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La derrota rentable de 1714

Vista del puerto de Barcelona con Montjüic y Montserrat en un grabado del siglo XVIII.

La victoria borbónica en la Guerra de Sucesión (1701-1714) tuvo consecuencias económicas favorables para Cataluña a largo plazo. Tras la crisis que siguió al conflicto, la economía catalana experimentó un duradero proceso de crecimiento. En palabras de Carlos Martínez Shaw: “El siglo XVIII discurre para Cataluña bajo el signo de la expansión. Crecimiento de las fuerzas productivas, acusada movilidad social, progresiva estabilidad política tras la crisis de 1714, creatividad cultural en los distintos campos”.

A fines del siglo XVIII, la población catalana había crecido un veinte por ciento más que la media española y casi un cincuenta por ciento más que la de las dos Castillas. Sus tres provincias costeras tenían una densidad de población semejante o superior al grupo, mayoritariamente periférico, de las más densas. Hacia 1787, la densidad urbana catalana era la más alta de España -duplicaba la media nacional- tras Madrid. La ciudad de Barcelona triplicó su población en el siglo XVIII, pasando de menos de 40.000 habitantes a 130.000.

Su crecimiento supera al de Madrid, el núcleo urbano más poblado de la época, y al de las principales ciudades españolas (Sevilla, Valencia, Cádiz, etc.). La densidad de población de la provincia de Barcelona se situaba también entre las altas. La extensión y la intensificación de los cultivos se dejaron ver a lo largo y ancho de la geografía catalana. En 1797, la distribución sectorial de la población activa situaba a Cataluña en cabeza -veinticinco por ciento frente a una media nacional del quince- en lo que a empleos manufactureros se refiere. Sobran los indicadores de la pujanza comercial de Barcelona y de su diversificación económicas, de las que también disfrutan las otras provincias marítimas catalanas.

Cédula de Carlos III prohibiendo la importación de manufacturas textiles, el 14 de julio de 1778.

No faltan pruebas de una política borbónica para favorecer a los sectores económicos catalanes -como la prohibición de importar productos de algodón decretada por Carlos III en 1771.

Los logros culturales no escasean: hay destacados catalanes en campos que abarcan desde la Medicina (Casal, Gimbernat, Parés i Franqués, Salvà i Campillo y Virgili) y otras disciplinas científicas al Derecho (Finestres y Llàtzer de Dou) y la Economía (Capmany), pasando por artes diversas (los músicos Valls, Picanyol y Romero y los pintores Giralt, Molet y Rodríguez, entre otros). Felipe V fundó en 1717 la Universidad de Cervera. En los planos artístico y científico, el contraste entre la Cataluña del siglo XVIII y la de los dos siglos anteriores es probablemente mayor que en ninguna otra parte de España.

Rincones del imperio

La novedosa y creciente presencia de súbditos del Principado en todos los rincones del imperio, especialmente comerciantes, es indudable. Se ha registrado el establecimiento, entre 1778 y 1820, de 1.263 comerciantes catalanes en la América española. Ese dato subraya la capacidad catalana para la extroversión económica en el marco de las nuevas oportunidades de negocio aparecidas dentro de la globalizada Monarquía Hispánica tras la derrota austracista.

El esplendor catalán del siglo XVIII no tiene parangón desde la Edad Media. Las opiniones de dos historiadores económicos, Jaume Vicens Vives y Pierre Vilar, así lo avalan. Vicens fue el iniciador de la brillante escuela histórico-económica catalana de la segunda mitad del siglo XX (Nadal, Fontana, Feliu, Torras, Maluquer, Sudriá, Carreras y otros muchos).

Cuando publicó, en 1958, su monumental Historia económica de España, manual de generaciones de historiadores y economistas españoles, aún útil, no compartía esa visión idílica de la Cataluña anterior a la Guerra de Sucesión que hoy presentan algunos historiadores, ni hace suya una visión negativa del absolutismo borbónico: “El influjo francés, que se manifiesta en la intelectualidad, la moda, el gusto, la técnica y la economía, tiende a llenar el vacío que ha dejado en España el fracaso de la política de los Austrias. Y a colmarlo no sólo con soluciones francesas, sino con las europeas de las que aquéllas son igualmente portadoras. En definitiva, una concepción europea de la vida va a intentar modificar e incluso sustituir la mentalidad española moldeada por la Contrarreforma”.

