hat­shepsut. La reconstrucción mediante técnicas de los forenses policiales de la cara del muerto ha revelado rasgos nubios. Propongo la hipótesis de que ese joven era hijo de la reina y Senenmut.

**Parece que, además de por Senenmut, la rei­na sentía gran atracción por los guepardos.

¡Yo adoro los guepardos! Desde siempre. Los he estudiado en el Jardín des Plantes, y me parece increible que algunos egiptólogos no los identifiquen y los confundan con otros felinos, con esas largas lágrimas negras y orejas redondeadas. En las maravillosas escenas de la llegada de la expedición de Punt grabadas en el templo de Hatshepsut, en Deir el Bahari, aparecen dos guepardos, y una inscripción dice que esos animales no dejaban jamás a la reina. En mi libro, cuando reconstruyó la extraordinaria escena de la aparición de ella ante una muchedumbre en el santuario de Pajet, el Speos Artemidos de los griegos, la retrato llegando en su carro a ese verdadero mitin con sus dos guepardos corriendo al lado.

**Déjeme que le diga que usted tiene una capacidad milagrosa de materializar escenas de la antigüedad, de infundir vida a los fri­os relieves e inscripciones. La ceremonia funeraria de Tutankamon, la entrada en combate de Ramsés II en Kadesh o el éxtasis de Hatshepsut ante la riqueza y belleza de los productos que desembarca la expedición de Punt. ¡Casi parece uno ver a la reina a embriagándose con los perfumes y resinas odoríferas!

¿Verdad? Mi hijo me dijo lo mismo. Es cierto -los textos lo señalan asombrados-que se zambulló en los ungüentos como presa de un frenesí. Eso impactó tanto a los contemporaneos que el escriba lo recogió: “Su majestad en persona, con sus propias manos, extiende el aceite por todos sus miembros. Su piel se ha transformado en electro, brilla como las estrellas”.

**Debía de ser bella, la reina.

Un ser de rara naturaleza, de acción excepcional, de inteligencia única y voluntad indomable. ¿Bella? Seguramente.

**Del cuerpo no queda mucho. Apenas el hígado seco.

O quizá sea el bazo. Apareció en un cofre de madera de sicómoro incrustado de marfil con su sello. La tumba fue saqueada. Pero hemos encontrado algunos objetos que acompañaron a Hatshepsut al otro mundo. Cuando estaba a punto de escribir el final de mi libro fui a una inauguración en el Museo Arqueológico de Basilea, y de repente me fijé en un objeto de piedra roja en una vitrina y era ¡una cabeza de guepardo! Le pregunté al conservador de dónde provenía la pieza y resultó ser un peón del juego de senet, una especie de ajedrez, ¡con el nombre de Hatshepsut! Ah, el azar…

**Parece que la reina le persiguiera.

He pasado muchos años recogiendo mate­rial sobre ella, pero nunca pensé que fuera posible escribir su historia, dada la dificultad de reunir los documentos. Fue después de escribir el libro sobre Ramsés II que mi editor me lanzó a ello sin dejarme un minuto. He intentado mantenerme ceñida a los datos, a las inscripciones, las estelas, palabra a palabra, sin dejar volar nunca la imaginación. Porque verá, no soy una escritora ni una novelista, soy egiptóloga. Explico al gran público interesado cosas que debería saber.

**Volviendo al salvamento de los monumentos de Nubia, tan central en su biografía, esa empresa del traslado de los templos fue tan colosal como su propia construcción.

Mucha gente que hoy se vanagloria de haber participado en la tarea era partidaria entonces de dejar que fueran destruidos. Como los norteamericanos: hicieron todo lo posible por detenerme; me tacharon de loca y de liante, de arrastrar irresponsablemente a la Unesco. Foster Dulles, que espero que esté muerto, y el embajador de EE UU, el señor Reinhardt, dijeron que yo tenía una imaginación pervertida. Y esos días, la CIA hacía desaparecer gente, así que eran tiempos peligrosos para quien les llevaba la contraria. No sabe cómo trataron a los egipcios esos cowboys: amenazaron al presidente Nasser, que se negó a venderse a los americanos, con que no tendría dinero de la banca internacional para la presa si no aplicaba la política que le dictaban. La política que han intentado aplicar en Irak. ¿Ha visto el resultado? ¿Cómo ha podido España ir allá?

**Bueno, nos hemos marchado.

Ah, ¿por qué fueron?

**El Gobierno…

Sí, ese señor al que se le llama fascista. No imagino a los españoles haciendo eso; ustedes, los más próximos a los árabes. Cuando vi que… ¿cómo se llama esa espe­cie de…?

**¿Aznar?

Aznar. Cuando vi que forzaba a España a adherirse me dije: no es posible, no es posible. España es un país de señores. Ustedes tienen un sentido del honor, incluso alguna vez exagerado. Me dije: no, no, ha sido Aznar. Los polacos, sí, ellos sí son capaces. Es más su estilo.

**La verdad es que han hecho una restauración muy discutible del templo de la reina Hatshepsut en Deir el Bahari.

¡Completamente! ¿La ha visto? ¡Han hecho un plató de cine! No han entendido nada del lugar ni del monumento.

**Seth era el dios egipcio del caos, la violencia, la furia y la venganza, y se le tuvo por personification del mal. ¿No cree que hubo cierto espiritu ‘sethiano’ en el 11-S, dirigido precisamente por un egipcio, Mohamed Atta?

En todas partes hay demonios, gente nociva. Es un asunto mucho mas complicado.

**Ahora está de moda considerar a Akena­ton, el faraon hereje, un malvado dictador a la altura de Hitler o Stalin.

Los egiptólogos han fabricado en buena medida a Amenofis IV Akenaton, pero no lo han comprendido. Hablan de herejía o cisma, pero no es eso. Lo que trató fue de hacer evolucionar la religion egipcia, simplificándola. En lugar de hablar de dioses en plural, Akenaton comprende que todos esos seres maravillosos con cabeza de ani­mal son manifestaciones de un único dios. No vale la pena decir que existen Horus, Ptah, Sejmet…, todos son proyecciones del mismo creador; están en el sol, la fuerza vital, atómica si quiere. No fue una revo­lución, fue una evolución. Akenaton se encerró en su reducto de Tell Amarna con la gente que creía que entendería su mensaje, sus discípulos. Es un primer ensayo de un pequeño Jesús. Fue ciertamente un iluminado y actuó muy deprisa. Creo que al final se trastornó. La experiencia acabó mal. Ese no es motivo para decir que no estuviera en lo correcto. No hay 36 dioses, y si Dios existe no es nuestro amigo al que le damos la mano cada dia: ese es el mensaje de Akenaton. Y tiene razon.

**¿Y Ramsés? ¿Como se le ocurrió llevarlo a volar sobre las pirámides?

Ramsés II fue el hombre de los milagros, hizo cosas asombrosas. Así que cuando el 26 de septiembre de 1976 su momia dejó el Museo de El Cairo para viajar a Paris, donde se la sanaría de sus problemas de hon­gos, me pareció oportuno pedirle al piloto que dieramos una pasada sobre las pirámi­des de Guiza: 3.190 años tras su muerte, el gran faraon sobrevoló esos grandes monumentos. Me pareció un hermoso símbolo.

**¿Quedan muchas cosas extraordinarias por descubrir en Egipto?

Oh, sí. Aunque no podemos esperar des­cubrir tumbas reales todos los dias. No olvide que Carter es el único que encontró una tumba de faraon intacta, y fue por azar. Hay grandes egiptólogos que se han pasado la vida buscando y no han encontrado nada. Los verdaderos descubrimientos están en la investigación científica. Hay que conocer el terreno; hacer excavaciones metódicas, profesionales. Yo he encontrado objetos de la vida cotidiana de los campesinos faraónicos en las reservas de los museos que ofrecían información inestimable, pero ¿que se expone?: desgraciadamente, sólo las grandes obras.

**¿Qué se siente al penetrar en una tumba intacta, como la de Sech-Sechet?

Una emoción que no se olvida nunca. Puedes ver la huella de la última persona que pisó el lugar, en ese caso hacía más de 4.000 años.

**Hábleme de De Gaulle.

El ministro de Cultura egipcio, Saroite Okacha, un amigo muy querido y un hom­bre remarcable, me dijo que tenía que ir a ver al general para lograr el compromiso de Francia para el salvamento de los templos. Cuando acudí a él para recabar dinero a fin de rescatar el templo de Amada, el general me riñó de entrada por haber actuado en el asunto de manera tan independiente. Pero le contesté que no había hecho más que inspirarme en su ejemplo, y mi audacia le hizo sonreir. “Tranquilícese, la suma necesaria ya esta dispuesta”, me dijo.

**Cuando en 1967 se inauguró la exposición con los tesoros de Tutankamon en Paris -la primera vez que salían de Egipto-, usted, que fue la artifice, le hizo de cicerone a De Gaulle. Toda una experiencia.

