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Las extrañas prácticas sexuales de los antiguos egipcios que hoy resultan perturbadoras

La necesidad de preservar lo que luego se llamaría, de forma aproximada, «sangre azul» y las alianzas entre dinastía reales obligó a los reyes europeos a casarse entre primos, estirando la endogamia a niveles prohibitivos. Una exigencia de las dinastías reinantes que encuentra su más remoto germen en el Antiguo Egipto. Los faraones permitían el matrimonio entre hermanos y, en algunos casos, también entre padre e hija, con el fin de preservar la pureza del linaje. Algo que hoy en día resulta chocante, pero que responde a la forma en la que interpretaban los egipcios la sexualidad en el periodo que les tocó vivir. El incesto estaba permitido entre monarcas y la circuncisión, práctica adoptada posteriormente por los judíos, tenía un carácter ritual en la ceremonia de iniciación a la adolescencia.

Sexo explícito en las representaciones

La represiva época en la que nació la egiptología, en plena moralidad victoriana, pospuso durante más de un siglo el estudio en profundidad del sexo en el Antiguo Egipto. Los egipcios entendían el sexo desde una visión muy pragmática, siendo la pasión desenfrenada algo que les resultaba difícil de comprender. Tal vez por ello a los violadores, esto es, los que actuaban como animales sin poder contener sus bajas pasiones, les estaba reservada una pena tan drástica como la castración.

Según la idea extendida sobre todo por la literatura, la sexualidad era algo muy familiar para los egipcios antiguos y carecían de muchos de los tabúes sexuales que hoy presiden la sociedad occidental, entre otras porque la benévola climatología del país obligaba a que la ropa fuera ligera y a veces fueran directamente desnudos (los campesinos aparecen sin ropa realizando su trabajo en muchas representaciones). Pero ni tanto ni tan calvo. Las referencias iconográficas al sexo a lo largo de los cinco milenios de esta civilización no son tantas como para comprobar si muchos de estos mitos sexuales estaban extendidos o solo eran escenas puntuales.

Fragmentos del papiro expuestos en el Museo de Egipcio de TurínFragmentos del papiro expuestos en el Museo de Egipcio de Turín

Lo que sí está claro es que en las referencias son bastante explícitas. Según el profesor Jorge Roberto Ogdon en su texto «Apuntes sobre las erótica egipcia y la sexualidad en el Antiguo Egipto», «el acto sexual, en el Egipto faraónico, según la evidencia disponible, se representó de una manera natural y sin tapujos», sin que haya otra civilización comparable. El egiptólogo francés Jean-François Champollion (1790–1832), imbuido por la moralidad de la época, encontró chocante lo abiertamente que representaban el sexo estas civilizaciones: «Había imágenes de monstruosa obscenidad que realmente me dieron una extraña impresión acerca de la sabiduría y compostura egipcia». En concreto se refería al «Papiro Erótico de Turín», uno de los escasos documentos que hablan de la conducta sexual de los antiguos egipcios. En la desgastada superficie de estos papiros se puede ver a miembros de la corte, los sacerdotes y altos cargos en plena orgías, todo acompañado con frases tan poco sutiles como «Ven y métemela por detrás».

Enlaces con fines reproductivos; orgías religiosas

La mujer gozaba de una notable independencia en comparación con otros pueblos –sin ir más lejos no se encontraba bajo la dependencia legal del marido– y no sufría presiones por llegar virgen al matrimonio. Los enlaces tenían lugar a una edad muy temprana, en contraste con la sociedad griega que mantenía a los hombres separados de las mujeres hasta una edad avanzada. Ellas solían casarse con catorce años y ellos con dieciséis. No había ceremonia de casamiento ni los enlaces eran sancionados por alguna autoridad; se entendía que eran pareja cuando se iban a vivir juntos y se realizaba un contrato sobre la futura crianza y custodia de los hijos.

Esta incapacidad de hallar pruebas de ceremonias de casamiento ha fascinado durante décadas a los historiadores. El egiptólogo Montet en su obra «La vida cotidiana en Egipto en tiempos de Ramsés», recoge el testimonio de una joven recién casada con uno de los hijos del faraón: «Me llevaron como esposa a casa de Naneferkaptah. El faraón ordenó que me entregaran espléndidos regalos en oro y plata y todas las personas de la casa real me los presentaron». Bastaba con que la pareja viviera junta para que empezara el matrimonio.

Ramsés en el templo de Tebas.Ramsés en el templo de Tebas.– Wikimedia

El objeto del matrimonio era reproductivo, en tanto la infertilidad era motivo de divorcio. La poligamia estaba permitida pero no era frecuente, salvo entre las clases dirigentes que, respetando la posición de la esposa en el entorno familar, mantenían varias concubinas. En el momento de su muerte, a la edad de 91 años, Ramsés II aseguraba haber tenido más de 20 reinas y una multitud de concubinas. En los textos antiguos se recoge que fue padre de más de 100 hijos. Y lo mismo ocurría con los matrimonios incestuosos, que solo estaban reservados para los faraones.

Sobre las famosas orgías que evocan tanto la Antigua Grecia como el Antiguo Egipto, se cree que había ceremonias religiosas que conllevan la práctica de sexo en grupo relacionadas con los ritos de la fertilidad. Un asombrado Herodoto, historiador griego del siglo V, describió con todo detalle una de las orgías celebradas en nombre de la diosa felina Sejmet Bastet en la ciudad de Bubastis: «Las barcas, llenas de hombres y mujeres, flotaron cauce abajo por el Nilo: Los hombres tocaban flautas de loto, las mujeres címbalos y los panderos, y quien no tenía ningún instrumento acompañaba la música con palmas y danzas. Bebían mucho y tenían relaciones sexuales. Esto era sí mientras estaban en el río; cuando llegaban a una ciudad los peregrinos desembarcaban y las mujeres cantaban, imitando a las de esa ciudad».

Prostitución en tiempos remotos

De la prostitución resulta complicado saber si existía un equivalente exacto de lo que hoy se considera una práctica alegal en España. En el Reino Nuevo las denominadas casas de cerveza contaban con mujeres de vida alegre, quienes se identificaban con llamativas pelucas, perfumes y pintalabios. Las prostitutas comunes eran conocidas con el nombre egipcio de «kat tahut» (vulva). El estudio de documentos como el Papiro Erótico de Turín parece probar que estas trabajadoras del sexo eran, además, bailarinas y músicas.

Desde el punto de vista religioso se les consideraba mujeres impuras y estaban estigmatizadas socialmente. De nuevo Herodoto cuenta como el faraón Keops al quedarse sin dinero obligó a su hija a ejercer de prostituta como un acto de pura «maldad». Asimismo, se cree que existieron las conocidas como felatrices, que eran prostitutas especializadas en las felaciones y se distinguían por el color rojo intenso de sus labios. Una práctica aceptada en contraste con el conservadurismo de los romanos, que consideraban el sexo oral como algo impuro.

Paradojicamente, la estimada como una de las primeras referencia al sexo oral en la historia está incluida en un mito egipcio. Después de que el dios Osiris fuera asesinado y descuartizado por su hermano Seth (el mal), su esposa y su hija viajaron alrededor del mundo recolectando todos los pedazos del cuerpo de Osiris. Al no encontrar su miembro viril, su esposa esculpió un pene en arcilla, lo unió a su cuerpo y le devolvió a la vida a través de una felación.

El valor sagrado del sexo

Otro mito recurrente para los egipcios es el del valor sagrado del semen. Los egipcios creían que el dios Atum («El que existe por sí mismo») se formó de la nada, tras lo cual se masturbó y de su semen nacieron los dioses que le ayudarían a crear y gobernar el universo. Es por ello que los egipcios consideraban el flujo del Nilo como parte de la eyaculación de Atum y apreciaban que también el faraón debía contribuir a mantener vivo el río. El faraón de turno encabezaba cada año una ceremonia en conmemoración al acto del dios que consistía en dirigirse a la orilla del Nilo a masturbarse, cuidando que el semen cayera dentro del río y no en la orilla. Posteriormente, el resto de los asistentes a la celebración hacía lo propio.

Por el Papiro de Ebers, además, hay constancia de que la necrofilia no estaba gravemente censurada, como lo ha estado en todas las civilizaciones a lo largo de los siglos. Según este documento durante el reinado de Amenhotep I se descubrió que los embalsamadores cometían estas prácticas, sin que ninguno de ellos fuera castigado por llevar a cabo dicha parafilia. Lo cual no significa que fuera aceptado socialmente: los familiares de las mujeres fallecidas comenzaron a contratar guardias que vigilaran los cuerpos.

En este sentido, la creencia de que el dios Osiris, la primera momia, fue resucitada por su esposa Isis estableció que todos los muertos tenían que copular con su Ba (alma) antes de pasar al otro mundo. Es por ello que la ceremonia de apertura de la boca que se hacía en las tumbas en el Antiguo Egipto consistía también en abrir todos los orificios del cuerpo, incluyendo los relacionados con la práctica sexual.

La zoofilia también aparece mencionada en las imágenes que han llegado hasta hoy, lo cual no resulta extraño ya que los propios dioses eran representados con rasgos animales. Resulta imposible saber si se trata de algo más que una sátira o si realmente estaba tolerada esta parafilia. Por cierto, que entre los objetos más extraños hallados por los arqueólogos se encuentra un primitivo consolador fabricado con restos del pene de un cachalote.

FUENTE: ABC Historia

 

 

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La matanza del Rey Herodes «El Grande»: la verdadera historia de los inocentes asesinados en Belén

Matanza de los Inocentes, por Peter Paul Rubens

Matanza de los Inocentes, por Peter Paul Rubens

La Biblia sitúa a Herodes El Grande detrás de la salvaje orden de ejecutar a los niños nacidos en Belén con el propósito de matar a Jesús, «un recién nacido a quien los magos de oriente designaron como el rey de los judíos». Si bien es difícil demostrar la historicidad de este hecho, la figura de Herodes se alimenta de relatos de similar violencia, incluido el asesinato de varios de sus propios hijos. Eso a pesar de que las fuentes romanas, aliadas del rey idumeo, le presentan de forma favorable y le hacen responsable del esplendor económico que se vivió durante su reinado.

La historicidad de la matanza

La Matanza de los Inocentes narrada en el Evangelio de Mateo (2:16-18) tiene su antecedente más directo en el episodio protagonizado por el gran enemigo del pueblo elegido: los egipcios, quienes ordenaron supuestamente asesinar a los bebés hebreos y forzaron a la familia de Moisés a esconderle en el río.