Al contrario, hace un balance económico favorable para Cataluña en el siglo XVIII. Ello no le impide hacer una observación atinada, aunque de interpretación un tanto equívoca, sobre la que volveré: “El renacimiento económico de Cataluña data de 1680 y está más ligado al cacao de Venezuela y al azúcar antillano que a la tinta de las reales cédulas madrileñas”.

Progreso

Su llamada de atención sobre la recuperación económica de Cataluña da entrada a la monumental obra de otro de los grandes clásicos de la historia económica de nuestro país: Cataluña en la España moderna, de Pierre Vilar.

El autor hace una visión general optimista del devenir económico durante el siglo que sucede a la pérdida de “leyes, libertades y garantías”: “El ‘crecimiento’ observado en la parte principal de esta obra es, en el siglo XVIII, el del grupo humano catalán: número de habitantes, extensión e intensificación de los cultivos, reconquista de antiguos medios de irrigación, instalación de otros nuevos, incorporación al trabajo de una masa antes inactiva, comercialización creciente de los productos, conquista de un mercado, nacional para algunos, colonial para otros, acumulación de esos beneficios coloniales, crecimiento de diversos tipos de ingresos, inversiones productivas, creaciones productivas, aparición, a partir de capas medias de campesinos, marinos, artesanos, comerciantes, de una nueva clase dirigente, creciente peso de la región en el complejo español”.

Sobre la base del progreso agrario, manufacturero y comercial del Setecientos, Cataluña acabó convirtiéndose en la primera región industrial de España. El rápido despegue de la industria en este territorio se produce en las dos décadas que siguen a la Primera Guerra Carlista. Se sobrepuso al incendio, en 1835, de la Fábrica Bonaplata, la primera instalación industrial moderna en España. Bonaplata procedía de una familia de fabricantes de indianas y contaba con buenas conexiones con el Gobierno español, que apoyó su iniciativa empresarial mediante exenciones de derechos arancelarios a la importación de maquinaria y otras medidas.

Los años desde 1841 a 1857 serían los “de la revolución industrial”, a juzgar por la formación de sociedades industriales en Barcelona. A mediados del siglo XIX, Cataluña, y en particular la Ciudad Condal, monopolizaba la producción del subsector más estrechamente asociado a la revolución industrial: el textil algodonero.

Para entonces, un proceso iniciado en la segunda mitad del siglo anterior había consolidado entre los industriales catalanes la idea de que “el prohibicionismo es el sistema verdaderamente nacional”, español se entiende. Para Vicente Pérez Moreda: “La polémica librecambio-proteccionismo fue el debate más largo y más virulento de todos los que presenció la política económica española en el siglo XIX”. Los Gobiernos de Madrid se mostraron siempre (arancel prohibicionista del Trienio Liberal y los muy proteccionistas de 1841 y 1849) sensibles a unas peticiones que unían a empresarios y trabajadores textiles catalanes. Pero no solo a las suyas, sino también a las no menos exigentes planteadas por los intereses trigueros del interior peninsular y los industriales vascos. Fue un brillante catalán, Laureano Figuerola, quien intentó sin éxito liberalizar el comercio exterior español en 1869.

Sobre esa base, la segunda revolución industrial dejó una fuerte impronta en Cataluña. Muchas destacadas empresas en los nuevos sectores de la metalmecánica (maquinaria, construcciones metálicas, material ferroviario, automóvil, aeronáutico y equipos eléctricos), la química (ácido sulfúrico, carburo, superfosfatos y rayón) y el cemento, se instalaron en Cataluña, aunque factores diversos, donde destacan el ferrocarril y la electricidad, habían ido reduciendo algunas de las ventajas competitivas de la Cataluña decimonónica y reverdecido el hasta entonces casi desértico panorama de la industria moderna en la mayor parte del resto de España. La protección del mercado nacional frente al exterior(aranceles de 1891, 1906 y 1922, impulsado este último por el catalán Cambó) se vio reforzada, especialmente en la década de 1920, por cierto activismo industrial del Gobierno español.