Ah, estaba muy interesado en la religión egipcia; en todo lo concerniente a la civili­zation faraonica, pero sobre todo en ese aspecto. Tres meses después de la visita aun hacía comentarios a su gabinete sobre el tema. Cuando vio la estatua negra de tamaño natural de Tutankamon, el general dijo: “Es el hombre invisible”. Siempre tenía una reflexión pertinente. Con la máscara de oro sostuvo un verdadero diálogo real. Le impresionó la copa translucida de alabastro en forma de caliz de loto. Le dije que representaba el renacimiento del sol. “Vaya más lejos, cuénteme”, solicitó. Le expliqué el culto del fondo del templo, el más secreto. Los egipcios utilizaban imágenes materiales para explicar cosas que no lo son. Explicaban lo espiritual por lo material, empleaban lo concreto para ha­cer una demostración abstracta. No eran materialistas. El suyo es un simbolismo que no es estrafalario. El cristianismo debe mucho a los antiguos egipcios, más que a la tradición hebrea. En aquella visi­ta le señalé al general la dimensión solar de la eucaristía. “Es cierto, tiene usted ra­zón”, aceptó. El general… un hombre no­table, aunque no con los imbéciles, a los que no podía soportar. Nunca le llamo presidente, porque él, ¿sabe?, me condecoró en la Liberación. Es mi general, y yo, al cabo, fui su soldado, sin uniforme, y eso me hubiera costado la vida, el fusilamiento. Pero claro, uno no podía llevar uniforme en los años cuarenta en el Paris ocupado.

<<“Los verdaderos descubrimientos que quedan en Egipto dependen de la inves­tigación. Hay que conocer el terreno”>>

**Corrió peligros entonces. Formó parte de una célula de la Resistencia. Es sabido que en una cripta del Louvre escondieron ustedes a un paracaidista inglés. Quizá así empezá la leyenda del fantasma Belfegor.

Me detuvieron a punta de pistola dos agentes de la Gestapo. Me interrogaron y me encarcelaron. Fue muy duro. Me dejaron libre unos días después por falta de pruebas. Tuve mucha suerte.

**¿Conoció a Jean Moulin?

Le vi alguna vez, pero no puedo decir que le conociera.

**En cambio, llego a conocer bien a Malraux.

Yo le inicié en el secreto de los templos egipcios. Era un apasionado de la filosofía religiosa egipcia y de los símbolos. Era un simbolista de corazón.

**Aquella visita al Museo de El Cairo…

Sí, fue muy divertido. Lo perdimos. Imagínese, el ministro mas importante de De Gaulle. Los egipcios le habían invitado tras aquella fulgurante llamada internacional que pronunció para el salvamento de los templos de Nubia. Todo el museo es­taba a su disposición y el no aparecía. Le buscamos y le hallamos por fin sentado en una pequeña sala frente a una pintura, un retrato de El Fayum. Nos dijo que siempre recordaba la mirada de la mujer retratada, que le obsesionaba, y eso fue todo lo que vio. Así era Malraux. Cuando estuvimos en el Valle de las Reinas, él sólo estaba in­teresado en ciertas cosas. Le propuse recorrer el camino de la montaña hacia el Valle de los Reyes, que esta sembrado de extraordinarios grafitos de los primeros anacoretas cristianos. Y él se entusiasmo con la idea. Su jefe de gabinete, también viejo miembro del maquis, me pidió que le disuadiera. “El ministro tiene una pierna que no le funciona. Sera un desastre”. Es verdad que aquellos lugares son peligrosos. Le comenté entonces a Malraux que estaba fatigada, pero él me contesto: “¡Usted sube!”. Iba tan rápido que no podía seguirle, pero al llegar a la cima ya no podía caminar. Una herida de guerra, me dijo, “de cuando, tras el desembarco, trataba de reunirme con el ejército de Patton”. Le cogieron entre dos policías egipcios enormes y le bajaron, mientras los ministros egip­cios me abroncaban por haberle puesto en ridículo. Pero él me dijo: “Gracias, madame, por un viaje que no olvidaré jamás”.

**Aquello en la estantería, ¿no es una réplica de la cúspide del obelisco de la Concorde?

Sí, el piramidión, cójalo, cójalo. Lograr que se lo pusieran fue toda una batalla. Le escribí a Chirac. El mismo Champollion quería ya en su tiempo que le colocaran una copia del que debió tener originalmente. Lo conseguimos en 1998. Esta mucho mejor ahora.

**¿Qué le ha dado Egipto?

Ah, mucho. Egipto nos ha dejado en herencia la sabiduría antigua; ellos, los egipcios, dieron la sabiduria al mundo. La Biblia lo reconoce. Su mensaje es de sabiduría y tolerancia; no olvide el gran papel, insólito en la antigüedad, de la mujer en el mundo egipcio. La naturaleza hablaba a los egipcios; todo era una cosa de Dios, una flor que brotaba, una montaña. No era superstición, era algo físico. Eso te enseña a abrir los ojos ante ciertas cosas que an­tes veía sin mirarlas, sin entenderlas. Encuentro el antiguo Egipto también en el nuevo. No en el fundamentalista, sino en los viejos campesinos, que no han cambiado en miles de años. Ellos ofrecen una lección de humanidad, de serenidad y paciencia, algo muy útil para mí, que soy muy temperamental, como sabe. También he encontrado en el Egipto islámico grandes inteligencias, he tenido conversaciones muy interesantes que me han abierto el espíritu a ciertas cosas; no para adherirme, pero…

**¿Volverá a Egipto?

Sí, sí, en cuanto pueda. Tengo allí muchas excavaciones, equipos, muchas co­sas que atender.

Madame Desroches Noblecourt, que ya se ha impacientado con el fotografo -“¡deje de retratar a la vieja dama!”-, se incorpora como debía hacerlo Hatshepsut al dar por terminada una audiencia. Cabe imaginar el efecto que produciría la estudiosa de disponer además de dos guepardos a los que les hubieran retrasado -como a ella- la hora del almuerzo. Preguntarle si tiene alguna an­tigüedad notable para fotografiarla en sus manos ha sido un ‘faux pas’. A la mujer que abroncó en una ocasion al famoso Ludwig Borchardt, echándole en cara haberse llevado a Berlin el busto de Nefertiti, no podía sentarle muy bien la cuestion: “¡No, no, no! Nunca he cogido un objeto de categoria, durante toda mi carrera. ¡Yo soy una arqueóloga, señor!”. Restablecida la paz, y no sin antes echar pestes contra Christian Jacq -su bestia negra, al que considera un saqueador de ideas ajenas y un afi­cionado sin talento-, acompaña a los visitantes hasta la puerta y los despide con cordialidad tras dar recuerdos para el “tímido y gentil” egiptólogo catalán Josep Padró, que fue su alumno, y preguntar por “la futura reina” doña Leticia -“¡está contenta la reina Sofía?”-. La memoria retiene una última imagen de la egiptóloga antes de que se cierre la puerta, erguida, muy recta, como si con esa actitud conjurase el peso de su edad y la nostalgia que el recuerdo del país del Nilo ha dejado a su alrededor como el limo de una inundación. Y uno, embargado de una súbita emoción, no puede dejar de pensar al verla en el no­ble y firme obelisco de la Concorde y en los versos que le hizo declamar Theophile Gautier a ese altivo y majestuoso gigante de piedra exiliado: ” Je te pleure, ô ma vieille Egypt, / avec des larmes de granit” (“Yo te lloro, oh mi viejo Egipto, / con lagrimas de granito”).

Fuente: El País nº 1450

Reseña: Fco. Javier Gómez Torres

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Grandes egiptologos: Howard Carter

Como no podia ser de otra manera, celebramos el 138 aniversario del nacimiento de Howard Carter, dentro de esta sección tenemos la satisfacción de hablar sobre este gran y metódico egiptólogo, que por su cabezonería descubrió la tumba mas famosa del Antiguo Egipto.

Howard Carter fue uno de los egiptólogos más famosos de la historia. Admirado por muchos, criticado por no menos y envidiado por todos, fue un hombre que se hizo a sí mismo y consiguió ser uno de los mejores. De ideas fijas, temperamento difícil, carácter agrio y pocos amigos, pero trabajador incansable, de mente despierta y apetito voraz por nuevos conocimientos. Fue un ejemplo para sus contemporáneos y un referente para sus sucesores.

Primeros años

Howard Carter nació el 9 de mayo de 1974 en Kensington, pero vivió su infancia y adolescencia en la pequeña aldea de Swaffham, en el condado de Norfolk. Era el pequeño de once hermanos (diez niños y una niña). Hijo de Samuel John Carter y Martha Joyce Sands. Su padre era un conocido artista de gran talento que se ganaba la vida como retratista de animales de la aristocracia rural y eventual dibujante del Illustrated London News.

Problemas de salud y económicos le impidieron acudir a la escuela como otros niños de su edad, por lo que la educación formal que recibió fue mínima. No obstante, fue entrenado concienzudamente por su padre en las técnicas del dibujo, llegando a desarrollar unas dotes extraordinarias a muy temprana edad.

No muy lejos de su casa vivía la acaudalada familia Amherst, para quienes el padre de Howard Carter había hecho varios trabajos. Fue allí, en Didlington Hall, el hogar de los Amherst, donde el joven Carter quedó fascinado por primera vez de la cultura del antiguo Egipto gracias a la colección de antigüedades de la familia. Y fue allí también donde su vida iba a cambiar.