«Entonces Herodes, al ver que había sido burlado por los magos, se enfureció terriblemente y envió a matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo, según el tiempo que había precisado por los magos», narra San Mateo sobre el edicto dictado por el gobernante hebreo que buscaba a acabar con la amenaza política de un niño designado como «el rey de los judíos». Sin embargo, la Matanza de los Inocentes no aparece mencionada en los otros evangelios ni en textos del periodo, lo cual ha llevado a plantear si el episodio tuvo realmente lugar o pudo ser una malinterpretación de otro suceso.

El historiador bíblico Daramola Olu Peters, en sus análisis del texto, defiende que se trata de una mala traducción de la palabra «matanza» y podría ser solo el asesinato de algún hijo de los aspirantes a ocupar el trono. Otros estudiosos vinculan la presunta matanza con el asesinato de los tres hijos de Herodes o alguna de las purgas que llevó a cabo el monarca durante su ascenso al poder.

Las exageradas cifras de muertos de los comentaristas antiguos no ayudan precisamente a ubicar el acontecimiento. Según los estudios demográficos, el poblado de Belén donde nació Jesús tenía en el año 4 a.C de 300 a 1.000 habitantes, de ellos solo habría entre 7 y 20 menores de dos años. Es por ello que, aunque hubiera tenido lugar la matanza, pudo tener poco eco.

La degollación de los inocentes, según un manuscrito del siglo X.La degollación de los inocentes, según un manuscrito del siglo X.

El catedrático de filología griega de la Universidad Complutense de Madrid Antonio Piñero lo considera una reelaboración de la leyenda del malvado Faraón que quiso acabar con Moisés niño. «Una vez que pasados los años se conocía la grandeza de tal o cual personaje, se confeccionaba a base de tradiciones más o menos fiables, o incluso de leyendas, una historia de su nacimiento en la que se ponían de relieve las circunstancias prodigiosas, maravillosas, divinas, del tal nacimiento. Así ocurrió con el rey persa Ciro (narración compuesta por Heródoto), con Alejandro Magno (por Plutarco), o con el filósofo, predicador ambulante y taumaturgo Apolonio de Tiana (por Filóstrato)», explica este experto en el libro «Guía para entender el Nuevo Testamento» (Editorial Trotta).

El que hubiera sido un asesinato aislado o de poca trascendencia podría explicar la razón de que el historiador Flavio Josefo, que no dejaba pasar la ocasión de presentar a Herodes como un tirano cruel, pasara por alto semejante barbarie. No obstante, Favio Josefo fue el principal instigador de la leyenda negra sobre Herodes. El relato que hace sobre la muerte del idumeo no escatima en detalles escabrosos y se deleita en su sufrimiento. A los 70 años Herodes murió, «castigándole Dios por los crímenes que había cometido», y fue sepultado en el Templo Herodiano, descubierto en el 2007 por un grupo de arqueólogos.

Los crímenes de un rey extranjero

Los hebreos consideraban a Herodes I un rey extranjero, a pesar de que su linaje era idumeo (una región histórica semítica al sur de Judea). La profunda división hebrea entre sectas religiosas le alejaba de las simpatías de los habitantes de Judea, durante un tiempo en el que las tres principales (farisea, saducea y esenia) no estaban de acuerdo prácticamente en nada. Si lo estaban en identificar a aquel rey de educación helenística y madre árabe nabatea como un elemento intruso y peligroso.

Herodes. Retrato de Matteo di Giovanni.Herodes. Retrato de Matteo di Giovanni.

Herodes se valió del apoyo de los romanos, y de un contexto de inestabilidad política, para alcanzar el poder. Desde el año 63 a.C., la República de Roma había hecho de la antigua Judea un reino vasallo (que abarcaba Samaria, al norte, y Edom, al sur) y en el año 47 a. C. Herodes fue nombrado procurador de este reino por Julio César. En este cargo, el idumeo planeó la eliminación de la estirpe judía de los asmoneos (descendientes de los macabeos), que había reinado hasta ese momento en Judea.

Buena parte de la fama de cruel de este rey hebreo está relacionada con los métodos que aplicó para desplazar del poder a los asmoneos. En el año 40 a. C, consiguió de Marco Antonio –triunviro de Roma y poseedor de la parte oriental del Imperio romano– el título de rey de Judea y logró que fueran degollados Antígono II y su familia, los asmoneos, así como cuarenta y cinco partidarios del antiguo régimen. Eliminaba de esta forma a todos los posibles aspirantes a arrebatarle la corona.

Los puñales y el veneno nunca abandonaron del todo la corte. Su segunda esposa Mariamna, de la estirpe de los asmoneos, también fue ejecutada por orden de Herodes, que nunca dudó en derramar sangre de su propia familia si veía en peligro la corona. Tras matar a Mariamna, eliminó a dos de sus hijos (Aristóbulo y Alejandro), atendiendo a rumores de conspiración contra su persona, levantados por otro hijo, Antípater, a quien ejecutó tiempo después por intentar envenenarle.

Un fiel aliado de Roma

Con el respaldo económico de Roma, Herodes puso en marcha una política para el desarrollo del comercio y de la agricultura y un ambicioso plan de construcciones. Bajo su reinado, que sentó las bases para la expansión económica que vivió la zona en las siguientes décadas, se reconstruyó el Templo de Jerusalén, se levantó la fortaleza Antonia, un palacio real, un anfiteatro, un teatro y un hipódromo; y se fundó la ciudad de Cesarea, un emplazamiento portuaria de carácter occidental construida en honor al dueño del Imperio, Cayo Julio César Octavio Augusto.

Ninguna iniciativa parece que le sirviera para mejorar su imagen pública de hombre violento, lascivo –se dice que llegó a tener 15 hijos– y nada respetuoso con las tradiciones hebreas. Este oscuro retrato, de hecho, pocas veces correspondía con la figura histórica que narran los romanos. Según los cronistas de Roma, Herodes fue un monarca lo bastante sensible con su pueblo como para deshacerse de parte de las riquezas palaciegas y comprar trigo común durante la hambruna del año 25 a. C.

Maqueta del Templo de Herodes

Maqueta del Templo de Herodes– Wikimedia

Con la derrota de Marco Antonio y Cleopatra en la batalla de Actium (31 a.C.), Herodes se ganó rápido la confianza de Augusto y mantuvo excelentes relaciones con él. Así, el reinado de Herodes es también recordado por los grandes esfuerzos para la romanización del pueblo judío. El palacio real acogió a poetas, filósofos, historiadores, maestros de retórica, bajo la influencia romana, que impulsaron un periodo de auge cultural en la región..

Con su fallecimiento, Judea pasó a ser una provincia gobernada directamente por Siria. Esta situación desencadenó, a su vez, una revuelta reprimida con gran brutalidad por los soldados romanos, pero que se alargaría intermitentemente hasta el sitio de Jerusalén del año 70 d. C.

Fuente: ABC Historia

La derrota rentable de 1714

Vista del puerto de Barcelona con Montjüic y Montserrat en un grabado del siglo XVIII.

La victoria borbónica en la Guerra de Sucesión (1701-1714) tuvo consecuencias económicas favorables para Cataluña a largo plazo. Tras la crisis que siguió al conflicto, la economía catalana experimentó un duradero proceso de crecimiento. En palabras de Carlos Martínez Shaw: “El siglo XVIII discurre para Cataluña bajo el signo de la expansión. Crecimiento de las fuerzas productivas, acusada movilidad social, progresiva estabilidad política tras la crisis de 1714, creatividad cultural en los distintos campos”.

A fines del siglo XVIII, la población catalana había crecido un veinte por ciento más que la media española y casi un cincuenta por ciento más que la de las dos Castillas. Sus tres provincias costeras tenían una densidad de población semejante o superior al grupo, mayoritariamente periférico, de las más densas. Hacia 1787, la densidad urbana catalana era la más alta de España -duplicaba la media nacional- tras Madrid. La ciudad de Barcelona triplicó su población en el siglo XVIII, pasando de menos de 40.000 habitantes a 130.000.

Su crecimiento supera al de Madrid, el núcleo urbano más poblado de la época, y al de las principales ciudades españolas (Sevilla, Valencia, Cádiz, etc.). La densidad de población de la provincia de Barcelona se situaba también entre las altas. La extensión y la intensificación de los cultivos se dejaron ver a lo largo y ancho de la geografía catalana. En 1797, la distribución sectorial de la población activa situaba a Cataluña en cabeza -veinticinco por ciento frente a una media nacional del quince- en lo que a empleos manufactureros se refiere. Sobran los indicadores de la pujanza comercial de Barcelona y de su diversificación económicas, de las que también disfrutan las otras provincias marítimas catalanas.

Cédula de Carlos III prohibiendo la importación de manufacturas textiles, el 14 de julio de 1778.

No faltan pruebas de una política borbónica para favorecer a los sectores económicos catalanes -como la prohibición de importar productos de algodón decretada por Carlos III en 1771.

Los logros culturales no escasean: hay destacados catalanes en campos que abarcan desde la Medicina (Casal, Gimbernat, Parés i Franqués, Salvà i Campillo y Virgili) y otras disciplinas científicas al Derecho (Finestres y Llàtzer de Dou) y la Economía (Capmany), pasando por artes diversas (los músicos Valls, Picanyol y Romero y los pintores Giralt, Molet y Rodríguez, entre otros). Felipe V fundó en 1717 la Universidad de Cervera. En los planos artístico y científico, el contraste entre la Cataluña del siglo XVIII y la de los dos siglos anteriores es probablemente mayor que en ninguna otra parte de España.

Rincones del imperio

La novedosa y creciente presencia de súbditos del Principado en todos los rincones del imperio, especialmente comerciantes, es indudable. Se ha registrado el establecimiento, entre 1778 y 1820, de 1.263 comerciantes catalanes en la América española. Ese dato subraya la capacidad catalana para la extroversión económica en el marco de las nuevas oportunidades de negocio aparecidas dentro de la globalizada Monarquía Hispánica tras la derrota austracista.

El esplendor catalán del siglo XVIII no tiene parangón desde la Edad Media. Las opiniones de dos historiadores económicos, Jaume Vicens Vives y Pierre Vilar, así lo avalan. Vicens fue el iniciador de la brillante escuela histórico-económica catalana de la segunda mitad del siglo XX (Nadal, Fontana, Feliu, Torras, Maluquer, Sudriá, Carreras y otros muchos).