Todavía en pleno franquismo, como prueba la corriente migratoria desde otros puntos de España, Cataluña concentraba buena parte de la actividad industrial y gozaba de niveles de vida comparativamente elevados. La democracia, que ha venido acompañada de la descentralización, la apertura exterior, la liberalización y la progresividad fiscal asociada a la expansión del Estado del bienestar, parece haber sido menos favorable para la economía de Cataluña que otras épocas.

Quizá por ello, la hipótesis de que una Cataluña fuera de España hubiera tenido un mayor éxito económico gana adeptos entre los secesionistas. Su aceptación no debería basarse en posicionamientos políticos a priori. El ejercicio académico resultará complicado técnicamente, si alguien se atreve a hacerlo. A la espera del mismo, parece insostenible que la región haya sido expoliada secularmente por el resto de España. Esta proposición contrasta con el duradero, aunque no siempre exclusivo, liderazgo económico catalán en España.

El peso de la geografía

Las claves del éxito catalán en la España moderna tardía y contemporánea son diversas. Algunas son autóctonas e independientes de la Guerra de Sucesión. Otras no. Estas se relacionan con los resultados del conflicto, en particular con laplena integración económica de Cataluña en la Monarquía Hispánica. Una entidad política de dimensiones económicas mucho mayores y de la que, hasta fines del XIX, formaron parte territorios ultramarinos incluso después de la pérdida de la mayoría de la América española, consumada ya a mediados de la década de 1820. Las políticas económicas de los Gobiernos españoles en ningún caso persiguieron perjudicar a Cataluña, aunque solo fuera por su condición de primera región manufacturera e industrial.

Empecemos por la geografía. Vilar señala ventajas naturales ya perceptibles en la “joven potencia medieval”: constituir una “formación pirenaico-mediterránea” fundada sobre vías transversales (los ríos Cardoner, Llobregat, Congost-Ter y Fresser) con capacidad para intermediar entre Iberia y el mar y entre Iberia y Europa. Más tarde, el fácil acceso al mar de buena parte del territorio catalán fue y sigue siendo una ventaja natural incuestionable que resalta los obstáculos del centro peninsular. Vilar subraya otra singularidad geográfica favorable: “El caleidoscopio catalán podrá parecer, al viajero procedente de la Iberia interior, menos poderoso y atractivo. ¡Pero cuánto más rico en posibilidades!”.

Vilar no veía la geografía como un destino inevitable, pero no olvidó señalar el contraste entre las “vocaciones económicas” de Cataluña y la España interior (Castilla y Aragón) que surgía de la “variedad” de la primera frente a la “monotonía” de la segunda.

Cercanía al mar

Más recientemente, Maluquer ha resaltado la importancia de la cercanía al mar y de las adecuadas condiciones climáticas y edafológicas de las comarcas productoras de vino y aguardiente. La producción de ambos y su exportación a Gran Bretaña y Holanda tuvo un destacado papel en la recuperación económica catalana de finales del siglo XVII. También lo tuvo en la expansión de la segunda mitad del siglo XVIII, cuando se comercializaron en otros territorios españoles y americanos de la Monarquía Hispánica y en el extranjero.

Los efectos de arrastre de la ascendente vitivinicultura orientada al mercado no fueron despreciables: incremento de la demanda de productos manufacturados de inversión y de consumo; potenciación del comercio, los servicios financieros y el transporte terrestre y marítimo.

Este autor también subraya las ventajas de la vecindad con Francia: exportaciones de vino con motivo de la filoxera (1868-1890) y de corcho durante un período mucho más dilatado; contrabando de bienes, incluidos los de alto contenido tecnológico; acceso a información económicamente útil; llegadas de inversión directa extranjera y de emprendedores y técnicos foráneos; recepción de turistas; plataforma exportadora al “Gran dorsal” europeo desde la integración española en la economía continental. En resumen: “El carácter de territorio de frontera no ha sido, probablemente, el factor determinante de la modernización económica de Cataluña, pero parece evidente que ha contribuido a ella de un modo más que sobresaliente”.