Un inesperado golpe de suerte

Un día de 1891 los Amherst recibieron la visita de su amigo Percy E. Newbarry, quien por entonces era un afamado egiptólogo que trabajaba para la Egypt Exploration Fund (EEF). Newberry se interesó por la excelente técnica de un retrato del caballo de lady Amherst y manifestó su interés en encontrar a algún artista de talento demostrado que le acompañara en sus campañas en Egipto como copista de la EEF. Fue así como Howard Carter y Percy Newberry se conocieron y el joven de apenas 17 años fue propuesto para el trabajo. Después de una breve estancia y entrenamiento de tres meses en el British Museum de Londres, Carter se embarcó con Newberry rumbo a Egipto. Este iba a ser el primero de muchos más viajes a la Tierra Negra.

Carter dibujante

A su llegada a Egipto, Carter trabajó a las órdenes de Newberry copiando escenas y textos de algunas tumbas de la necrópolis del Imperio Medio en Beni Hassan. Ya desde un comienzo Carter destacó por sus dibujos, y aunque al principio aprendió y trabajó según la metodología seguida por la EEF, no tardó en imponer su criterio. El modo operativo de copiar los relieves y pinturas de las tumbas hasta la época era trazar los contornos y después, una vez los dibujos estuviesen en Inglaterra, rellenarlos y dibujar los detalles con tinta. Carter pensó que de este modo era más que probable que se perdiesen muchos detalles de importancia. Después de su estancia en Beni Hassan, se fue con Newberry al yacimiento de Bersheh, donde tuvo la oportunidad de hacer el tipo de dibujos que él quería, contorneando las figuras y añadiendo detalles interiores siempre que fuera posible. Esta técnica se convirtió en el estándar de la EEF.

A finales de 1891, Carter llegó a Tell el-Amarna bajo las órdenes del gran egiptólogo Flinders Petrie. Las excavaciones de Petrie siempre tuvieron fama de ser las más duras y en las que se vivía en peores condiciones, pero Carter pareció no verse impresionado cuando al día siguiente se le entregó su ración mensual de comida (sardinas enlatadas) y tuvo que construir él mismo su propio habitáculo con ladrillos de adobe. En su visita con Petrie a la tumba real de Amarna realizó varios dibujos de escenas de la tumba, de las cuales una fue publicada en el periódico británico The Daily Graphic. Esta fue la primera aparición de los dibujos de Carter en la prensa. El tiempo pasado a las órdenes de Petrie sirvió a Carter no sólo para consolidarse como dibujante, sino para aprender arqueología y egiptología. Petrie llegó a decir de él, “El sr. Carter es un chico de buen natural, que tiene todo su interés puesto enteramente en la pintura y en la historia natural, pero no me sirve en absoluto para trabajar como excavador”. El tiempo diría que Petrie se equivocaba, ya que Carter le probó su valía como excavador al realizar algunos importantes descubrimientos en Amarna.

En 1892 Carter recibió el duro golpe de la muerte de su padre, del cual tardó meses en recuperarse, perdiendo parte de la temporada de la campaña de ese año. Tras este alto, volvió a trabajar en Beni Hassan con Newberry. Para entonces, los dibujos y el trabajo de Carter habían ganado una buena reputación, convirtiéndose en el dibujante oficial de las excavaciones británicas del Archaeological Survey. Según le describen quienes le conocieron, Carter era el hombre perfecto para ese trabajo: tranquilo, reservado e incómodo en presencia de extraños, solitario y completamente entregado a su trabajo. En 1893, el egiptólogo suizo Eduard Naville requirió sus servicios como artista para trabajar en el templo de la reina Hatshepsut en Deir el-Bahari. Allí permaneció seis años copiando magníficos relieves y mejorando sus técnicas de excavación y restauración, hasta que en 1899 Gaston Maspero, Director del Servicio de Antigüedades Egipcio, ofreció a Howard Carter el puesto de Inspector General de Monumentos del Alto Egipto y Nubia, cargo del que tomó posesión a principios de 1900. Carter se había convertido con sólo 25 años en uno de los egiptólogos más famosos de la época.

El Servicio de Antigüedades

Como Inspector General de Monumentos del Alto Egipto y Nubia, Carter se dedicó a supervisar todos los yacimientos de la zona, y se hizo cargo de la instalación de luz eléctrica en Abu Simbel y el Valle de los Reyes. Además, fue partícipe de algunos importantes descubrimientos: una noche cuando Carter volvía hacia su casa a lomos de su caballo Sultán, éste cayó al suelo y abrió un agujero en la tierra con las patas traseras. El agujero, al que Carter llamó Bab al-Hosan (la Puerta del Caballo), resultó ser una cámara asociada al complejo del templo funerario del rey Mentuhotep II. Las expectativas de Carter le llevaron a organizar una apertura oficial con altos dignatarios invitados por él para abrir lo que él creía que era la tumba de Mentuhotep II. Pero dentro de la cámara sólo encontró un sarcófago vacío sin inscripciones, un pozo con tres barcas de madera y algunas vasijas, y una magnífica estatua en granito negro del rey portando la corona roja del Bajo Egipto que hoy puede apreciarse en el Museo de El Cairo. Pese a la importancia arqueológica del hallazgo los dignatarios que acudieron al acto quedaron decepcionados. Carter debió prometerse no volver a pasar por semejante vergüenza.

Detalle de un relieve en la tumba real de Amarna copiado por Howard Carter y publicado en The Daily Graphic.

Detalle de relieve de la tumba real de Amarna copiado por Howard Carter y publicado en The Daily Graphic.

En los años siguientes, Carter trabajó también como excavador para el millonario norteamericano Theodore Monroe Davis en el Valle de los Reyes.

Su prometedora carrera en el Servicio de Antigüedades llegó a su fin en 1905 debido a un altercado ocurrido tras su traslado a Saqqara. Unos turistas franceses habían irrumpido borrachos en la casa donde vivían Petrie, su mujer y algunos de sus aprendices, exigiendo una visita guiada por el recinto del Serapeum. Petrie se negó, y ante la agresión de los franceses a las mujeres, mandó avisar a Carter. Carter se presentó allí con los guardias egipcios del Servicio de Antigüedades. Hubo una pelea en la cual Carter autorizó a los guardias a defenderse, y éstos derribaron a los turistas franceses. Pero el asunto no quedó ahí, y los franceses llevaron sus quejas por el trato recibido hasta el cónsul general francés. El cónsul exigió una disculpa por parte de Carter, e incluso Maspero le instó a hacerlo, pero el carácter rudo y a veces áspero de Carter y su convicción de que había actuado correctamente se lo impidieron. El pequeño altercado sin importancia se había convertido en un conflicto anglo-francés, y ante la negativa de Carter a ofrecer sus disculpas, Maspero se vio obligado a relegarle de su cargo en el Servicio de Antigüedades. Su prometedora carrera se vio truncada.

Durante los siguientes años Carter sobrevivió gracias a su talento artístico vendiendo dibujos y acuarelas a los turistas y ofreciendo sus servicios como guía turístico. Pero la vida le deparó un nuevo golpe de suerte en 1907 cuando Maspero le presentó a lord Carnarvon. Carter estaba necesitado de trabajo y lord Carnarvon necesitaba un arqueólogo que le guiara y aconsejara en sus excavaciones.

Carter y Carnarvon

Carter trabajó como excavador patrocinado por lord Carnarvon en varios yacimientos como Sakha y Tell Balamun en el delta, pero su principal interés estaba en la región de Tebas. Trabajaron durante cuatro años en Karnak, Luxor y unos cuantos lugares más de la orilla oriental del Nilo, y a excepción de dos o tres tumbas privadas decoradas, el trabajo fue bastante estéril. Al margen de las excavaciones, Carter actuó como intermediario y consejero de Carnarvon a la hora de adquirir antigüedades egipcias, llegando así el conde a poseer una gran y valiosa colección.

Fotografía de Lord Carnarvon.

Fotografía de Lord Carnarvon.

En el Valle de los Reyes las cosas iban mucho mejor, Theodore M. Davis había descubierto más tumbas reales: Tutmosis IV, Hatshepsut, Siptah, Yuya y Tuya, Horemheb y una pequeña tumba que sirvió como reenterramiento de algún miembro de la familia real de Amarna. En 1906 Davis se topó con una pista que le llevó a pensar que podía haber más tumbas en el valle, una copa de fayanza azul con el nombre de un rey hasta entonces desconocido, Nebkheperura, Tutankhamon. El año siguiente encontró una pequeña cámara con restos de cerámica rota, lino, guirnaldas de flores, huesos de animales y una pequeña máscara funeraria pintada de amarillo. Davis pensó que se trataba de la tumba del misterioso rey, pero Carter nunca lo creyó así, y menos aún cuando años después su amigo del Metropolitan Museum de Nueva York, Herbert Winlock le dijo al examinar el material encontrado por Davis que se trataba sin duda alguna, de los restos del banquete funerario y enterramiento del rey, no su tumba.

En 1912, Davis renunció a su permiso de excavar en el Valle de los Reyes convencido de que no quedaban tumbas por descubrir. No obstante, Carter y Carnarvon no lo creían así y Maspero les concedió a ellos el permiso para excavar en el valle.