Cuando publicó, en 1958, su monumental Historia económica de España, manual de generaciones de historiadores y economistas españoles, aún útil, no compartía esa visión idílica de la Cataluña anterior a la Guerra de Sucesión que hoy presentan algunos historiadores, ni hace suya una visión negativa del absolutismo borbónico: “El influjo francés, que se manifiesta en la intelectualidad, la moda, el gusto, la técnica y la economía, tiende a llenar el vacío que ha dejado en España el fracaso de la política de los Austrias. Y a colmarlo no sólo con soluciones francesas, sino con las europeas de las que aquéllas son igualmente portadoras. En definitiva, una concepción europea de la vida va a intentar modificar e incluso sustituir la mentalidad española moldeada por la Contrarreforma”.

Al contrario, hace un balance económico favorable para Cataluña en el siglo XVIII. Ello no le impide hacer una observación atinada, aunque de interpretación un tanto equívoca, sobre la que volveré: “El renacimiento económico de Cataluña data de 1680 y está más ligado al cacao de Venezuela y al azúcar antillano que a la tinta de las reales cédulas madrileñas”.

Progreso

Su llamada de atención sobre la recuperación económica de Cataluña da entrada a la monumental obra de otro de los grandes clásicos de la historia económica de nuestro país: Cataluña en la España moderna, de Pierre Vilar.

El autor hace una visión general optimista del devenir económico durante el siglo que sucede a la pérdida de “leyes, libertades y garantías”: “El ‘crecimiento’ observado en la parte principal de esta obra es, en el siglo XVIII, el del grupo humano catalán: número de habitantes, extensión e intensificación de los cultivos, reconquista de antiguos medios de irrigación, instalación de otros nuevos, incorporación al trabajo de una masa antes inactiva, comercialización creciente de los productos, conquista de un mercado, nacional para algunos, colonial para otros, acumulación de esos beneficios coloniales, crecimiento de diversos tipos de ingresos, inversiones productivas, creaciones productivas, aparición, a partir de capas medias de campesinos, marinos, artesanos, comerciantes, de una nueva clase dirigente, creciente peso de la región en el complejo español”.

Sobre la base del progreso agrario, manufacturero y comercial del Setecientos, Cataluña acabó convirtiéndose en la primera región industrial de España. El rápido despegue de la industria en este territorio se produce en las dos décadas que siguen a la Primera Guerra Carlista. Se sobrepuso al incendio, en 1835, de la Fábrica Bonaplata, la primera instalación industrial moderna en España. Bonaplata procedía de una familia de fabricantes de indianas y contaba con buenas conexiones con el Gobierno español, que apoyó su iniciativa empresarial mediante exenciones de derechos arancelarios a la importación de maquinaria y otras medidas.

Los años desde 1841 a 1857 serían los “de la revolución industrial”, a juzgar por la formación de sociedades industriales en Barcelona. A mediados del siglo XIX, Cataluña, y en particular la Ciudad Condal, monopolizaba la producción del subsector más estrechamente asociado a la revolución industrial: el textil algodonero.

Para entonces, un proceso iniciado en la segunda mitad del siglo anterior había consolidado entre los industriales catalanes la idea de que “el prohibicionismo es el sistema verdaderamente nacional”, español se entiende. Para Vicente Pérez Moreda: “La polémica librecambio-proteccionismo fue el debate más largo y más virulento de todos los que presenció la política económica española en el siglo XIX”. Los Gobiernos de Madrid se mostraron siempre (arancel prohibicionista del Trienio Liberal y los muy proteccionistas de 1841 y 1849) sensibles a unas peticiones que unían a empresarios y trabajadores textiles catalanes. Pero no solo a las suyas, sino también a las no menos exigentes planteadas por los intereses trigueros del interior peninsular y los industriales vascos. Fue un brillante catalán, Laureano Figuerola, quien intentó sin éxito liberalizar el comercio exterior español en 1869.

Sobre esa base, la segunda revolución industrial dejó una fuerte impronta en Cataluña. Muchas destacadas empresas en los nuevos sectores de la metalmecánica (maquinaria, construcciones metálicas, material ferroviario, automóvil, aeronáutico y equipos eléctricos), la química (ácido sulfúrico, carburo, superfosfatos y rayón) y el cemento, se instalaron en Cataluña, aunque factores diversos, donde destacan el ferrocarril y la electricidad, habían ido reduciendo algunas de las ventajas competitivas de la Cataluña decimonónica y reverdecido el hasta entonces casi desértico panorama de la industria moderna en la mayor parte del resto de España. La protección del mercado nacional frente al exterior(aranceles de 1891, 1906 y 1922, impulsado este último por el catalán Cambó) se vio reforzada, especialmente en la década de 1920, por cierto activismo industrial del Gobierno español.

Todavía en pleno franquismo, como prueba la corriente migratoria desde otros puntos de España, Cataluña concentraba buena parte de la actividad industrial y gozaba de niveles de vida comparativamente elevados. La democracia, que ha venido acompañada de la descentralización, la apertura exterior, la liberalización y la progresividad fiscal asociada a la expansión del Estado del bienestar, parece haber sido menos favorable para la economía de Cataluña que otras épocas.

Quizá por ello, la hipótesis de que una Cataluña fuera de España hubiera tenido un mayor éxito económico gana adeptos entre los secesionistas. Su aceptación no debería basarse en posicionamientos políticos a priori. El ejercicio académico resultará complicado técnicamente, si alguien se atreve a hacerlo. A la espera del mismo, parece insostenible que la región haya sido expoliada secularmente por el resto de España. Esta proposición contrasta con el duradero, aunque no siempre exclusivo, liderazgo económico catalán en España.

El peso de la geografía

Las claves del éxito catalán en la España moderna tardía y contemporánea son diversas. Algunas son autóctonas e independientes de la Guerra de Sucesión. Otras no. Estas se relacionan con los resultados del conflicto, en particular con laplena integración económica de Cataluña en la Monarquía Hispánica. Una entidad política de dimensiones económicas mucho mayores y de la que, hasta fines del XIX, formaron parte territorios ultramarinos incluso después de la pérdida de la mayoría de la América española, consumada ya a mediados de la década de 1820. Las políticas económicas de los Gobiernos españoles en ningún caso persiguieron perjudicar a Cataluña, aunque solo fuera por su condición de primera región manufacturera e industrial.

Empecemos por la geografía. Vilar señala ventajas naturales ya perceptibles en la “joven potencia medieval”: constituir una “formación pirenaico-mediterránea” fundada sobre vías transversales (los ríos Cardoner, Llobregat, Congost-Ter y Fresser) con capacidad para intermediar entre Iberia y el mar y entre Iberia y Europa. Más tarde, el fácil acceso al mar de buena parte del territorio catalán fue y sigue siendo una ventaja natural incuestionable que resalta los obstáculos del centro peninsular. Vilar subraya otra singularidad geográfica favorable: “El caleidoscopio catalán podrá parecer, al viajero procedente de la Iberia interior, menos poderoso y atractivo. ¡Pero cuánto más rico en posibilidades!”.

Vilar no veía la geografía como un destino inevitable, pero no olvidó señalar el contraste entre las “vocaciones económicas” de Cataluña y la España interior (Castilla y Aragón) que surgía de la “variedad” de la primera frente a la “monotonía” de la segunda.

Cercanía al mar

Más recientemente, Maluquer ha resaltado la importancia de la cercanía al mar y de las adecuadas condiciones climáticas y edafológicas de las comarcas productoras de vino y aguardiente. La producción de ambos y su exportación a Gran Bretaña y Holanda tuvo un destacado papel en la recuperación económica catalana de finales del siglo XVII. También lo tuvo en la expansión de la segunda mitad del siglo XVIII, cuando se comercializaron en otros territorios españoles y americanos de la Monarquía Hispánica y en el extranjero.

Los efectos de arrastre de la ascendente vitivinicultura orientada al mercado no fueron despreciables: incremento de la demanda de productos manufacturados de inversión y de consumo; potenciación del comercio, los servicios financieros y el transporte terrestre y marítimo.

Este autor también subraya las ventajas de la vecindad con Francia: exportaciones de vino con motivo de la filoxera (1868-1890) y de corcho durante un período mucho más dilatado; contrabando de bienes, incluidos los de alto contenido tecnológico; acceso a información económicamente útil; llegadas de inversión directa extranjera y de emprendedores y técnicos foráneos; recepción de turistas; plataforma exportadora al “Gran dorsal” europeo desde la integración española en la economía continental. En resumen: “El carácter de territorio de frontera no ha sido, probablemente, el factor determinante de la modernización económica de Cataluña, pero parece evidente que ha contribuido a ella de un modo más que sobresaliente”.

Desde la “unificación” peculiar entre las coronas de Aragón y Castilla durante el reinado de los Reyes Católicos, los gastos de la defensa española en el Mediterráneo recayeron desproporcionadamente en los habitantes de la segunda. A diferencia de las guerras de Flandes, las del Mediterráneo, herencia geoestratégica de la Corona aragonesa, reciben escasa atención en las explicaciones sobre la decadencia que sufrió España a mediados de la Edad Moderna.

Expansión otomana

La expansión otomana por el Mediterráneo oriental y el norte de África y la de las coronas de Castilla y Portugal por América y Asia dejaron “fuera de juego” a polos económicos, como Barcelona, de indudable esplendor medieval. Sin la proyección peninsular y americana favorecida por las reformas borbónicas, la suerte de Cataluña habría resultado, por contraposición a Holanda e Inglaterra, afectada por la de una zona del mundo en decadencia económica y política. Y por ello privada del acceso a los mercados abiertos previamente por la Corona de Castilla más allá de las Columnas de Hércules y que tanto se expandieron a lo largo del siglo XVIII.

Incluso en el XIX, los restos ultramarinos del Imperio español, como Cuba y Filipinas, fueron de importancia para la economía catalana.

Si la geografía cuenta para explicar el éxito catalán, también lo hacen otros factores de índole histórico-institucional. Uno es la herencia tardo-medieval que hizo posible que el campesinado accediera al usufructo del suelo a largo plazo en condiciones favorables para el progreso agrícola, pues estimulaba el acceso al crédito y la especialización productiva orientada al mercado de algunas zonas geográficamente favorecidas.

La explicación “igualitaria” del temprano progreso económico catalán propuesta por Maluquer goza de amplio consenso. Así, una distribución de la propiedad de la tierra menos concentrada, resultante de la guerra remensa, desde fines de la Baja Edad Media habría hecho participar a sectores más amplios de la sociedad catalana de los beneficios de la expansión vitivinícola. Ello habría permitido una mayor demanda regional de las nuevas manufacturas textiles, que se vio atendida por la adaptativa estructura económica catalana del siglo XVIII.

El progreso manufacturero hundiría sus raíces en una distribución de la renta y la riqueza menos concentrada que en el resto de España. El contrapunto andaluz suele asomar en esta línea de razonamiento. La explicación histórico-institucional no carece de verosimilitud. Pero cabe dudar de que sea la “explicación”, aunque contribuya a ella.