Desde la “unificación” peculiar entre las coronas de Aragón y Castilla durante el reinado de los Reyes Católicos, los gastos de la defensa española en el Mediterráneo recayeron desproporcionadamente en los habitantes de la segunda. A diferencia de las guerras de Flandes, las del Mediterráneo, herencia geoestratégica de la Corona aragonesa, reciben escasa atención en las explicaciones sobre la decadencia que sufrió España a mediados de la Edad Moderna.

Expansión otomana

La expansión otomana por el Mediterráneo oriental y el norte de África y la de las coronas de Castilla y Portugal por América y Asia dejaron “fuera de juego” a polos económicos, como Barcelona, de indudable esplendor medieval. Sin la proyección peninsular y americana favorecida por las reformas borbónicas, la suerte de Cataluña habría resultado, por contraposición a Holanda e Inglaterra, afectada por la de una zona del mundo en decadencia económica y política. Y por ello privada del acceso a los mercados abiertos previamente por la Corona de Castilla más allá de las Columnas de Hércules y que tanto se expandieron a lo largo del siglo XVIII.

Incluso en el XIX, los restos ultramarinos del Imperio español, como Cuba y Filipinas, fueron de importancia para la economía catalana.

Si la geografía cuenta para explicar el éxito catalán, también lo hacen otros factores de índole histórico-institucional. Uno es la herencia tardo-medieval que hizo posible que el campesinado accediera al usufructo del suelo a largo plazo en condiciones favorables para el progreso agrícola, pues estimulaba el acceso al crédito y la especialización productiva orientada al mercado de algunas zonas geográficamente favorecidas.

La explicación “igualitaria” del temprano progreso económico catalán propuesta por Maluquer goza de amplio consenso. Así, una distribución de la propiedad de la tierra menos concentrada, resultante de la guerra remensa, desde fines de la Baja Edad Media habría hecho participar a sectores más amplios de la sociedad catalana de los beneficios de la expansión vitivinícola. Ello habría permitido una mayor demanda regional de las nuevas manufacturas textiles, que se vio atendida por la adaptativa estructura económica catalana del siglo XVIII.

El progreso manufacturero hundiría sus raíces en una distribución de la renta y la riqueza menos concentrada que en el resto de España. El contrapunto andaluz suele asomar en esta línea de razonamiento. La explicación histórico-institucional no carece de verosimilitud. Pero cabe dudar de que sea la “explicación”, aunque contribuya a ella.

Por un lado, resulta improbable que la demanda catalana -un millón de habitantes frente a los más de dos y de 20, respectivamente, de Holanda y Gran Bretaña, que tenían bastante más renta per cápita- hubiera bastado para poner en marcha un proceso de industrialización que nunca pudo prescindir del mercado ofrecido por los restantes territorios de la Monarquía Hispánica en España, América y Asia.

Convendría no exagerar la influencia de la distribución “igualitaria” de la renta en la industrialización. Por lo que sabemos, la desigualdad de Holanda, en 1732 y 1808, era mayor que la de la “Vieja Castilla” en 1752, y la de Inglaterra solo un poco menor, en 1759, y, en 1801, casi idéntica.

Se debe atribuir una parte no despreciable de los logros catalanes a algunas medidas de la política económica borbónica, que hizo que no toda “la tinta de las reales cédulas madrileñas” careciese de incidencia sobre esos factores del renacimiento económico catalán que mencionaba Vicens: el “cacao de Venezuela” y el “azúcar antillano”.

Supresión de aduanas

La supresión de aduanas interiores entre Castilla y Aragón -unos seis millones de habitantes frente a uno y medio, respectivamente, al poco de finalizar la Guerra de Sucesión- permitió el libre acceso al mercado castellano de la producción catalana y ofreció oportunidades desconocidas para los productores y comerciantes catalanes. Las botigues se establecieron en buena parte de la geografía española. Las uniones aduaneras favorecen más a sus integrantes de menores dimensiones iniciales, como era el caso de Cataluña.

Crucemos ahora el charco. Los productos catalanes comenzaron a llegar indirectamente a la América española -su población pasó de unos diez a unos veinte millones de habitantes entre 1700 y 1820- a través de Cádiz.