Durante la primera campaña de excavaciones en el valle, se llevó a cabo una reexploración de la tumba de Amenhotep III en el Valle de los Monos. La tumba ya había sido explorada y saqueada en la antigüedad, pero aún así, Carter encontró varios depósitos de fundación, un fragmento de un ushebti de la reina Tiy, parte de un vaso canopo del rey, una rueda de un carro real y un brazalete. En la segunda campaña hizo un importante hallazgo: 13 vasijas de alabastro con los nombres de Ramsés II y Merenptah. Debido a la I Guerra Mundial las excavaciones se paralizaron, tiempo durante el cual Carter trabajó como correo diplomático. En 1917 se había propuesto encontrar la tumba del faraón Tutankhamon y para ello había trazado un triángulo entre las tumbas de Ramsés II, Ramsés VI y Merenptah, en el que excavar hasta alcanzar el nivel de la roca madre. Encontró los cimientos de las casas de los trabajadores de la tumba de Ramsés VI, pero debido a la cercanía de los turistas que acudían a visitar la tumba del mismo faraón, no siguió por ahí y se fue al otro extremo. Las siguientes campañas no fueron nada fructíferas y Carter empezó a perder la esperanza. Abandonó su triángulo (cosa muy de extrañar en un hombre tan disciplinado como él) para inspeccionar diversas áreas al azar que se salían del perímetro marcado. Los resultados fueron los mismos: nada.

Carnarvon también empezaba a perder la paciencia, la esperanza y grandes cantidades de dinero, así que en el verano de 1922 informó a Carter de su intención de abandonar las excavaciones en el valle y solicitar una nueva concesión en otra zona más prometedora. Todo parecía apuntar que Davis tenía razón y el valle estaba agotado. En una reunión mantenida entre Carter y Carnarvon en Highclere, la mansión familiar de los Carnarvon, Carter consiguió convencer a su mecenas de continuar las excavaciones en el valle sólo una campaña más. Carnarvon, emocionado y sorprendido por la tenacidad de su amigo Carter, decidió confiar en él y correr con todos los gastos una campaña más en el valle. Tan convencido estaba Carter de la existencia de la tumba de Tutankhamon en la zona, que si Carnarvon no hubiera accedido, Carter estaba dispuesto a patrocinarse la campaña él mismo con fondos personales que había ido ahorrando gracias a comisiones de grandes transacciones de ventas de antigüedades en las que había mediado con el Metropolitan Museum de Nueva York. Esta sería pues, la última oportunidad que Carter tenía en el Valle de los Reyes.

Carter y Tutankhamon

Howard Carter limpiando uno de los sarcófagos de Tutankhamon. (Fotografía de Harry Burton)

Howard Carter limpiando uno de los sarcófagos de Tutankhamon. (Fotografía de Harry Burton)

A finales de octubre de 1922, Carter ya estaba de vuelta en Luxor para dar comienzo a las excavaciones, y esta vez trajo con él un pequeño canario dorado. Todos sus trabajadores egipcios creyeron que era un buen presagio. En esta “última campaña”, Carter retomó las excavaciones en el punto donde había encontrado los restos de las casas de los obreros de la tumba de Ramsés VI. La mañana del 4 de noviembre de 1922, a 4 metros por debajo de la entrada a la tumba de Ramsés VI, apareció un escalón tallado en la roca. Y tras ese escalón, otro y otro más, hasta un total de 12 peldaños que descendían en ángulo de 45º hasta una puerta sellada con el sello de la necrópolis real y cartuchos reales con el nombre de su propietario: Tutankhamon. Carter telegrafió a su mecenas “Al fin he hecho un maravilloso descubrimiento en el valle: una tumba magnífica con sellos intactos; tapada como estaba hasta su llegada. Enhorabuena.”

Lord Carnavon y su hija lady Evelyn llegaron a Luxor el día 23, y a la mañana siguiente ya estaba limpia de escombros la escalera. Pudieron comprobar que el interior de la tumba estaba también lleno de escombros, y que los saqueadores de tumbas la habían visitado ya en la antigüedad, pues se había vuelto a sellar en varias ocasiones. Aquel día, Carter, Carnarvon, lady Evelyn y Callender (ayudante de confianza de Carter) penetraron en la antecámara de la tumba y quedaron maravillados por todos los tesoros que vieron ante sus ojos. Aunque era evidente que la tumba había sido saqueada en varias ocasiones, aquello era mejor de lo que ninguno de ellos soñase jamás. Entre dos estatuas de centinelas de tamaño natural encontraron una puerta sellada que daba paso a la cámara funeraria en sí. Carter no iba a cometer el mismo error dos veces, y esta vez se aseguraría de que tras esa pared había algo realmente importante antes de invitar a nadie a una solemne apertura oficial de la tumba. Fue así como esa misma noche, el cuarteto hizo un hueco en la pared sellada y penetró en la cámara funeraria del rey y descubrió dos pequeñas habitaciones más que llamaron Anexo y Tesoro. En la cámara funeraria había una gran capilla de madera con paneles de oro y cerámica azul que ocupaba casi toda la habitación. Abrieron las puertas de la primera capilla y encontraron una segunda, con el sello real de la necrópolis aún intacto en el cerrojo. Era evidente que debían parar ahí su aventurada incursión si no querían tener problemas con el Servicio de Antigüedades. Carter omite esta ‘aventurilla’ en sus diarios y en su libro La Tumba de Tutankhamon, se limita a decir que abrieron un agujero entre los escombros, se asomó, echó un vistazo a los objetos, posteriormente lo taparon y se fueron todos de vuelta a casa esperando a continuar al día siguiente. No obstante, hay datos más que suficientes de otras fuentes para pensar que no fue así, y que esa ‘aventurilla’ realmente ocurrió.

Resulta imposible describir y siquiera imaginar el estado de ánimo de nuestro protagonista en esos momentos… unos momentos que bien le han merecido su paso a la historia por ser el autor del mayor descubrimiento arqueológico.

Resucitando a Tutankhamon

La historia del descubrimiento de la tumba de Tutankhamon sigue fascinándonos hoy en día y hay cientos de libros dedicados en exclusiva a ella, los fabulosos tesoros y hasta la popular maldición que se creó en torno al descubrimiento. La prensa mundial se hizo eco de la noticia y el Valle de los Reyes se convirtió en lugar de peregrinación para todos aquellos que querían ver y saber algo de los fascinantes tesoros de un joven rey prácticamente desconocido.

Durante muchos meses Carter tuvo que lidiar con políticos, periodistas, turistas, egiptólogos, arqueólogos, diplomáticos, simples curiosos y toda clase de oportunistas. La diplomacia nunca fue su fuerte y esto le causó serios problemas con el Servicio de Antigüedades. La presión del trabajo, el cansancio acumulado, los nervios a flor de piel y una complicada situación política en Egipto fueron la gota que colmó el vaso. Carter perdió los nervios y el Servicio de Antigüedades aprovechó la ocasión para relegarle de los trabajos en la tumba. Su buen hacer y un trabajo más que impecable para la época y los medios con que se contaba, quedaron ensombrecidos.

Tras juicios, tejemanejes políticos, conflictos por la repartición del tesoro, intercesión de sus colaboradores y amigos, y principalmente debido a un cambio político, Carter y su equipo pudieron volver al trabajo en la tumba. Dentro de la primera capilla dorada había dos más, y dentro de la última, un precioso sarcófago rectangular de cuarcita que contenía tres ataúdes antropomorfos. Cuando por fin Carter llegó al cuerpo momificado del rey tuvo que quitar cientos de metros de vendas de lino y casi 150 piezas de joyería entre éstas para encontrarse cara a cara con el rey.

No fue hasta principios de 1932 cuando la tumba fue completamente vaciada de todo su contenido, catalogados y restaurados todos los objetos y supervisado su traslado al Museo de El Cairo. ¡¡Habían pasado casi 10 años!!

Últimos años

Tumba de Howard Carter en el cementerio de Putney Vale.

Tumba de Howard Carter situada en el cementerio de Putney Vale.

Tras el cierre de la tumba, Carter se retiró de la arqueología. Volvió a Egipto en varias ocasiones, pero no quiso nunca volver a excavar, se convirtió en un gran coleccionista de antigüedades y viajó por todo el mundo impartiendo palestras en los mejores círculos intelectuales.

En 1932 cayó enfermo y nunca llegó a recuperarse completamente, siendo frecuente verle sentado al sol en el porche del Hotel Windsor Palace de Luxor durante sus últimos años de vida. El 2 de marzo de 1939 Howard Carter murió a los 64 años de edad debido a un ataque al corazón en su casa de Kensington. Una inscripción en su tumba en el cementerio de Putney Vale de Londres hace alusión a un fragmento de los Textos de las Pirámides: “Oh, noche, extiende tus alas sobre mí como las estrellas imperecederas”.

El nombre de Howard Carter está escrito con letras mayúsculas en las páginas de la historia por derecho propio.

Autor: Désirée Domínguez

ARTÍCULO PUBLICADO EN EL NÚMERO 7 DE “LA PUERTA DE MAAT”, REVISTA DEL INSTITUTO VALENCIANO DE EGIPTOLOGÍA

Grandes egiptologos: Hermann Junker

Hermann Junker

Bendorf am Rheim (Alemania) 29-11-1877 / Viena (Austria) 9-01-1962

Hijo de un contable, Stefan Junker, y de Katharina Friesenhahn, Hermann Junker nació en la ciudad alemana de Bendorf am Rheim (Renania-Palatinado) el 29 de noviembre de 1877.