Por un lado, resulta improbable que la demanda catalana -un millón de habitantes frente a los más de dos y de 20, respectivamente, de Holanda y Gran Bretaña, que tenían bastante más renta per cápita- hubiera bastado para poner en marcha un proceso de industrialización que nunca pudo prescindir del mercado ofrecido por los restantes territorios de la Monarquía Hispánica en España, América y Asia.

Convendría no exagerar la influencia de la distribución “igualitaria” de la renta en la industrialización. Por lo que sabemos, la desigualdad de Holanda, en 1732 y 1808, era mayor que la de la “Vieja Castilla” en 1752, y la de Inglaterra solo un poco menor, en 1759, y, en 1801, casi idéntica.

Se debe atribuir una parte no despreciable de los logros catalanes a algunas medidas de la política económica borbónica, que hizo que no toda “la tinta de las reales cédulas madrileñas” careciese de incidencia sobre esos factores del renacimiento económico catalán que mencionaba Vicens: el “cacao de Venezuela” y el “azúcar antillano”.

Supresión de aduanas

La supresión de aduanas interiores entre Castilla y Aragón -unos seis millones de habitantes frente a uno y medio, respectivamente, al poco de finalizar la Guerra de Sucesión- permitió el libre acceso al mercado castellano de la producción catalana y ofreció oportunidades desconocidas para los productores y comerciantes catalanes. Las botigues se establecieron en buena parte de la geografía española. Las uniones aduaneras favorecen más a sus integrantes de menores dimensiones iniciales, como era el caso de Cataluña.

Crucemos ahora el charco. Los productos catalanes comenzaron a llegar indirectamente a la América española -su población pasó de unos diez a unos veinte millones de habitantes entre 1700 y 1820- a través de Cádiz.

En el año 1755 fue autorizada la Real Compañía de Comercio de Barcelona a Indias, a la que el Gobierno concedió algunos de los privilegios de que gozaban empresas semejantes en la Europa moderna, al tiempo que limitó geográficamente sus actividades (Santo Domingo, Puerto Rico y La Margarita, y más tarde, Cumaná). Las medidas de liberación del comercio con América de 1765, 1778 y 1789 no hicieron sino ampliar la proyección americana de la economía de Cataluña, en especial la de sus comarcas marítimas.

Mercados emergentes

Puede discutirse si el mercado hispanoamericano fue decisivo para la moderna manufactura algodonera catalana, pero no que fuera irrelevante. Ni mucho menos lo fue para el sector vitivinícola y el de servicios marítimos (transporte, seguros, banca y construcción naval). Los efectos de la nueva situación creada por la política del reformismo borbónico fueron, para Maluquer, inequívocos: “Los mercados emergentes del otro lado del Atlántico contribuyeron, además, a potenciar el crecimiento agrícola y éste impulsó la producción de manufacturas y el progreso del conjunto de la economía”.

Con la libertad de comercio de granos establecida por Carlos III en 1765, Cataluña vio facilitada la importación de trigo extranjero más barato y, con ello, el aumento de su especialización en otros productos agrícolas y manufactureros y en los servicios.

La reforma fiscal representada por la introducción del catastro en 1716 trajo una simplificación y modernización impositiva. Si, inicialmente, la reforma incrementó la presión fiscal, no ocurrió lo mismo en el largo plazo. Como el cupo asignado a Cataluña no experimentó más que escasas y menores alteraciones al alza, el aumento de la población y el crecimiento económico acabó reduciendo la presión fiscal, especialmente en las provincias costeras.

Existían otros impuestos de evolución diferente, lo que debería conducirnos a no exagerar las ventajas fiscales de la Nueva Planta, como sugiere Ruiz. Pero evitar la exageración no implica negar los beneficios del modelo fiscal catalán del siglo XVIII. Mientras que Cataluña fue incrementando los beneficios derivados de un creciente acceso a los mercados de la Monarquía Hispánica en España y América, su contribución fiscal al aumento de los costes de preservación de los mismos -gastos en Ejército y Marina incluidos- fue menor que la de otros territorios.

Cataluña debe buena parte de su éxito económico en la España moderna a factores autóctonos. Otra parte no menor se debe a consecuencias positivas derivadas de la Guerra de Sucesión y de la política del reformismo borbónico.

Como recuerda Pérez Moreda, los logros económicos catalanes durante el siglo XIX no impidieron que la pérdida de las últimas colonias en 1898 fuera, para figuras del pensamiento como Ortega y Gasset y Ramón y Cajal, la causa principal del desapego de sectores de la sociedad catalana hacia España en los comienzos del siglo XX. No parece que la proximidad temporal entre la pérdida de los últimos mercados ultramarinos y el fortalecimiento del catalanismo político sea casual.

Al final de sus días, Gonzalo Anes, uno de los mejores conocedores del siglo XVIII español, organizó desde la Real Academia de la Historia un ciclo de conferencias (La España de Felipe V. Guerra de Sucesión, reformas, crecimiento y proyecciones futuras) que ofreció una alternativa no nacionalista a la planteada por el congreso Espanya contra Catalunya.

La intervención de Pérez Moreda es toda una demostración de conocimiento e invitación a la convivencia: “Ningún español puede estar ajeno a los destinos de esa parte de España. Y por el contrario debería sentirse orgulloso del éxito económico, y también cultural, que esa región ha conseguido a lo largo de los últimos siglos”.

FUENTE: La aventura de la Historia

La «Damnatio memoriae», el infame castigo del Imperio romano a no haber nacido nunca

La «Damnatio memoriae», el infame castigo del Imperio romano a no haber nacido nunca

Los romanos reverenciaban a sus ancestros, decoraban sus villas con episodios heroicos de los más eminentes y velaban porque los apellidos fueran legados de generación en generación, aunque hubiera que recurrir a hijos adoptivos para salvarlos. La memoria familiar era uno de los ejes de la sociedad romana, hasta el extremo de la condenada al olvido se situaba en la cúspide de los castigos más crueles. Los romanos imaginaban la historia de la humanidad como un lugar cuyas páginas más oscuras podían, simplemente, ser arrancadas y sustituidas por nuevas.

El nombre moderno de este castigo «Damnatio memoriae» significa literalmente «condena a la memoria». Es decir, condenado a no haber existido nunca. Se trataba de un castigo reservado para determinadas personas que los romanos querían borrar por completo de cualquier forma de recuerdo, ya fuese en textos, grabados, murales, estatuas e incluso música popular

Este castigo del período imperial, no en vano, tenía su origen en varios mecanismos para provocar la muerte civil en tiempos de la República. Entonces existían la «abolitio nominis», que prohibía que el nombre del condenado pasara a sus hijos y herederos, y la «rescissio actorum», que suponía la completa destrucción de su obra política o artística. Ese fue el caso de Marco Antonio, cuyas estatuas fueron derribadas a su muerte por orden de su último enemigo, César Augusto, según Plutarco:

 «Sus estatuas fueron derribadas: pero las de Cleopatra se conservaron en su lugar, por haber dado Arquibio, su amigo, mil talentos a César, a fin de que no tuvieran igual suerte que las de Antonio».

Emperadores contra el Senado, la venganza

No fue hasta el Imperio romano cuando se llegó a un nuevo nivel de perfección en el borrado de la memoria. El «damnatio memoriae» era una herramienta legal al alcance del Senado y una forma de que la aristocracia se cobrara su venganza contra los abusos del Emperador una vez hubiera fallecido. El proceso solía ir acompañado de la confiscación de los bienes del difunto «damnificado», el destierro de su familia y la persecución y exterminio físico o moral de sus partidarios. Además se decretaban anuladas las leyes que hubiera sacado adelante o éstas se le achacaban a sus sucesores.

El Emperador Cómodo era conocido por sus ostentosos espectáculos y su constante enfrentamiento con el SenadoEl Emperador Cómodo era conocido por sus ostentosos espectáculos y su constante enfrentamiento con el Senado

No obstante, la mayoría de estas condenas fueron consecuencia de las represalias de los nuevos Emperadores, en su mayoría responsables de la muerte de sus antecesores, y de su afán de consolidarse en el poder. Así fue el caso de Publio Septimio Geta, hermano menor de Caracalla, que fue asesinado por su hermano y posteriormente recibió el infame castigo. Muchos de sus seguidores fueron asesinados y su legado borrado del mapa. Por su parte, a la muerte de Maximiano, en el año 310, su sucesor impulsó un damnatio memoriae por el que se ordenó la destrucción de cualquier elemento público que le hiciera alusión.

De otros emperadores se conocen procesos directamente vinculados con su mala relación en vida con el Senado. Por ejemplo, a la muerte de Domiciano, el Senado emitió la condena y autorizó que sus monedas y estatuas fueron fundidas, sus arcos derribados y su nombre eliminado de todos los registros públicos. En este mismo sentido, Nerón fue declarado «enemigo del Estado» por el Senado aún antes de su muerte y varias de sus representaciones destruidas.

De Cómodo, el Emperador gladiador, el Senado decretó su damnatio memoriae tan solo un día después de ser ahogado en el baño por uno de sus libertos. Aquella condena le convirtió en enemigo público, ordenando el derribo de sus estatuas y la eliminación de su nombre de los registros públicos.

En el otro extremo, cabía la posibilidad de que el Senado se reuniera para elevar a la categoría de divino al emperador fallecido. El Apoteosis era el equivalente de reconocer que el Emperador estaba en proceso de «ascender al cielo de los dioses». En este caso el personaje pasaba a ser reconocido como un dios –véase el caso del divino Julio César o el augusto Octavio– se celebraban lujosos funerales en su honor, se le erigían templos e incluso se les reconocía como un astro del firmamento (catasterismo).

Más allá de los altares y los tronos, esta condena también iba dirigida a ciudadanos corrientes que hubieran cometido crímenes especialmente censurables, sobre todo aquellos relacionados con la traición al Emperador o al Senado. Tal fue el caso de Lucio Elio Sejano, favorito de Tiberio, al que se le acusó de liderar un amplio complot contra su soberano. O el caso del ex cónsul y gobernador Cneo Calpurnio Pisón en 20 d.C., quien se suicidó tras ser responsabilizado de la muerte de Germánico. A consecuencia de ello, el Senado dictó un senadoconsulto que proponía borrar su nombre de los documentos oficiales y confiscar sus bienes.

En este sentido, las conocidas como «damnationes minores» podíar ser establecidas por senados locales, de alcance mucho más limitado y cuyas razones rara vez tenía que ver con motivaciones políticas.