En el año 1755 fue autorizada la Real Compañía de Comercio de Barcelona a Indias, a la que el Gobierno concedió algunos de los privilegios de que gozaban empresas semejantes en la Europa moderna, al tiempo que limitó geográficamente sus actividades (Santo Domingo, Puerto Rico y La Margarita, y más tarde, Cumaná). Las medidas de liberación del comercio con América de 1765, 1778 y 1789 no hicieron sino ampliar la proyección americana de la economía de Cataluña, en especial la de sus comarcas marítimas.

Mercados emergentes

Puede discutirse si el mercado hispanoamericano fue decisivo para la moderna manufactura algodonera catalana, pero no que fuera irrelevante. Ni mucho menos lo fue para el sector vitivinícola y el de servicios marítimos (transporte, seguros, banca y construcción naval). Los efectos de la nueva situación creada por la política del reformismo borbónico fueron, para Maluquer, inequívocos: “Los mercados emergentes del otro lado del Atlántico contribuyeron, además, a potenciar el crecimiento agrícola y éste impulsó la producción de manufacturas y el progreso del conjunto de la economía”.

Con la libertad de comercio de granos establecida por Carlos III en 1765, Cataluña vio facilitada la importación de trigo extranjero más barato y, con ello, el aumento de su especialización en otros productos agrícolas y manufactureros y en los servicios.

La reforma fiscal representada por la introducción del catastro en 1716 trajo una simplificación y modernización impositiva. Si, inicialmente, la reforma incrementó la presión fiscal, no ocurrió lo mismo en el largo plazo. Como el cupo asignado a Cataluña no experimentó más que escasas y menores alteraciones al alza, el aumento de la población y el crecimiento económico acabó reduciendo la presión fiscal, especialmente en las provincias costeras.

Existían otros impuestos de evolución diferente, lo que debería conducirnos a no exagerar las ventajas fiscales de la Nueva Planta, como sugiere Ruiz. Pero evitar la exageración no implica negar los beneficios del modelo fiscal catalán del siglo XVIII. Mientras que Cataluña fue incrementando los beneficios derivados de un creciente acceso a los mercados de la Monarquía Hispánica en España y América, su contribución fiscal al aumento de los costes de preservación de los mismos -gastos en Ejército y Marina incluidos- fue menor que la de otros territorios.

Cataluña debe buena parte de su éxito económico en la España moderna a factores autóctonos. Otra parte no menor se debe a consecuencias positivas derivadas de la Guerra de Sucesión y de la política del reformismo borbónico.

Como recuerda Pérez Moreda, los logros económicos catalanes durante el siglo XIX no impidieron que la pérdida de las últimas colonias en 1898 fuera, para figuras del pensamiento como Ortega y Gasset y Ramón y Cajal, la causa principal del desapego de sectores de la sociedad catalana hacia España en los comienzos del siglo XX. No parece que la proximidad temporal entre la pérdida de los últimos mercados ultramarinos y el fortalecimiento del catalanismo político sea casual.

Al final de sus días, Gonzalo Anes, uno de los mejores conocedores del siglo XVIII español, organizó desde la Real Academia de la Historia un ciclo de conferencias (La España de Felipe V. Guerra de Sucesión, reformas, crecimiento y proyecciones futuras) que ofreció una alternativa no nacionalista a la planteada por el congreso Espanya contra Catalunya.

La intervención de Pérez Moreda es toda una demostración de conocimiento e invitación a la convivencia: “Ningún español puede estar ajeno a los destinos de esa parte de España. Y por el contrario debería sentirse orgulloso del éxito económico, y también cultural, que esa región ha conseguido a lo largo de los últimos siglos”.

FUENTE: La aventura de la Historia

La agogé espartana, entrenamiento extremo

Fotograma de la película los «300», que recrea de forma fantasiosa la vida de los soldados de Esparta

La educación espartana era muy diferente a la que recibían los jóvenes de otras ciudades estado. Esparta militarizaba la vida privada de los jóvenes hasta los 30 años. Su legendaria infantería se alimentaba de los extremos métodos de entrenamiento que recibían desde recién nacidos los hijos de Esparta.

Hoplita espartanoHoplita espartano– Wikimedia

Los ancianos de la tribu («los gerontes») decidían si los recién nacidos debían ser criados o, si su salud era mala, se les abandonaba en la ladera de la montaña. El ser apto para el combate solo era el primer paso. El primer paso en un proceso para alcanzar la plena ciudadanía y poder acceder a las magistraturas y a los cuerpos de élite. A los niños se les sometía a prácticas penosas, un método para endurecerlos que consistía, entre otras cosas, en bañarles en vino y alimentarlos con forraje.