Tras pasar por la escuela primaria de su ciudad, Junker recibió durante varios años las clases particulares de un ilustrado párroco de Bendorf, el reverendo Pfeifer, que apreciando la gran capacidad de estudio de aquél joven cuyo tiempo libre ocupaba leyendo autores clásicos como Homero o estudiando matemáticas, junto a un reducido grupo de niños de la localidad, le dedicaría gran parte de su magisterio. Por ello, si bien el reverendo Pfeifer contribuiría decisivamente a desarrollar su vocación sacerdotal y le facilitaría su ingreso en el seminario de Tréveris (1896), no es menos cierto que también fomentaría en Junker su interés por el Mundo Antiguo y la Ciencia. Así, tras ser ordenado sacerdote en 1900 y ocupar un puesto de capellán en la ciudad de Ahrweiler, apoyado por el párroco y su obispo, decidiría continuar su carrera de Filosofía en Bonn, que posteriormente le habría de conducir a la de Egiptología en la Universidad de Berlín con profesores tales como el gran egiptólogo Adolf Ermann o el coptólogo Karl Schmidt, gracias a los cuales adquiriría unos notables conocimientos en escritura jeroglífica, copto, lenguas semíticas, sánscrito, etc…, para graduarse “magna cum laude” y “summa cum laude” en 1903 con la tesis, Über das Schriftsystem im Tempel der Hathor von Dendera (A propósito de las inscripciones del Templo de Hathor en Dandara). Por ello, en 1908 y con la Königlich-Preußische Akademie der Wissenschaften (Academia de Ciencias Prusiana) le llegaría la oportunidad de viajar a Egipto como parte de la expedición que, dirigida por el egiptólogo Heinrich Schäfer tenía el propósito de estudiar las inscripciones del Templo de Filas. En 1909 sería llamado a ocupar un puesto entre el profesorado de la Universidad de Viena, y ese mismo año, dirigiría sus primeras excavaciones en el lugar de Tura que sacarían a la luz importantes restos arqueológicos proto y predinásticos, en lo que serían las primeras excavaciones que se llevarían a cabo en la ribera oriental del Nilo, para en 1910-1912, realizar otras en Nubia (el-Kubaniya, Armenna y Toshka), además de diversos estudios filológicos sobre el dialecto nubio kenzi.

Pero sería posteriormente, cuando trasladado al Delta y Norte de Egipto llevaría a cabo su más notable y conocida tarea. Durante 10 años, con la salvedad de entre 1912 y 1929 por la I Guerra Mundial, llevaría a cabo una sistemática excavación, limpieza y estudio epigráfico de una buena parte de los yacimientos de la Planicie de Guiza, que junto a la que realizara el egiptólogo norteamericano George A. Reisner (1867-1942), hoy son la base documental más importante de la gestión administrativa, económica, social, religiosa, etc., del Reino Antiguo recuperada para la historia gracias a diferentes restos en los que aparecieron multitud de nombres, títulos, cargos administrativos, deberes sacerdotales, relaciones familiares, etc. lo que le valdría el reconocimiento internacional y sería nombrado Director del Deutsches Archäeologisches Institut (DAI) en 1929. En esa misma época (1928-1930) también realizaría importantes excavaciones en el cementerio predinástico de Merinda Beni Salama en el que sacaría a la luz los vestigios del más antiguo asentamiento sedentario del Valle del Nilo.

Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Junker abandonó Egipto y se traslado a la ciudad de Tréveris, en la parte occidental de la dividida Alemania y dedicaría su tiempo a publicar, muy especialmente y entre 1929 y 1955, los 12 importantísimos volúmenes en los que recogería la labor realizada en Guiza.

Su labor arqueológica y científica sería largamente reconocida y además de ser nombrado en 1929 miembro de la Österreichische Akademie der Wissenschaften (Academia de Ciencias Austriaca) con la que realizaría gran parte de su labor y Decano de la universidad vienesa en 1922, por la Königlich-Preußische Akademie der Wissenschaften (Academia de Ciencias de Prusia) en 1921/1922, de la Bayerische Akademie der Wissenschaften (Academia de Ciencias Bávara) en 1932, del KTH (Instituto Tecnológico de Estocolmo) en 1933, del University College en 1953, de la Sächsische Akademie der Wissenschaften (Academia de Ciencias Sajona) en 1957 y también, en sus vertientes teológica y filosófica, lo sería al concedérsele diferentes títulos en las universidades de Tréveris o Wurzburgo,  pertenecer a la Prelatura Vaticana, o recibir la Orden del Mérito de la República Federal Alemana.

Sus últimos años los pasó, además de continuando con la difusión de sus tareas como egiptólogo y teólogo, también como africanista al ser uno de los fundadores del conocido Instituts für Ágyptologie und Afrikanistik de Viena. De todas ellas realizaría una notable labor pedagógica en diferentes universidades alemanas, austriacas o egipcias dónde formaría a múltiples profesionales, o participaría de diferentes fundaciones, como la del Barón Horace de Landau, que buscaban la salvaguarda de culturas y lenguas primitivas e idiomas en regiones como India o Arabia.

Desgraciadamente, durante una de sus reuniones en Viena, una trágica caída en el paraninfo de su Academia de Ciencias le produjo una fractura en el cuello que le hizo retirarse de toda actividad el 29 de mayo de 1961 y permanecer en cama hasta que el 9 de enero de 1962 le sobrevino la muerte. Su cuerpo sería enterrado el 12 de enero en el Friedhof Rodaun de Viena.

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Grandes egiptologos: Ludwig Borchardt

Ludwig Borchardt

05-10-1863 Berlín (Alemania) / 12-08-1938 París (Francia)

Ludwig Borchardt nacido en la ciudad de Berlín, el 5 de octubre de 1863, fue hijo de los cultos comerciantes judíos Hermann Borchardt y Bertha Levin. Tras pasar por la escuela de secundaria, Askanische Oberschule Gymnasium, Borchardt ingresó en la berlinesa Technische Universität dónde estudió Arquitectura (1883-1887).

Fue en esa etapa universitaria cuando conoció al gran egiptólogo Adolf Erman (1854-1937) y Borchardt decidió graduarse en Egiptología que le llevó, en un primer momento, a formar parte del Ägyptische Museum como asistente, para posteriormente y una vez acabada la carrera, a ser nombrado por el gobierno prusiano arquitecto adjunto al museo (1888).

Su talento no pasó desapercibido a Erman y viéndolo con la suficiente capacidad técnica y arrojo personal lo propuso a la Königlich-Preußische Akademie der Wissenschaften (Academia Prusiana de las Ciencias) para integrar la expedición que iban a realizar a la isla de Filas. Allí permaneció durante una temporada (1895-1896) junto al geólogo inglés Henry Lyons (1864-1944), en la que desarrolló una labor técnica y documental que siendo tan valorada por el profesor Erman, por recomendación suya se le propuso continuar en Egipto no en vano “nadie como un arquitecto para estudiar un pueblo que había construido tan grandes estructuras” y Borchardt fijó su residencia en El Cairo.

Su primera labor fue la de trabajar bajo la dirección de Gaston C. Ch. Maspero (1846-1916) para el Service des Antiquites de L’Égypte, en la edición del Catalogue Général des Antiquités Égyptiennes du Musée Égyptien (1897-1899) en el que mostró su gran conocimiento de la cultura egipcia y especialmente para lo referido a su arquitectura, prácticamente a la vez que era nombrado Agregado Científico en 1899 y Experto Científico en 1906 del Consulado General Alemán de El Cairo desde el que se encargó de adquirir bienes arqueológicos para los museos berlineses. En esa época también fue nombrado director del equipo alemán que excavó el Templo Solar de Nyuserra en Abu-Gorab (1898-1901) junto a egiptólogos tan relevantes como Friedrich W. Bissing (1873-1956) o Heinrich Schäfer (1868-1957).

En 1902, la sociedad fundada pocos años antes bajo el nombre de Kaiserlich-Deutsches Institut für Ägyptische Altertumskunde, la Deutsche Orient-Gesellschaft, creada para fomentar el interés del pueblo alemán por las culturas de Oriente y sus vinculaciones bíblicas, decidió proporcionarle unos importantes recursos financieros como hasta entonces no habían sido logrados por equipo alemán alguno, y dado el éxito obtenido en Abu-Gorab, Borchardt decidió que la zona a excavar sería Abusir sabedor de la rica zona arquitectónica que era y al parecer, por los importantes papiros (Papiros Abusir) hallados en 1893 por los agricultores de la zona. Las pirámides y templos de Sahura, muy especialmente, pero también los de Neferirkara, Nyuserra, Neferefra y Userkaf fueron objeto de su minucioso trabajo durante 6 años (1902-1908) y sus resultados publicados en el Mitteilungen der Deutschen Orient-Gessellschaft del Deutsches Archäologisches Institut (DAI).

En 1903 se casó con la que era su mejor colaboradora, Emilie Cohen, hija de un banquero estadounidense y cuando el Deutsches Archäologisches Institut atravesó ciertos problemas financieros que pusieron en peligro su continuidad, su familia política fue la encargada de financiar sus tareas. Gracias a ello, Borchardt pudo fundar en 1907 la sección cairota del Deutsches Archäologisches Institut del que fue su director durante 22 años (1907-1929).