Del Antiguo Egipto a la Edad Media

No fueron los romanos los primeros ni lo últimos en atentar contra la memoria. Se sabe que los asirios, los hititas, los babilonios, los persas y después los egipcios (véase el ejemplo de Hatshepsut o Akenatón «El faraón hereje») ya había aplicado penas similares a los romanos. En muchas de estas culturas quienes no tenían nombre no podía existir y, por lo tanto, borrar el nombre de un personaje del recuerdo suponía impedirle disfrutar de una vida en el más allá.

«El Papa Formoso y Esteban VI», por Jean-Paul Laurens«El Papa Formoso y Esteban VI», por Jean-Paul Laurens

Siguiendo con la tradición romana, en la Alta Edad Media, el Papa Esteban VI ordenó que el cadáver del Papa Formoso fuera exhumado para someterlo a un juicio por sus pecados. Además de borrar su legado y anular sus decisiones como pontífice, el nuevo Papa orquestó la espeluznante escena de juzgar a un cadáver en avanzado estado de descomposición, en lo que hoy es conocido como el Sínodo del Terror.

Otros muchos personajes históricos han aspirado a borrar de un plumazo todo rastro de sus rivales. Todavía en el siglo XX varios dictadores han impuesto borrados colectivos, «vaporizaciones», diría George Orwell en su novela «1984». Sin ir más lejos, el régimen de Stalin prohibió toda mención de los nombres de sus enemigos y eliminó a éstos de la prensa, libros, registros históricos, fotografías y documentos de archivo. La lista de «personajes incorrectos» afectó a León Trotsky, Nikolái Bujarin, Grigori Zinóviev y a otros líderes políticos que fueron cayeron en desgracia a ojos del dictador.

La cuestión es ¿tuvo alguna vez éxito pleno estas condenas? ¿Alguien ha logrado borrar todo rastro de un personaje a lo largo de la Historia? Evidentemente sería imposible saberlo. Si funcionó y consiguieron borrar la memoria de un personaje o pueblo sería hoy un desconocido. Sin embargo, la experiencia de miles de años ha demostrado que se necesita algo más que recortar una fotografía o romper una estatua para eliminar un legado vital. Resulta una tarea sumamente difícil la de destruir en tantos trozos a sus enemigos.

FUENTE: ABC Historia.

El amargo final de Escipión «El Africano»

Escipión «El Africano» ordena liberar al sobrino del Príncipe de Nubia después de que fuera capturado por Roma

Escipión «El Africano» ordena liberar al sobrino del Príncipe de Nubia después de que fuera capturado por Roma – The Walters Art Museum

Cuando Aníbal Barca arrasó a un ejército romano muy superior en número al suyo en la batalla de Cannas, un joven oficial romano, de 20 años, destacó por su coraje en medio del desastre. Publio Cornelio Escipión actuó con la «virtus» que cabía esperar de un aristócrata romano y cargó contra aquellos supervivientes del ejército romano que proponían abandonar a la moribunda república. Prorrumpiendo en un «consilium» donde las tropas supervivientes discutían el asunto, el tribuno alzó la espada y juró por Júpiter Optimus Maximus que no abandonaría nunca Roma y mataría con sus manos a todos los que lo hicieran.

Como relata Adrian Goldsworthy en «Grandes generales del Ejército romano» , Escipión poseía desde joven de «la ilimitada confianza en sí mismo de un patricio, conocedor desde la infancia que estaba destinado a ocupar un papel preeminente en la vida pública de Roma».

Inteligente, carismático y una gota supersticioso, Escipión se caracterizó desde muy joven por los golpes teatrales envueltos en una supuesta aura de divinidad. Tal vez por ello se decía –como en el caso de Alejandro Magno– que se había descubierto a su madre yaciendo con una serpiente gigante antes de quedarse embarazada. ¿Creía el general romano realmente en aquellas leyendas y en que los dioses guiaron sus victorias? Probablemente no. Los historiadores se inclinan a pensar que simplemente Escipión se valía de estos gestos para motivar a sus tropas y aumentar su popularidad.

La guerra en Hispania: el origen de la leyenda

Durante la guerra contra Cartago, el padre y el tío de Escipión se hicieron cargo del frente en Hispania, buscando cortar el envío de más tropas y suministros a Aníbal. En el año 211 a.C, sin embargo, ambos fallecieron a consecuencia de la traición de las tribus celtíberas, entre ellas la ciudad deIliturgi, y de la acometida de Asdrúbal, hermano del genio cartaginés. Los dos hermanos romanos llevaban años pidiendo más recursos y advirtiendo del riesgo, como así ocurrió, de que Roma perdiera todos sus aliados españoles si mostraba debilidad.

Fue en esas fechas cuando el joven Escipión se postuló para ponerse al frente de los escasos ejércitos de Roma en España. Incapaces de encontrar candidatos que quisieran ir a una misión tan incierta, el Senado convocó a los Comitia Centuriata para la elección. Solo Escipión se presentó y, por tanto, le fue otorgado automáticamente el cargo de España en calidad de procónsul. Eso a pesar de su juventud (25 años) y de su inexperiencia. Decisiones extraordinarias para una situación de urgencia.

Estatua de Escipión «El Africano»Estatua de Escipión «El Africano»– Wikimedia

Escipión inició la expulsión de los cartagineses de España con una fuerza de cerca de 28.000 soldados de infantería y 3.000 jinetes. Frente a él se encontraban tres poderosos ejércitos, si bien distantes entre sí: el de Asdrúbal Barca, el de Magón Barca y el de Asdrúbal Gisco. Su objetivo fue el de vencer a cada una de estas fuerzas por separado y sin que les diera tiempo a coordinarse.

Escipión eligió la conquista de la ciudad de Cartago Nova (la actual Cartagena) para anunciar su llegada a la península. Fundada por el padre de Aníbal, la ciudad era la principal base de operaciones de los cartagineses en España, la sede de su gobierno, su puerto más grande y una de sus plazas mejor fortificadas. Si bien un asedio en la Antigüedad podía durar meses, y eso precisamente es lo que querían evitar los romanos; Escipión logró rendir la ciudad en un asalto directo gracias a la información de unos marineros de la ciudad aliada de Tárraco (Tarragona), que le contaron que al norte de Cartago Nova había un lago por el cual se podía pasar cuando bajaba el nivel del mar. El propio general romano participó de la batalla, donde se disputó cada metro del recinto amurallado y la victoria romana dio paso al saqueo. Magón Barca estaba fuera de juego.

La conquista de Cartago Nova otorgó a Escipión prestigio, una base en la España meridional y al menos 18 navíos de guerra. Estas nuevas fuerzas permitieron a Escipión dirigirse con garantías al encuentro de Asdrúbal Barca en el año 206 a.C. No está claro hoy en día si hubo realmente un enfrentamiento a gran escala, pero lo cierto es que Asdrúbal tuvo que salir de la península para reforzar a su hermano en Italia (aunque nunca llegó a su destino; solo su cabeza decapitada) dejando un reguero de bajas tras de sí. Un ejército menos al que derrotar, debió tachar Escipión.

Faltaba el contraataque. En el año 206, Gisco unió sus fuerzas a los supervivientes del ejército de Magón y organizó una fuerza temible: 60.000 infantes y 4.000 jinetes, entre ellos la fuerza mercenaria de númidas dirigida por el príncipe Masinisa, más tarde aliado de Escipión en Zama.

En Ilipa, hoy cerca de Sevilla, se enfrentaron al fin ambos ejércitos. Tras una infinidad de escaramuzas en los días previos, al inicio del combate los vélites (infantería ligera reclutada entre las clases bajas) arrojaron lanzas contra la veintena de elefantes cartagineses. Los animales huyeron y dejaron paso a que las caballerías ligeras retomaran la lucha donde lo habían dejado en las vísperas. A continuación, las tropas romanas atacaron a los aliados españoles de Asdrúbal, situados en los flancos, con menos ganas que nadie de dar su vida en una guerra extranjera donde solo eran meros invitados locales.

Cuando los celtíberos empezaron a ceder terreno, Escipión mantuvo la calma y se contuvo de adelantar a su infantería aliada, puesto que confiaba ciegamente en la resistencia física de sus tropas puramente romanas. Sus soldados habían comido antes de la batalla y sabían que las horas correrían a su favor conforme aumentara el calor. Además, a diferencia de su rival, Escipión había situado a los hispanos en el centro porque no confiaba mucho en ellos (más cuando su padre y su tío habían muertos traicionados por tropas locales) y esperaba que la batalla se resolviera sin que apenas intervinieran. La diferencia entre la fe que ambos comandantes tenían en estas fuerzas auxiliares marcó el devenir de la jornada.

Camino de Zama, el ocaso de Aníbal

La presión romana obligó al ejército de Gisco a retirarse con cierto orden. Pero aunque volvieron a reorganizarse en la colina del campamento, en poco tiempo comenzaron las deserciones entre los cartagineses y muchos de los soldados fueron capturados en medio de la confusión. En los siguientes meses, uno a uno fueron cayendo en manos romanas todos los enclaves enemigos en España. Tras superar un motín de sus tropas y varias rebeliones de los celtíberos aliados, Públio Cornelio Escipión partió al fin hacia Roma con la misión cumplida.

Y lo cierto es que no le esperaban los vítores que él había imaginado. En el año 205 recibió uno de los consulados, a pesar de que no cumplía con la edad exigida, pero a cambio comenzó a formarse un partido de senadores que recelaba del poder creciente de Escipión. Solo su popularidad evitó que este grupo de senadores, encabezados el rígido Catón «El viejo», pudieran arrebatarle el consulado a raíz de un escándalo protagonizado por uno de los oficiales de Escipión.

La batalla de Zama. Ilustración de Cornelis Cort (1567)La batalla de Zama. Ilustración de Cornelis Cort (1567)

No obstante, Roma seguía en estado de guerra y necesitaba cerca a sus mejores militares. Las derrotas en España hicieron insostenible que Cartago pudiera seguir su guerra en Italia, aunque eso solo suponía la solución de la mitad del problema. Fabio Máximo, el escudo, y Marco Claudio Marcelo, la espada, habían contenido las acometidas de Aníbal en el momento más oscuro de la guerra, pero iba a ser ahora una generación más joven la que finiquitara el conflicto.

Los planes de Escipión pasaban por trasladar las operaciones al terreno enemigo, usando Sicilia primero como base de adiestramiento para desembarcar un ejército invasor en África cuanto antes. Una vez en este continente, el general romano venció sin dificultad a los dos primeros ejércitos que mandaron contra él valiéndose de ataques nocturnos a sus campamentos. Aníbal se vio obligado así a regresar a África, cuando Escipión exigió un comandante a su altura.