Se recomendaba criarlos sin pañales que constriñesen su crecimiento o debilitaran su resistencia al frío y al calor. Pronto debían perder el miedo a la oscuridad. Una vez endurecidos, en torno a los siete años, empezaba la verdadera agogé (la crianza), donde el Estado apartaba a los niños de sus familias para someterlos a entrenamiento militar. El propio gobierno de Esparta asumía la tutela y la educación pública de los futuros soldados, para lo cual destinaba a funcionarios especializados.

La educación de los jóvenes a cargo del Estado

Como describe Nick Fields en su libro «Termópilas: la resistencia de los 300», el Estado organizaba a los niños en bandas («agelai»), supervisadas por magistrados, que incentivaban el liderazgo natural a través de la selección de cabecillas. Su vida era austera, espartana. Los jóvenes dormían sobre lechos construidos con juncos, cortados de las orillas del río Eurotas, y disponían de un solo manto para todo el año. Con el tiempo se acostumbraban al dolor. De hecho, la mayor parte del tiempo permanecían desnudos y mugrientos, porque raramente se les permitía bañarse.

Jóvenes espartanos, de Edgar DegasJóvenes espartanos, de Edgar Degas– National Gallery de Londres

Se les privaba de alimentos, obligando a los niños a robarlos en los campos locales. Esto era en sí una trampa, porque si pillaban a los niños robando se les castigaba con brutales castigos físicos. Es más, cualquier ciudadano podía castigar a los niños si así mejoraba su disciplina. El método preferente era el apaleamiento, que contaba con una suerte de ritual. El lugar de apaleamiento se encontraba ubicado en un bosque, puesto que era necesario un árbol vigoroso y robusto, al cual se le enganchaba una cadena y a ésta un palo. Lo que hacía el muchacho era agarrar este palo mientras otros dos de sus compañeros lo apaleaban. Esta acción se llevaba a cabo con varas de bambú, puesto que dolía, picaba y desgarraba la piel. Por si el muchacho se caía de agotamiento o de dolor había otros dos compañeros que se encargaban de levantarlo para que pudiesen seguir apaleándolo.

El objetivo final de los castigos era que aprendieran el valor de trabajar en grupo, mejor en formación, y de respetar la autoridad ciegamente. La lucha, el atletismo y el manejo de las armas también eran materias fundamentales.

Por lo demás, la educación formal de los jóvenes espartanos era mínima, salvo en materias como la música, gimnasia y juegos relacionados con los principios del arte de la guerra. Según el historiador clásico Plutarco, aprendían entonces a leer y a escribir, al menos de forma básica, así como a cantar, principalmente letras de marchas. Frente a la famosa retórica de Atenas y otras ciudades griegas, de los hijos de Esparta se esperaba que hablaran de forma sólida y concisa (laconismo), al tiempo que con gracia.

Mientras que a los niños se les cortaba el pelo al rape, a los adolescentes que alcanzaban los 15 años, los efebos, se les autorizaba a llevarlo largo y bien cuidado. El largo cabello era uno de los rasgos más característicos de los guerreros espartanos.

El Estado asumía la tutela hasta los veinte años. A partir de esta edad, los jóvenes espartanos seguían viviendo en un régimen de cuartel y se les destinaba a distintas agrupaciones militares. El vínculo entre soldados se creaba así desde la niñez. Cada espartano dormía, comía y luchaba con sus compañeros de armas de la infancia. Este ambiente de camaradería se construía sobre una especie de amor que no tenía que ver con el sexo, pese a lo cual es posible que fueran frecuentes las relaciones homosexuales (aunque entre los griegos no existía el concepto de naturaleza homosexual).