Entre 1901-1914 dirigió la misión arqueológica en Tell el-Amarna que el gobierno egipcio había concedido al Deutschen Orient-Gessellschaft patrocinada por el mecenas James Simon, dónde, en 1912, tendría la fortuna de encontrar en el taller del escultor Tutmose el magnífico busto de la reina Nefertiti; icono por excelencia de la arqueología alemana en Egipto y motivo de continuas reclamaciones de las autoridades egipcias quiénes siempre consideraron ilegal su salida.

La I Guerra Mundial interrumpió sus excavaciones y regresó a su país. Acabada la guerra y derrotada Alemania, la concesión de las excavaciones en Amarna le fue entregada a la británica Egypt Exploration Society y trabajó para ella, pero al poco decidió abandonar sus excavaciones para siempre para dedicarse a registrar y publicar monumentos desde su cargo de director del Deutsches Archäologisches Institut que ocupó hasta su jubilación.

Las dificultades por las que atravesaron los judíos con la toma del poder nazi en Alemania le aconsejaron establecerse en la Confederación Suiza y allí fundó en 1931, el Ludwig Borchardt-Instituts en el que depositó la labor bibliográfica y escritos de toda su vida, germen del que en 1949 se convertiría en el instituto arqueológico suizo en Egipto: el Schweizerisches Institut fur Ägyptische Bauforschung und Altertumskunde in Kairo.

Por su origen judío, sus últimos años los pasó con el temor de ser capturado en Suiza por las autoridades hitlerianas y al igual que su hermano, el escritor Georg H. Borchardt. Refugiado en Holanda, Borchardt falleció en París el 12 de agosto de 1938 camino de Londres y como fue su deseo, sus restos se enviaron a El Cairo para ser sepultados en el jardín del instituto suizo que creara.

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Grandes egiptólogos : Henri Édouard Naville

Vamos a empezar una serie de post donde me gustaria dar a conocer a los grandes egiptologos, esos hombres que dedicaron toda su vida a conocer y divulgar el conocimiento del esa civilizacion que tan apasionadamente seguimos algunos, si con este granito de arena puedo lograr que alguien se enganche a este “vicio” tan maravilloso será suficiente.

Henri Édouard Naville

14-06-1844 Ginebra (Suiza) / 17-10-1926 Malagny-Cantón de Ginebra (Suiza)

Hijo de Jacques-Adrien Naville, un magistrado y consejero de estado suizo y de Sophie Rigaud, hija de una aristocrática familia ginebrina, Henri Édouard Naville nació el 14 de junio de 1844 en la ciudad suiza de Ginebra.

El profundo interés de sus padres por las artes, gracias a lo cual recorrerían numerosos museos, teatros, iglesias y monumentos europeos, obligó a que Naville recibiera una importante educación humanista en su juventud que le llevó a ingresar en la Universidad de Ginebra (1861) dónde estudió literatura clásica y ciencias naturales. Pero su escaso interés. Fue al King’s College de Londres a estudiar inglés, en principio por dos meses, pero acabó prolongando su estancia durante dos años (1862-1863). Parece que abstraído por los planes de estudio ingleses y el historicismo que desprendían sus clases, Naville descubrió su interés por la historia.

Durante un viaje que realizó a Roma en 1864, tuvo la oportunidad de conocer al arqueólogo y epigrafista italiano Giovanni Battista de Rossi (1822-1894), fundador del Museo Cristiano Lateranense (hoy Musei Vaticani), quien por entonces trabajaba en la compilación del Corpus Inscriptionum Latinarum. Debido a la amistad que forjaron y al interés que como protestante tenía de la Biblia, nació el deseo de iniciar unos estudios de Filología y Arqueología que le llevó a inscribirse en la Universidad de Bonn (1865) para después continuarlos en el Institut de France de París (1866). Ya en la institución parisina los excelentes resultados que obtuvo y siendo muy valorado por sus profesores, fue recomendado para ingresar en la de Berlín (1867) dónde enseñaba Karl Richard Lepsius quien se convirtió, además de en uno de sus profesores más notables y en uno de sus mejores amigos; con él trabajaría en su famoso Denkmäler aus Ägypten und Äthiopien (1849-1859). Gracias a ello, el gran egiptólogo alemán lo invitó a transcribir los textos religiosos del Templo de Horus en Edfú en lo que fue su primer viaje a Egipto (1868) y aún su segundo (1869) para revisarlos aprovechando la asistencia de Lepsius a la inauguración del Canal de Suez a la que había sido invitado.

Durante la guerra franco-prusiana (1870-1871), en la que intervino como capitán del ejército suizo, Naville editó su primer trabajo editorial, Textes relatifs au mythe d’Horus, recueillis dans le temple d’Edfou et precedes d’une introduction (1870) y con él llegó su primer reconocimiento internacional.

En 1873 se casó con la que fue una de sus principales colaboradoras, Marguerite Isabelle de Portualès, hija de un importante militar suizo y descendiente de una las más notables familias suizas. Desde entonces Isabelle se convirtió en una de sus principales colaboradoras. A esa primera labor filológica le siguieron otras sobre La Litanie du Soleil (1875) y Libro de los Muertos de Lepsius (1886). Participó con Ernesto Schiaparelli y Eugène Jean-Baptiste L. J. Lefébure en la publicación epigráfica de la tumba de Sethy I en el Valle de los Reyes. Pero no fue hasta que la recién fundada Egypt Exploratión Society (1882), sabedora de su preparación arqueológica, lo llamó a dirigir la que sería su primera excavación arqueológica y la primera de la sociedad, en Tell el-Maskhuta (1883), que Naville identificó con la “Pithom” del Pentateuco y el Uadi Tumilat (1885-1886) con la Tierra de Goshen, lo que le valió no pocas críticas al basarse en una mera equiparación etimológica con Sopdu, el dios guerrero de origen asiático tras descubrir uno de sus templos.

Bubastis (1886-1889), Tell el-Yahudiya y Saft el-Hinna (1887), Heracleópolis (1890-1891), Mendes y Tell el-Mukdam (1892) fueron otros de los muchos lugares del Bajo Egipto dónde excavó, hasta que gracias al apoyo de Gaston C. Ch. Maspero, en quien tuvo a uno de sus principales valedores, inicio importantes excavaciones en el Alto Egipto, concretamente Deir el-Bahari (1893-1896) en las que identificó el templo funerario de Hatshepsut o las que posteriormente llevó a cabo en el del rey Nebhepetra-Mentuhotep y su área más próxima (1903-1906). También trabajó en la necrópolis real de Abido (1910) y con Gerald A. Wainwright en la llamada “Tumba de Osiris” ú Osireion hasta que con el estallido de la I Guerra Mundial (1914) y prácticamente paralizada la actividad arqueológica en Egipto, formando parte del Comité Internacional de la Cruz Roja desde 1898, acabó encargándose de los prisioneros de guerra (1917-1919). Luchó contra el uso del gas asfixiante utilizado en las batallas y participó activamente por los derechos del pueblo armenio como presidente de la Liga Internacional Filoarmenia.

Tales tareas humanitarias en la última etapa de su vida no le privaron de continuar sus tareas docentes en la Universidad de Ginebra que, como profesor de arqueología inició en 1891 y desde 1895 de egiptología en la cátedra que él creó, o a continuar sus estudios filológicos tendentes a buscar todo rastro del Éxodo hebreo en los textos egipcios.

Tan importante labor arqueológica, filológica, biblista y humanitaria, fue ampliamente reconocida por un buen número de instituciones y universidades, entre otras, de Alemania, Dinamarca, España, Estados Unidos, Francia, Hungría, Israel, Italia, Reino Unido, Suecia y Suiza, donde le harían entrega de un buen número de condecoraciones, así como recibiría numerosos homenajes.

A los 82 años, Henri Édouard Naville murió en la pequeña localidad suiza de Malagny, siendo enterrado en el cementerio de Genthod, un 19 de octubre de 1926, al que acudió su familia, amigos, así como numerosas personalidades de la vida pública y universitaria suizas.