El genio cartaginés fue vencido en la batalla de Zama, en el 202 a.C. y Cartago se vio obligada a firmar una paz humillante, que puso fin a su sueño de crear un gran imperio en el Mediterráneo occidental. Escipión neutralizó la amenaza de los 80 elefantes reunidos por el Aníbal aplicando varias tácticas: por un lado ordenó a sus hombres bruñir corazas, cascos y cualquier cosa de metal, de tal modo que el sol se reflejara en ellos y deslumbrara a los animales; además, pidió a varios músicos militares que desconcertaran con su ruido a los elefantes.

Los romanos se encargaron de que los nerviosos animales (aterrados por el ruido y los reflejos) pasaran de largo a través de los pasillos que había dejado Escipión entre sus tropas. Atacados desde los flancos por las lanzas de los legionarios, los elefantes murieron o retrocedieron hacia las líneas cartaginesas. Al final del combate, las bajas cartaginesas se elevaron a alrededor de 20.000 muertos y 15.000 prisioneros. Los romanos capturaron también 133 estandartes militares y once elefantes.

A Escipión le fue otorgado el apelativo de «El Africano» por su victoria, así como un espectacular triunfo a su vuelta a Roma.

Un final amargo, acusaciones y exilio forzado

El problema al que debió enfrentarse entonces era que, a sus 30 años, Escipión ya había logrado todo a lo que un senador puede aspirar en su vida. Solo cabía que el sistema republicano frenara de alguna forma su ascenso, como acostumbraba a hacer para evitar que un hombre acumulara demasiado poder. En 194 fue elegido para un segundo consulado, durante el cual dirigió sus tropas contra las tribus galas del norte de Italia. Nada que, en cualquier caso, le pudiera reportar grandes reconocimientos.

En el año 190, asistió a su hermano Lucio cuando le fue otorgado un consultado y se vio forzado a combatir contra el Imperio seléucida de Antíoco III, que curiosamente tenía a Aníbal contratado en calidad de consejero militar después de que éste hubiera tenido que huir de Cartago.

Durante la aplastante victoria de Lucio sobre Antíoco en la batalla de Magnesia, se insiste en los textos del periodo en que Escipión «El Africano» se encontraba gravemente enfermo y no pudo participar en la contienda. Tal vez es una forma de reseñar que Lucio fue el único responsable de la victorio, o precisamente de ocultar que pudo ser su hermano el que mandaba en verdad. Más fama es lo último que necesitaba Escipión en ese momento, con sus enemigos en Roma presumiendo de colmillos.

Escipión caracterizado como un monarca muestra clemencia ante la captura equivocada de una jovenEscipión caracterizado como un monarca muestra clemencia ante la captura equivocada de una joven

A su vuelta a la política romana, los dos hermanos fueron acusados de apropiación indebida del botín de guerra y de dar un trato de favor a Antíoco a cambio de que liberara al hijo secuestrado del general romano. Catón y los suyos lanzaron una campaña de acoso y derribo contra la familia Escipión que, de hecho, desembocó en un juicio donde «El Africano» trató de escabullirse invocando su popularidad. En una de las jornadas del juicio, que coincidía con el aniversario de la batalla Zama, Escipión se ausentó porque quería elevar sacrificios a los dioses en señal de agradecimiento. Este exceso de autoestima iba a costarle muy caro.

Los cargos siguieron en pie, a pesar de todas las maniobras populistas de los Escipiones, hasta el punto de que las propiedades de Lucio fueron violentamente confiscadas. La persecución, de hecho, solo se frenó cuando Escipión se vio forzado a una especie de destierro de Roma. «Yo mismo me destierro si es que crecí más de lo que te convenía», afirmó según la versión mitificada. Se exilió a su casa de campo en Liternum y pasó sus últimos cinco años allí. Al morir se dice que reclamó que su cuerpo no regresara a la ingrata tierra romana.

Si bien no hay unanimidad sobre el año exacto de su muerte, Polibio y Rutiliosos tienen que falleció en el mismo año que murió su más íntimo enemigo, Aníbal, al que guardó siempre cierta admiración.

Fuente: Historia ABC

Conozcamos mejor a Antonio de Ulloa

Durante siglos, para evitar que el patrimonio se dispersase, las herencias estuvieron ligadas a la condición de primogénito, recibiendo el primero de los hijos todos los bienes, mientras que sus hermanos tenían que ideárselas para labrarse un futuro prometedor. Las vocaciones religiosas fueron tradicionalmente una de las opciones más escogidas por los segundones de las casas, pero con la conquista del continente americano una nueva y próspera puerta se abrió para aquellos a quienes el retiro monacal no era algo que encajase en sus aspiraciones.

Tal fue el caso de Antonio de Ulloa, nacido en 1716 en el seno de una noble familia sevillana y el segundo de diez hermanos. Este hecho, ligado a su carácter inquieto y aventurero, lo llevaron a abandonar su casa natal a la temprana edad de 13 años, poniendo rumbo a Cádiz, donde pretendía ingresar en la Real Compañía de Guardiamarinas. Sin embargo, la falta de vacantes para ese curso hizo que tuviese que demorar aún algún tiempo su ingreso en la academia, aunque no tuvo que esperar para poder empezar a saciar sus ansias de surcar los mares. Ese mismo año se enroló en la escuadra de galeones de Manuel López Pintado, zarpando rumbo a Cartagena de Indias, en un viaje que duraría dos años y en el que visitaría lugares como Portobelo, Cuba o Santo Domingo. A su vuelta al puerto de Cádiz, y tras haber adquirido profundos conocimientos de navegación, pudo ya definitivamente ingresar en la academia, sentando plaza como guardiamarina en noviembre de 1733.

Comenzó así la vida de este ilustre marinero, miembro de prestigiosas academias del saber como la Royal Society de Londres o la Académie des Sciences de París, que en vida llegó a alcanzar gran reconocimiento por sus aportaciones a ámbitos tan diversos como la astronomía -fue uno de los participantes en la pionera expedición a Quito que llevaba como misión medir uno de los arcos del meridiano-, la mineralogía -fue el descubridor del platino- o la política, en la que destacan tanto sus contribuciones para la mejora de la situación de las Indias como sus labores de gobernador de Huancavelica en Perú o la Luisiana, en los actuales Estados Unidos.

El pasado 2015, cuando todavía faltaba un año para que se celebrase el 300 aniversario de su nacimiento, el Archivo de Indias, en colaboración con la Universidad de Sevilla, acogió una exposición en la que se ponía de manifiesto la inmensa biblioteca que Ulloa reunió en vida y que da buena cuenta de la sed de conocimientos del marinero, quien por cierto da nombre al Centro de Recursos para el Aprendizaje y la Investigación (CRAI) de la Hispalense, así como a dos institutos de la provincia. Ahora, ya en el año de su efeméride, la revista Andalucía en la Historia le dedica un artículo firmado por Rafael Cid Rodríguez en el que este profesor de la UNED hace un repaso a la trayectoria y los avances logrados por este sevillano, a quien se le debe la fundación de instituciones como el Museo de Historia Natural de Madrid o el Observatorio Astronómico de Cádiz.

Para comprender la importancia de Ulloa en la historia del siglo XVIII hay que remontarse al enfrentamiento que había entonces entre los partidarios de la teoría de Giovanni Cassini, quienes mantenían que la Tierra debía de tener forma de esferoide achatada por el ecuador, y los seguidores de la teoría newtoniana que sostenía que el estrechamiento tenía lugar, por el contrario, en los polos. Para zanjar la discusión, la Académie des Sciences envió dos expediciones, una a Laponia y otra a Quito, para realizar una medición del grado terrestre. Como en aquel momento la provincia de Quito pertenecía a la Corona española, los científicos tuvieron que pedir permiso a Felipe V, quien determinó que la campaña debía contar con la presencia de al menos dos españoles.

Esa delegación nacional la compusieron Antonio de Ulloa (en ese momento tenía sólo 19 años) y Jorge Juan (tres años mayor que él), quienes fueron rápidamente ascendidos a tenientes de navío para acercarse, al menos en grado militar, a sus compañeros franceses. “En la escuela destacaron como buenos estudiantes y además provenían de familias nobles. Ambas razones tuvieron peso a la hora de decidir quiénes debían ser los representantes españoles en la expedición hacia el ecuador”, argumenta en su texto Cid Rodríguez sobre el hecho que marcaría definitivamente la carrera de Ulloa. Tras una larga travesía que comenzó el 26 de mayo de 1735, fecha en la que partieron desde el puerto de Cádiz a bordo del navío Conquistador y la fragata Incendio, alcanzaron Cartagena de Indias donde se reunieron con el resto de la expedición, dirigida por el astrónomo y matemático Louis Godin y en la que se encontraban personalidades como Pierre Bouguer y Charles Marie La Condamine.

Al llegar a su destino, ya en 1736, el grupo se dividió en dos y durante varios años realizaron las labores geodésicas que les habían sido encomendadas. Pero Ulloa y Jorge Juan aprovecharon también su estancia en las Indias para cumplir un encargo que les había hecho personalmente Zenón de Somodevilla, ministro de Hacienda, Guerra, Marina e Indias, quien les había pedido que recogiesen información sobre la situación de aquellas tierras y sobre los problemas en los modos de gobierno. De esta manera, los dos marinos españoles tomaron nota no ya sólo de las cuestiones administrativas que les había pedido el ministro, sino también de aspectos culturales, de las costumbres del lugar, prestando también especial atención a su fauna y flora. Todo ello quedaría reflejado en algunas de las obras que escribieron juntos, como por ejemplo la Relación histórica del viaje a la América Meridional que vio la luz en 1748. Durante aquellos años, Ulloa y Jorge Juan también fueron requeridos en algunas ocasiones por el virrey de Perú, quien les encargó algunas tareas militares, como la defensa de puertos o la vigilancia de costas.

Las labores de medición del meridiano, que como hoy ya sabemos acabarían dándole la razón a la teorías de Newton, concluyeron hacia 1744. Un año después, ambos compañeros emprendieron su vuelta hacia tierras españolas, navegando cada uno en embarcaciones diferentes, con la idea de preservar la confidencialidad del material que habían ido recopilando sobre la situación de las Indias. Y es de agradecer que así lo hiciesen, pues mientras que Jorge Juan pudo completar su vuelta sin apenas problemas, la nave Deliverance, en la que viajaba el sevillano, fue apresada por los ingleses.

Ulloa intentó deshacerse de las informaciones más comprometidas, pero aun así parte de su documentación fue requisada por sus captores, algo que muchos años más tarde, después incluso de la muerte de Ulloa, acabaría costándole la revelación de alguno de los secretos de estado por parte del británico David Barny, quien publicó el sensacionalista título Noticias secretas de América, que ayudó a perpetuar la leyenda negra española sobre la gestión de la Corona en los territorios colonizados.