Publicaciones de HENRI ÉDOUARD NAVILLE
  • Textes relatifs au mythe d’Horus, recueillis dans le temple d’Edfou et préceds d’une introduction, Ginebra, 1870.
  • “Un fonctionnaire de la XIIIe dynastie, d’après un monument appartenant au Musée de Marseille”, RecTrav 1 (1870), pp. 107-112.
  • “Lettre à M. le professeur Brugsch sur quelques points de son mémoire. Die Sage der geflügelten Sonnenscheibe”, ZÄS 8 (1870), pp. 123-128.
  • La littérature de l’ancienne Egypte : seance donnée à l’Athénée le 14 mars 1871, Ginebra, 1871.
  • “Un chapitre inédit du Livre des Morts”, ZÄS 11 (1873), pp. 25-34.
  • “Sur un emploi particulier du genre”, ZÄS 12 (1874), pp. 6-8, p. 29.
  • “Deux lignes du Livre des Morts”, ZÄS 12 (1874), pp. 57-61.
  • La litanie du Soleil. Inscriptions recueillis dans les tombeaux des rois à Thèbes, Leipzig, 1875.
  • “Le discours d’Horus à Osiris”, ZÄS 13 (1875), pp. 89-91.
  • Le Musée égyptien du Château Borély, Marsella, 1876.
  • “Le cartouche du Papyrus Ebers”, ZÄS 14 (1876), pp. 111-114.
  • “Inscription of the destruction of manking”, Records of the past (Londres) 6 (1876), pp. 103-112.
  • “The litany of Ra”, Records of the past (Londres) 8 (1876), pp. 103-128.
  • “La destruction des hommes par les dieux : d’après une inscription mythologique du tombeau de Séti I., à Thèbes”, TSBA 4 (1876), pp. 1-19.
  • “La négation”, ZÄS 14 (1876), pp. 131-146.
  • “Le dieu Thoth et les points cardinaux”, ZÄS 15 (1877), pp. 28-31.
  • “Une forme rare du pronom démonstratif”, ZÄS 15 (1877), p. 31.
  • “Les Israélites en Égypte”, Revue chrétienne 25 (1878), pp. 65-82.
  • “Trois reines de la XXI dynastie”, ZÄS 16 (1878), pp. 29-32.
  • “Le roi Teta Merenphtah”, ZÄS 16 (1878), pp. 69-72.
  • “The address of Horus to Osiris : from the next in the great papyrus of Nebseni”, Records of the past 10 (1878), pp. 159-164.
  • Les quatre stèles orientées du Musée de Marseille, Lyon, 1880.
  • “Un ostracon égyptien”, AMG 1 (1880), pp. 51-60.
  • Le grande édition du Livre des Morts, Florencia, 1880
  • “Sur le sens du mot”, ZÄS 18 (1880), pp. 24-27.
  • “The great tablet of Rameses II, at Abu Simbel”, Records of the past (Londres) 12 (1881), pp. 81-91.
  • L’édition thébaine du Livre des Morts, Berlín, 1882.
  • “Le décret de Phtah Totunen en faveur de Ramsès II et Ramsès III”, TSABA 7 (1882), pp. 119-138.
  • “Notes diverses tirées du Livre des Morts”, ZÄS 20 (1882), pp. 184-191.
  • “La nouvelle édition du Livre des Morts”, RevEg 2 (1882), pp. 335-337.
  • Inscription historique de Pinodjem III, grand prêtre d’Ammon a Thèbes, Paris, 1883.
  • “Lettre à M. le professeur Maspero sur la vocalisation des noms égypties”, ZÄS 21 (1883), pp. 1-11.
  • “Inscription of the destruction of mankind in the tomb of Rameses III”, PSBA 7 (1885), pp. 93-95.
  • “L’inscription de la destruction des hommes dans le tombeau de Ramsès III”, TSBA 8 (1885), pp. 412-420.
  • The store-city of Pithom and the route of the Exodus, Londres, 1885.
  • Le chapitre 112 du Livre des Morts, Leiden, 1885.
  • Das aegyptische Todtenbuch der XVIII. bis XX. Dynastie aus verschiedenen Urkunden (3 vol.), Berlín, 1886.
  • Musée du Louvre : stèles de la XIIe dynastie, París, 1886.
  • The shrine of Saft el Henneh and the land of Goshen, Londres, 1887.
  • “Les fouilles du Delta pendant l’hiver de 1887”, RecTrav 10 (1888), pp. 50-60.
  • The historical results of the excavations at Bubastis, Londres, 1889.
  • The Mound of the Jew and the city of Onias, Belbeis, Samanood, Abusir, Tukh el Karmus, 1887, Londres, 1890.
  • “The historical results of the excavations at Bubastis”, JTVI 23 (1890), pp. 137-167.
  • Bubastis (1887-1889), Londres, 1891.
  • The season’s work at Ahnas and Beni Hasan (con P. E. Newberry y G. Willoughby), Londres, 1891.
  • Excavations at Henassieh (Hanes), Londres, 1891.
  • The Festival-Hall of Osorkon II in the Great Temple of Bubastis (1887-1889), Londres, 1892.
  • “Excavations : work of the winter 1892”, ARp 1892-1893, pp. 1-8.
  • Un roi de la XIVe dynastie, Londres, 1893.
  • “Le roi Nehasi”, RecTrav 15 (1893), pp. 97-101.
  • “The route of the Exodus”, JTVI 26 (1893), pp. 12-30.
  • “Excavations : work at the temple of Deir el Bahari”, ARp 1893-1894, pp. 1-7.
  • Ahnas el Medineh (Heracleopolis Magna). With chapters on Mendes, the nome of Thoth, and Leontopolis, Londres, 1894.
  • The Temple of Deir el Bahari. Its plan, its founders, and its first explorers, Londres, 1894.
  • “Le temple de Deir el Bahari”, Le Globe (Ginebra) 33 5-5 (1894), pp. 91-103.
  • “The threatened destruction of Philae”, JRIBA 3-1 (1894), pp. 605-609.
  • “The excavations at Deir el-Bahari during the winter 1894-1895”, Arp 1894-1895, pp. 33-37.
  • The Temple of Deir el Bahari (6 vol.), Londres, 1895-1908.
  • “Transport of obelisks as illustrated by a bas-relief in the temple of Deir el Bahari”, ARp 1895-1896 (1896), pp. 6-13.
  • “Trois inscriptions de la reine Hatshepsou”, RecTrav 18 (1896), pp. 91-105, 19 (1897), pp. 209-215.
  • “La succession des Thoutmès d’après un mémoire récent”, ZÄS 35 (1897), pp. 30-67.
  • “À propos du groupe nbty”, ZÄS 36 (1898), pp. 132-135.
  • “Le titre”, ZÄS 36 (1898), pp. 143-144.
  • “Les dernières lignes de la stèle mentionnant les Israélites”, RecTrav 20 (1898), pp. 32-37.
  • “Une boite de style mycénien trouvée en Égypte”, RAr 3-33 (1898), pp. 1-11.
  • “Un dernier mot sur la succession des Thoutmès”, ZÄS 37 (1899), pp. 48-55.
  • “Les plus anciens monuments égyptiens”, RecTrav 21 (1899), pp. 105-123 ; 24 (1902), pp. 109-120 ; 25 (1903), pp. 199-225.
  • “Le père de Thoutmès III”, RecTrav 21 (1899), pp. 201-212.
  • “Figurines égyptiennes de l’époque archaïque”, RecTrav 21 (1899), pp. 212-216 ; 22 (1900), pp. 65-71.
  • La quistione del Transvaal, Florencia, 1900.
  • “Textes concernant la reina Hatasu”, RevEg 9 (1900), pp. 108-110.
  • Les amis de la paix dans l’Afrique du sud, Ginebra, 1900.
  • “L’aile nord du pylône d’Aménophis III à Karnak” (con G. Legrain), AMG 30-1 (1902), pp. 1-22.
  • La pierre de Palerme, Hamburgo, 1902.
  • “Le nom du sphinx dans le Livre des Morts”, Sphinx 5 (1902), pp. 193-199.
  • “La stèle de Pithom”, ZÄS 40 (1902-1903), pp. 66-75.
  • “The transliteration of Egyptian : letter”, PSBA 25 (1903), pp. 57-61, p. 102.
  • “The Egyptian name of Joseph”, PSBA 25 (1903), pp. 157-161 ; 32 (1910), pp. 203-210.
  • Heinrich Brugsch, Leipzig, 1903
  • La médecine au temps des pharaons, Montpellier, 1903.
  • “La date du couronnemente de la reine Hatschepsou”, Sphinx 7 (1903), pp. 95-106 ; 8 (1904) pp. 61-69.
  • “La pierre de Palerme”, RecTrav 25 (1903), pp. 64-81.
  • “A mention of a flood in the Book of the Dead”, PSBA 26 (1904), pp. 251-257, pp. 287-294.
  • “Excavations at Deir el Bahari” (con H. R. Hall), ARp 1903-1904, pp. 1-12 ; 1904-1905, pp. 1-10 ; 1905-1906, pp. 1-7 ; 1906-1907, pp. 1-7.
  • “Fouilles à Deir-el-Bahari”, CRAIBL (1904), pp. 451-455.
  • Un temple de la XIe dynastie à Thèbes, Ginebra, 1905.
  • “Études grammaticales”, RecTrav 27 (1905), pp. 44-53, pp. 156-161 ; 31 (1909), pp. 61-64 ; 39 (1921) pp. 1-10.
  • “Karl Piehl”, RecTrav 27 (1905), pp. 134-136.
  • “Origine des anciens Égyptiens, rapports possibles avec Babylone”, RHR 52 (1905), pp. 357-380.
  • “Excavations at Deir el-Bahari, 1905-1906” (con H. R. Hall), Man 6 (1906), pp. 97-101.