A pesar de este contratiempo, la fama científica que ya precedía a Ulloa le sirvió para conseguir un buen trato durante su breve cautiverio además de una pronta liberación. En el intento de recuperar aquellos documentos que le habían requisado, el ilustrado conoció a Martin Folkes, quien por aquel entonces era presidente de la Royal Society. Además de ayudarle a localizar sus informes, Folkes le ofreció ser miembro de la sociedad, pues había quedado muy sorprendido de las labores científicas que Ulloa había desarrollado en las Américas. Tal era el aprecio de Folkes tenía por Ulloa, que le regaló un ejemplar de la tercera edición de los Principia de Isaac Newton, libro fundamental para cualquier ilustrado de la época pues marcó un punto de inflexión en la Historia de la Ciencia. Ese mismo ejemplar, perteneciente al fondo de la biblioteca de la Hispalense, es uno de los que se expuso en la muestra del Archivo de Indias.

Durante la siguiente década la Corona española mandó a Ulloa a diferentes misiones por toda Europa, en las que el marino y científico debía recopilar información sobre los últimos avances en todos los ámbitos del saber, algo que Cid Rodríguez describe, en tono jocoso, como “labores de espionaje industrial”. Con estos encargos el gobierno pretendía modernizar las instituciones españolas. En la puesta en práctica de lo aprendido en el Viejo Continente, Ulloa creó el primer laboratorio metalúrgico, entre otras cosas.

A mediados del XVIII, a raíz de la confianza que la Corona tenía en Ulloa, el marino volvió al Nuevo Mundo, pero esta vez para ejercer de gobernador. En una primera etapa estuvo al frente del territorio minero de Huancavelica, perteneciente al actual Perú, y en un posterior momento pasó a serlo de la Luisiana, región que Francia cedió a España en compensación por la Guerra de los Siete Años. A su regreso a España sería ascendido a teniente general de la Armada y durante algún tiempo más seguiría realizando cometidos para el gobierno, muriendo finalmente en la Isla de León (Cádiz) en 1795.

 Durante años la memoria de la figura de Ulloa quedó bastante borrosa, teniendo casi por única conmemoración una pequeña calle, Almirante Ulloa, en el lugar de su nacimiento. Más suerte tuvo su compañero de aventuras, Jorge Juan, quien durante la última etapa de las pesetas aparecía en el billete de 10.000. Ahora, en el 300 aniversario de su nacimiento, Correos pondrá en circulación el 26 de septiembre un sello conmemorativo con el que se recordará la gran vida de este ilustrado sevillano que tanto aportó al saber español.

Fuente: Diariodesevilla.es

Reinas egipcias que gobernaron bajo la sombra y el anonimato

Por motivos ideológicos, el rey de Egipto tenía que ser un hombre. En ello no tenía nada que ver el machismo, sólo su modo de ver el mundo. No es que los egipcios consideraran a las mujeres incapacitadas para el ejercicio del poder político, pero su imagen del mundo estaba conformada por un gobernante (masculino) acompañado por una pareja (femenina).

Ambos eran imprescindibles para realizar correctamente muchos rituales de la monarquía y ambos tenían una función concreta. Sin embargo, cuando las cosas se ponían feas, cuando la política se volvía turbia y las dinastías reinantes pasaban por malos momentos, lo normal es que una mujer de la familia real, hija o esposa del faraón, se ocupara del gobierno del país. Se trata más bien de un recurso dinástico dictado por las circunstancias políticas; pero que demuestra que sin duda las mujeres no estaban apartadas del poder.

El caso de Tiyi, esposa de Amenhotep III que mantenía correspondencia internacional con reyes y reinas asiáticos, o el de Hatshepsut, primero regente y luego autocoronada faraón, vinieron precedidos por el Neferusobek, la única mujer faraón genuino que conocemos, que fue el último rey de la XII dinastía.

Las mujeres de Khentkaus

No se sabe exactamente qué papel desempeñaron en el paso de la IV a la V dinastías un par de mujeres de la realeza llamadas Khentkaus, pero sin duda fue relevante. También se sospecha que Nefertiti llegó a ser coronada faraón cambiándose el nombre, pero ocultó tan bien su verdadera personalidad que por ahora sólo son deducciones de los egiptólogos.

Otra reina, más bien regente, que se unió a la lista de reinas fue Merneith. Su tumba fue descubierta a principios del siglo XIX en el cementerio real de Abydos, entre otros soberanos de la I dinastía. La verdad es que no se sabía muy bien qué hacer de ella, si considerarla reina o regente.

Al final, las excavaciones del Instituto Arqueológico Alemán en la necrópolis a finales del siglo XX permitieron reconstruir la impresión de un sello cilíndrico donde aparecía su nombre en una lista de los soberanos de la I dinastía. El documento se interpretó como la demostración de que había sido regente del reino para su hijo, el rey Den.

Poder en la sombra

No fue la única mujer de la I dinastía en haber ejercido el poder, porque antes que ella parece haberlo hecho, Neithhotep. Dueña de una inmensa tumba en Nagada hallada a finales del siglo XIX, se pensó que había sido esposa de Narmer; pero su nombre descubierto dentro de un serekh (un rectángulo que representa una fachada de palacio y con un halcón perchado encima donde se escribía el nombre de Horus de los faraones), hacía pensar que quizá llegó a ejercer el poder. Un grafito recién descubierto en el Wadi Ameyra, en el desierto del Sinaí, donde los egipcios iban en busca de turquesa y cobre, parece confirmarlo definitivamente.

Así, resulta que no estaba casada con Narmer, como se había pensado, sino que actuó como regente de su hijo Djer. La primera de un limitado grupo de mujeres que estuvieron tan cerca del poder en el valle del Nilo como para llegar no sólo a ejercerlo abiertamente, sino a dejar constancia histórica de ello.

Fuente: Jose Miguel Parra para El Mundo.

El cólera-morbo: la enfermedad que vino del Ganges para matar a más de 6.000 sevillanos

Mujeres atendiendo a enfermos de cólera

Una vez más la enfermedad entró en 1833 en Sevilla por el puerto, y los primeros enfermos se localizaron en Triana. El cólera-morbo asiático hacía aparición de esta manera en Sevilla. Pronto las autoridades establecieron la incomunicación del arrabal con el resto de la ciudad, pero esto no sirvió para evitar el contagio en el resto de barrios.

Durante los primeros días de septiembre un buque inglés atracaba en el Puerto de Sevilla. Algunos de sus tripulantes sufrían la enfermedad y se la contagiaron a algunos estibadores de Triana que descargaron el barco. De allí, pese al cordón sanitario establecido en torno al barrio, se extendió al resto de las ciudad, los primeros el Baratillo y Cestería, tal y como recoge Francisco Porrúa y Velázquez en su libro «Historia d ella Epidemia, llamada Cólera-Morbo acaecida en la ciudad de Sevilla».

La Junta de Sanidad estableció una serie de medidas para responder a la epidemia, comenzando por establecer tres hospitales especializados, uno en Triana en el Convento de San Jacinto y dos en la ciudad y disponer personal y útiles para trasladar a los enfermos. También desalojaron las casas en las que hubiese comenzado a desarrollarse la enfermedad, se limpiaron y desinfectaron las calles, se trataban de que los cadáveres estuvieran enterrados 24 horas después del fallecimiento y se vigiló que se conservase la tranquilidad pública.

 El cólera-morbo es una enfermedad que proviene del delta del Ganges y se manifiesta en sus primeros estadios con diarrea y vómitos biliosos, la lengua se cubría con una costra blanquecina. La orina era escasa y encendida, el sudor abundante y en ocasiones se producían descamaciones en la piel. En este primer momento, si se trataba con un buen régimen y un plan medicinal, la enfermedad se curaba, por norma general. Sin embargo si no se ponía tratamiento adecuado en esos primeros momentos la enfermedad era irremediablemente mortal.

La enfermedad estuvo presente en la ciudad desde principios del mes de septiembre de 1833 y no se declaró la epidemia finalizada hasta el 9 de noviembre de ese mismo año. En ese tiempo enfermaron unas 24.000 personas de las que fallecieron 6.262.

Fuente: ANA MENCOS abc.es

Así fue la epidemia de peste que desencadenó el declive de Sevilla

El Hospital de la Sangre, o de las Cinco Llagas, fue el epicentro de la batalla contra la peste

La peste negra o bubónica fue un mal que asoló varias ciudades durante los siglos XVI y XVII sobretodo. Esta enfermedad transmitida a través de las pulgas de las ratas se manifestaba con fiebres altas, dolores musculares y articulares y en una segunda fase aparecían bubas o protuberancias en las ingles, axilas y el cuello, pues se trata de una infección de los ganglios linfáticos.

La incidencia de esta enfermedad fue especialmente grave en Sevilla en el año 1649. La ciudad, que aquel momento poseía el monopolio del comercio con las Indias, hizo todo lo posible para evitar que el mal que afectaba al levante peninsular desde 1647 no llegase a su población, pero ni el corte del tráfico de personas y bienes ni los cordones sanitarios evitaron que llegase la temida plaga a la capital.

Según «Copiosa relación de los sucedido en el tiempo que duró la epidemia en la grande y augustísima ciudad de Sevilla, año de 1649», la epidemia llegó a la ciudad por medio de unos gitanos de Cádiz que trajeron unas ropas infestadas. Todos ellos murieron al igual que quienes lo cobijaron en Triana, barrio donde se inicia la epidemia en la primavera de 1649. De allí pasa al otro lado del río. Los hospitales de Triana y el de la Sangre (actualmente conocido como de las Cinco Llagas y sede del Parlamento de Andalucía) no daban a basto con el número de pacientes. En los alrededores del Hospital de la Sangre se apostaban enfermos esperando cama que acababan muriendo a la intemperie.

Los factores ambientales también afectaron a la propagación de la enfermedad. Durante ese invierno y esa primavera las lluvias fueron abundantes y hubo inundaciones que perjudicaron a los cultivos lo que provocó la escasez y el encarecimiento de los productos básicos. Además la humedad extra favorecía la incubación de la peste.

En «Epidemiología Española o Historia cronológica de las pestes, contagios, epidemias y epizootias que han acaecido en España desde los cartagineses hasta 1801», Joaquín Villalva y Guitarte señala que «había día que pasaban de dos mil quinientos muertos en los hospitales y casas particulares». En totalmurieron entre 60.000 y 70.000 personas, es decir casi la mitad de la población de la ciudad de Sevilla. Los muertos salían en carros hacia las fosas comunes excavadas en las afueras de la ciudad, y aunque trataba de quemar los enseres que pudieran estar infectados y de hacer desaparecer los cadáveres cuanto antes, la falta de efectivos provocaba que las condiciones de salubridad no fueran las adecuadas. Las sepulturas no eran lo suficientemente profundas por lo que el olor que despedían provocó que incluso de sacase el Santísimo Sacramento de los templos parroquiales para llevarlos a monasterios o iglesias vecinas.

Consecuencias de la epidemia de peste

El brote empezó a ceder el 12 de julio de 1649 pero ya nada podía hacerse para el menoscabo que supuso para la ciudad. Sevilla se había quedado casi sin población , las casas vacías y derruidas, los campos vacíos sin operarios que trabajaran en ellos. Además, según afirma J. Félix Machuca tras la publicación de su libro sobre esta epidemia «Padre nuestro que no está en Sevilla» la «mentalidad de la ciudad pasó de confiar en sí misma a echarse en manos de la Providencia». Incluso muchos pensaban que la epidemia había tenido que ver con la posición de las constelaciones y los planetas. Y encomendaron su curación a los santos y proliferaron las procesiones que al mismo tiempo eran foco de contagio.

La peste se llevo a personajes ilustres como el imaginero Martínez Montañés, de 81 años, y al joven Juan de Zurbarán , hijo del reconocido pintor Francisco de Zurbarán.

Tras la peste llegaría el fin del monopolio del comercio con las Indias. Y de este modo comenzó el declive de la que fuera la ciudad más importante del imperio español sobre todo durante los siglos XV y XVI.

Fuentes: abcdesevilla

La Conquista de Granada, la heroica Cruzada que convirtió en «Católicos» a los Reyes de España

La rendición de Granada, por Francisco Pradilla

La rendición de Granada, por Francisco Pradilla – Museo del Prado

Granada se había convertido en los albores de la Edad Moderna en el último reducto musulmán de la Península ibérica. Pospuesta durante los inestables reinados de Juan II y Enrique IV, la conquista de Granada se situó como prioritaria para los Reyes Católicos, arquitectos de lo que pretendía ser la España moderna. Isabel y Fernando habían crecido bajo la amenaza que suponía el auge del Imperio otomano, que en 1453 logró la caída de Constantinopla, y no estaban dispuestos a tolerar el desafío de Muley Hacén, el emir de Granada, que durante este periodo se apoderó de varios bastiones en la frontera cristiana y dejó de pagar el tributo estipulado con los cristianos. Con la toma de estos bastiones, entre ellos Zahara, esclavizó y exterminó a los defensores. La Europa cristiana iba, esta vez sí, a aceptar el duelo.

Al enterarse en Medina del Campo de la caída de Zahara, Fernando «El Católico» afirmó en voz alta: «Siento las muertes de cristianos, pero me alegro de poner en obra muy prestamente lo que teníamos en el pensamiento hacer».

El lema Tanto Monta (Tãto·Mõta) y el yugo inscritos sobre los preexistentes relieves nazaríes de la AlhambraEl lema Tanto Monta (Tãto·Mõta) y el yugo inscritos sobre los preexistentes relieves nazaríes de la Alhambra– Wikimedia

El Papa Sixto VI apoyó la empresa militar instituyendo una Cruzada, a modo de asistencia financiera. La bula de Cruzada fue prorrogándose cada dos años hasta alcanzar en su último año, 1492, una recaudación de 500 millones de maravedíes. La nobleza, el alto clero y las comunidades judías aportaron la mayor parte de los fondos. Además, desde distintos países europeos llegaron importantes remesas económicas y, sobre todo, llegaron caballeros y aventureros alemanes, ingleses, borgoñones, alemanes… dispuestos a participar en la última Cruzada del Occidente cristiano. Tampoco era menor el apoyo popular que tenía la Empresa granadina en España. «Por donde quiera que iban, hombres, niños, mujeres, le salían al encuentro de todas partes por aquellos campos y les echaban mil bendiciones: llamábanlos amparo de España (…)», escribió el padre Mariana sobre el fervor popular que desataba el paso de las tropas.

Los cristianos tenían la superioridad numérica y la moral de su lado, pero las características del terreno alargaron una guerra de asedios y escaramuzas, sin grandes batallas en campo abierto, durante seis años. En este plazo de tiempo, los Reyes Católicos desarrollaron un dispositivo militar, una administración y un sistema de fiscalidad, cuya meta final era un Estado moderno que los reyes de la Casa de los Austrias emplearon posteriormente para lograr la hegemonía en Europa. Granada fue el inicio de ese sueño imperial.

«El Rey chico» sembró la discordia en Granada

La primera etapa de la guerra se desarrolló entre 1482 y 1484, donde la improvisación y las actuaciones aisladas de grandes nobles andaluces, entre ellos el Duque de Medina-Sidonia o el Conde de Cabra, hermano mayor de Gonzalo Fernández de Córdoba, marcaron el ritmo del conflicto. La suerte cristiana mejoró en la segunda etapa, porque los ejércitos de Isabel y Fernando aumentaron sus prestaciones y conquistaron los valles de Ronda, Loja, Marbella, Málaga, un puerto imprescindible para la recepción de suministros y refuerzos desde el Norte de África, y Baza. La otra noticia positiva para los cristianos en esas fechas fue la asociación de los Reyes con Boabdil, «El rey chico», que dividió todavía más al bando musulmán. En 1482 el emir Muley Hacén fue destronado así por su hijo Boabdil. A partir de entonces, Hacén y su hermano Ibn Sad, «El Zagal», se unieron para combatir a Boabdil, que había prometido a los Reyes Católicos entregar el reino en cuanto estuviera sentado en el trono y su tío, proclamado emir en 1485, hubiera muerto o salido del país.

Boabdil mantuvo en todo momento contactos secretos con los Reyes Católicos, muchos de ellos a través de su amigo y confidente Gonzalo Fernández de Córdoba, que adquirió gran protagonismo en la fase final del conflicto. Sin embargo, Boabdil era esclavo de sus circunstancias y su poder era demasiado precario como para salir con vida si rendía la ciudad sin combatir. Poco quedaba por entonces de la tan cacareada tolerancia entre musulmanes, cristianos y judíos, ni del esplendor cultural que había dado lugar a una de las ciudades más bellas de Occidente. Paulatinamente, la ciudad de Granada fue llenándose así de refugiados radicalizados que buscaban un último lugar donde resistir hasta la muerte.

Los Reyes Católicos conquistadores de Granada.Los Reyes Católicos conquistadores de Granada.– Wikimedia

Las acciones de 1490 demostraron lo precario de las defensas granadinas. Como relata José María Sánchez de Toca y Fernando Martínez Laínez en «El Gran Capitán» (EDAD, 2015), aquel invierno, Hernán Pérez del Pulgar, el de las Hañazas, entró de noche en Granada con 15 de los suyos, clavó con su daga el Avemaría en la puerta de la mezquita mayor y al salir incendió el mercado de la ciudad. A su vez, en esas mismas fechas fracasó el intento de liberar a los 7.000 cautivos cristianos que estaban encarcelados en las prisiones granadinas. La mayor parte murió de hambre durante el asedio.

Para intensificar la presión sobre el emir, los Reyes Católicos comenzaron en el verano de 1491 la construcción del campamento de Santa Fe, construido de forma cuadricular frente a Granada, con la firme decisión de que solo lo levantarían tras la caída de la ciudad. No trajeron artillería pues en ningún caso pretendían destruir la ciudad. El 25 de noviembre de 1491, los Reyes firmaron con Boabdil el acuerdo definitivo para rendir la ciudad. Los monarcas se comprometían a respetar los bienes y las personas que vivían en Granada, a garantizar la libertad de culto, y que se siguiera empleando la ley coránica para dirimir conflictos entre musulmanes. Las capitulaciones, asimismo, incluían la promesa de que no habría castigo para los tornadizos, elches y marranos refugiados en Granada, a quienes se facilitaría el traslado al Norte de África. A cambio de este acuerdo tan benigno, «El Rey chico» consistió entregar Granada en un plazo de dos meses, una condición complicada de llevar a efecto a causa de la amenaza de un motín generalizado contra el último rey de Granada. Con el permiso del emir, una avanzada cristiana ocupó la Alhambra, adelantándose a cualquier reacción violenta del pueblo, lo que fue seguido por la entrega de la ciudad. Un cronista vasco describió aquel día como el que «redimió a España, incluso a toda Europa» de sus pecados.

El emir no lloró; se retiró a sus nuevas posesiones

En Roma, el final de la Cruzada fue celebrado con campanadas, encierros y corridas de toros. Los conquistadores recibieron la calificación de «atletas de Cristo», y los Reyes el título de «Católicos» con el que hoy son conocidos en los libros de Historia. No es casual por tanto que Isabel y Fernando eligieran Granada para el reposo de sus restos en la Capilla de los Reyes de la Catedral.

Cuadro de Francisco Padilla «El suspiro del moro»Cuadro de Francisco Padilla «El suspiro del moro»

El 2 de enero de 1492 se escenificó la rendición en una ceremonia desprovista de humillaciones, como demuestra el hecho de que Boabdil no besara las manos de los Reyes. Entregó las llaves de la ciudad al Conde de Tendilla, Íñigo López de Mendoza, que sería el primer capitán general de la Alhambra. Según recoge la Crónica de los Reyes Católicos, Boabdil avanzó sobre su caballo de cara al enemigo que acampaba más allá de los muros de Granada y entonces un tropel de gentes famélicas, compuesto de madres gimiendo y niños «dando voces diciendo que no podrían sufrir el hambre; y que esta causa vendrían a desamparar la ciudad e irse al real de sus enemigos, por cuya causa la ciudad se tomaría y todos vendrían a ser cautivos y muertos». La rendición había sido la única salida posible. El último emir siguió viviendo en la Península, en un territorio asignado por los Reyes en las Alpujarras, pero al cabo de dieciocho meses cruzó el Estrecho para morir en Fez muchas décadas después.

Las condiciones firmadas por los Reyes fueron solo respetadas inicialmente. La población mudéjar pasó en poco tiempo a ser tratada con mayor firmeza a partir de la visita del nuevo confesor, el Cardenal Cisneros (1499). Como resultado, se obtuvo un incremento de las «conversiones», pero también una serie de desórdenes que se extendieron hasta avanzado el siglo XVI. Estos episodios, no en vano, fueron considerados como una ruptura de las condiciones de la capitulación por la parte islámica, con lo que, libres de toda cortapisa, los Reyes emitieron la Pragmática de 11 de febrero de 1502, que obligaba al bautismo o al exilio de los musulmanes.

Fuente: ABC.ES

 

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