  • La religion des anciens Égyptiens. Six conférences faites au Collège du France en 1905 (con G. Legrain), París, 1906.
  • Karl Richard Lepsius, Leipzig, 1906.
  • “Le dieu de l’oasis de Jupiter Ammon”, CRAIBL (1906), pp. 25-32.
  • The tomb of Hâtshopsîtû (con H. Carter), Londres, 1906.
  • “Le dieu Bat”, ZÄS 43 (1906), pp. 77-83.
  • “La chapelle de la déesse Hathor à Thèbes”, RAr 4-8 (1906), pp. 153-155.
  • “Encore le sphinx”, Sphinx 10 (1906), pp. 138-140.
  • “Excavations at Deir el-Bahari, 1906-1907”, Man 7 (1907), pp. 177-180.
  • The Book of the Dead. Translation and commentary by P. Le Page Renouf, continued and completed by Prof. E. Naville, Londres, 1907.
  • “La vache de Deir el-Bahari”, GBa 3-38 (1907), pp. 265-272.
  • “Egyptian writings in foundation walls, and the age of the Book of Deuteronomy”, PSBA 29 (1907), pp. 232-242.
  • The XIth Dynasty Temple at Deir el-Bahari (con H. R. Hall y otros) (3 vol.), Londres, 1907-1913.
  • The Funeral Papyrus of Iouiya (con T. M Davis), Londres, 1908.
  • L’art égyptien, París, 1908.
  • “Excavations at Abydos”, ARp 1908-1909, pp. 1-5 ; 1909-1910, pp. 1-8.
  • The old Egyptian faith, Londres, 1909.
  • Les têtes de pierre déposées dans les tombeaux égyptiens, Ginebra, 1909.
  • La ville de Gézer d’après une inscription égyptienne, París, 1909.
  • “Grammatik der Denderatexte bearbeitet von Hermann Junker”, Sphinx 12 (1909), pp. 59-71.
  • “La XIe dynastie”, ZÄS 46 (1909-1910), pp. 82-89 ; 50 (1912), pp. 9-18.
  • La découverte de la lois sous le roi Josias. Una interprétation égyptienne d’un texte biblique, París, 1910.
  • “Charms and amuletts (Egyptian)”, ERE 3 (1910), pp. 430-433.
  • “Les Anu”, RecTrav 32 (1910), pp. 52-61.
  • “Le mot” Sphinx 13 (1910), pp. 227-237.
  • “Deux rois de la période thinite”, ZÄS 47 (1910), pp. 65-7.
  • “Le groupe”, ZÄS 47 (1910), pp. 68-71.
  • “La plante de Horbéit”, ASAE 10 (1910), pp. 191-192 ; 16 (1916), pp. 187-191.
  • “Un passage du papyrus médical de Berlin”, Sphinx 14 (1910-1911), pp. 137-142.
  • The discovery of the book of the law under king Josiah: an Egyptian interpretation of the Biblical account, Londres, 1911.
  • “Les amulettes du chevet et de la tête”, ZÄS 48 (1911), pp. 107-111.
  • Le commerce de l’ancienne Égypte avec les nations voisines, Ginebra, 1911.
  • La solidarité des sciences historiques et des sciences naturelles, Ginebra, 1911
  • “Le découverte de la loi sous le roi Josias : une interprétation égyptienne d’un texte biblique”, MAIBL 38-2 (1911), pp. 137-170.
  • “La population primitive de l’Égypte”, RecTrav 33 (1911), pp. 193-212.
  • “Glanures”, Sphinx 15 (1911-1912), pp. 193-205.
  • Le papyrus hiéroglyphique de Kamara et le papyrus hiératique de Nesikhonsu au Musée du Caire, París, 1912.
  • “Abydos”, RAr 4-20 (1912), pp. 281-284.
  • “La poterie primitive en Égypte”, L’Anthropologie 23 (1912), pp. 313-320.
  • “La nécropole de Tourah”, RAr 4-20 (1912), pp. 404-407.
  • “Hebraeo-Aegyptiaca”, PSBA 34 (1912), pp. 180-190, p. 256, pp. 308-315 ; 37 (1915), pp. 208-214.
  • Papyrus funéraires de la XXIe dynastie, París, 1912-1914.
  • “L’art égyptien”, RAr 4-21 (1913), pp. 80-83.
  • “L’origine africaine de la civilisation égyptienne”, RAr 4-22 (1913), pp. 47-65.
  • “La vie d’une tribu sud-africaine”, Sphinx 17 (1913), pp. 43-51.
  • Archaeology of the Old Testament : was the Old Testament written in Hebrew ?, Londres, 1913.
  • The cemeteries of Abydos (con T. E. Peet, H. R. Hall y K. Haddon) (3 vol.), Londres, 1913-1914.
  • “The excavations at Abydos”, AE (1914), pp. 103-104.
  • “Fouilles à Abydos”, CRAIBL (1914), pp. 497-499.
  • “La tombe d’Osiris”, RAr 4-24 (1914), pp. 107-110.
  • “Le grand réservoir d’Abydos”, RAr 4-24 (1914), pp. 111-113.
  • “Excavations at Abydos, the great pool and the tomb of Osiris”, JEA 1 (1914), pp. 159-167.
  • “Le passage de la pierre au métal en Égypte”, Archives suisses d’anthropologie générale 1 (1914-1915), pp. 54-62.
  • “Fouilles de M. Édouard Naville à Abydos”, Archives suisses d’anthropologie générale 1 (1914-1915), pp. 140-147.
  • “Did Menephtah invade Syria ? », JEA 2 (1915), pp. 195-201.
  • “Le grand réservoir d’Abydos et la tombe d’Osiris”, ZÄS 52 (1915), pp. 50-55.
  • Rapport de MM. Ed. Naville & V. van Berchem sur leur visite aux camps de prisonniers en Angleterre en Janvier 1915 (con V. van Berchem), Ginebra, 1915.
  • The Text of the Old Testament, Londres, 1916.
  • “Gaston Maspero”, RAr 5-4 (1916), pp. 172-176.
  • “Sir Gaston Maspero, K.C.M.G.”, JEA 3 (1916), pp. 227-234.
  • Rapport de MM. Ed. Naville et J. Martin sur une seconde visite aux camps de prisonniers en Angleterre, Ginebra, 1916.
  • “Les dessins des vases préhistoriques égyptiens”, Archives suisses d’anthropologie générale 2 (1916-1918), pp. 77-82 ; 4 (1920-1922), pp. 197-206.
  • Maspero, Ginebra, 1916.
  • “Les fouilles américaines à Kerma (province de Dongola)”, RAr 5-5 (1917), pp. 265-270.
  • “Some geographical names”, JEA 4 (1917), pp. 228-233.
  • “Les premiers mots du chapitre XVIII du Livre des Morts”, BIFAO 16 (1919), pp. 229-244 ; 26 (1926), pp. 195-199.
  • “Une stèle funéraire du Musée de Bâle”, Archives suisses d’anthropologie générale 3 (1919), pp. 200-205.
  • L’évolution de la langue égyptienne et les langues sémitiques : l’écriture, la grammaire, le démotique et l’araméen, le copte, l’hebreu, París, 1920.
  • La Haute Critique dans le Pentateuque, réponse à M. le professeur Humbert, París, 1921.
  • “Les cimetières de Koubanieh”, RAr 5-14 (1921), pp. 158-165.
  • “La reine Aahmès”, MonPiot 25 (1921-1922), pp. 333-348.
  • “La poterie nubienne”, RAr 5-16 (1922), pp. 44-54.
  • “Le vase à parfum de Byblos”, Syria 3 (1922), pp. 291-297.
  • The Law of Moses, Londres, 1922.
  • Jules Nicole (1842-1921), Ginebra, 1922.
  • Une stèle funéraire égyptienne, Ginebra, 1922.
  • Champollion, Ginebra, 1922.
  • Le Grammaire de Champollion, París, 1922.
  • “L’Égyptologie française pendant un siècle (1822-1922)”, JS 20 (1922), pp. 193-208, pp. 241-253 ; 21 (1923), pp. 5-19.
  • Calcul des massifs de fondation pour pylones (con H. Fröhlich), París, 1923.
  • “La tombe de Toutankh-Amon”, RAr 5-17 (1923), pp. 164-166.
  • Le Deutéronome, un livre mosaïque, Fontenay-sous-Bois, 1924.
  • “La révolution religieuse à la fin de la XVIIIe dynastie égyptienne”, Revue d’histoire et de philosophie religieuses 4 (1924), pp. 297-313.
  • “The geography of the Exodus”, JEA 10 (1924), pp. 18-39.
  • “L’âge du cuivre en Égypte”, RAr 5-20 (1924), pp. 1-20.
  • “Le sphinx III”, Sphinx 21 (1924), pp. 12-23.
  • “The land of Punt and the Hamites”, JTVI 57 (1925), pp. 190-207.
  • “Les temples ptolémaiques et romaines”, RAr 5-21 (1925), pp. 159-162.
  • “Un traité égyptien de morale”, RAr 5-21 (1925), pp. 323-326.
  • “Les plantes de jardin en Égypte”, RAr 5-22 (1925), pp. 278-282.
  • “L’or bon d’Égypte”, CRAIBL (1925), pp. 278-286.
  • L’Écriture égyptienne: essai sur l’origine et la formation de l’une des premières écritures méditerranéennes, París, 1926.
  • “Le pays de Pount et les Chamites”, RAr 5-23 (1926), pp. 112-121.
  • “The Egyptian name of Joseph”, JEA 12 (1926), pp. 16-18.
  • “La plante magique de Noferatum”, REA 1 (1927), pp. 31-44. Détails relevés dans les ruines de quelques temples égyptiens. 1re partie, Abydos, 2e partie, Behbeit-El-Hagher (con G. Jéquier), París, 1930.

Fuente: egiptologia.com

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