«Únicos y verdaderos artistas de la guerra»

Vivían así bajo régimen militar hasta los 30 años, cuando se les entregaba una hacienda y un terreno para que formaran su propio hogar. Era en ese momento que adquirían todos los derechos de un ciudadano como uno de los iguales (homoioi). Lo tardío de los matrimonios y el papel limitado de la mujer en la sociedad griega alentaban, además de la homosexualidad, que los soldados acudieran a luchar sin cargas familiares a sus espaldas. Las mujeres también recibían una educación basada en la gimnasia y la lucha, una exigente actividad física con el fin de mantenerse ágiles y fuertes para poder engendrar a futuros guerreros sanos y robustos.

Todo este entrenamiento hacía de los espartanos los soldados más temidos de Grecia. Heródoto los describía como maestros del pasado en el arte de la guerra, mientras que otro autor clásico, Jenofonte, los admiraba como los «únicos y verdaderos artistas en materia de guerra». A diferencia del resto de hoplitas, los espartanos eran soldados profesionales a tiempo parcial en su ciudad estado, cuyo territorio se beneficiaba del aislamiento que le daban las montañas. En ningún otro punto de Grecia se podían permitir un nivel de profesional tan alto en la milicia.

Fuente: Cesar Cervera

Las dos cámaras ocultas de la tumba de Tutankamón contienen metal y material orgánico

Egipto confirma la existencia de espacios desconocidos en la tumba del faraón

Las cámaras secretas de la tumba de Tutankamón contienen metal y material orgánico, según las investigaciones que están revelando este jueves las autoridades responsables del patrimonio egipcio. Se confirma la existencia de al menos dos espacios desconocidos en … del joven faraón en el Valle de los Reyes, en Lúxor.

El ministro de Antigüedades de Egipto, Mamdouh Eldamaty, ha anunciado oficialmente el descubrimiento de dos habitaciones tras las paredes norte y este de la tumba, en la cámara sepulcral, ocultas detrás de las pinturas. Los escáners realizados por el especialista en radar japonés Hirokatsu Watanabu señalan esa presencia de metal y material orgánico. A las cámaras aún no se ha accedido.

El hallazgo confirma en parte la hipótesis del egiptólogo británico… que ha especulado que una de esas cámaras podría conducir a la tumba oculta de la reina Nefertiti.

El estudio dirigido por el experto japonés Hirokatsu Watanabe reveló que seguramente “hay algo” detrás de los muros norte y oeste de la cámara funeraria del llamado “faraón niño”, dijo Eldamaty.

Detrás del muro norte, se ha detectado un hueco o nicho de hasta 1,5 metros de diámetro y 2 metros de profundidad, según el análisis con rayos infrarrojos realizado a finales del pasado mes de noviembre en el sepulcro de Tutankamón.

Asimismo, el escaneado reveló que en la pared norte existe un hueco, quizás una puerta de acceso a la cámara oculta, que fue cubierto con material más ligero que el resto de las paredes hechas de piedra maciza, precisó Eldamaty.

Estos hallazgos confirmarían la hipótesis del arqueólogo británico Nicholas Reeves, el cual consideró que hay una cámara sin descubrir en el sepulcro de Tutankamón, después de haber observado unas pequeñas hendiduras precisamente en el muro norte de la tumba.

JACINTO ANTÓN | EL PAIS.COM Barcelona

Cuando España perseguía a los piratas

España sabe mucho de piratas. De enfrentarse con ellos, perseguirlos y darles caza al precio que fuera. Y también de acceder a sus pretensiones, que en la América hispana se sustanciaba en el Tributo de Quema exigido a las ciudades porteñas si no querían arder pasto de las llamas y que en nuestros días se materializa en forma de millonarios rescates pagados en dólares.

La exposición ‘Mare clausum, mare liberum’ que se mostró en 2009 en el Archivo General de Indias se lanzó al abordaje de la piratería en la América española prácticamente desde que se difundieron las riquezas descubiertas en el Nuevo Mundo.

A través de 170 documentos se rememoran los ataques piratas al tráfico marítimo a menos de cien pasos de la plaza de San Francisco donde se ajustició al general de la Flota de Indias Juan de Benavides Bazán el 18 de mayo de 1634 por haber abandonado sin entablar combate en la bahía de Matanzas (Cuba) el cargamento de 70 toneladas de plata, 60 kilos de oro puro y varios cofres todo por valor de 15 millones de florines que transportaba el convoy real en 1628.

El episodio habla de la dureza con que se castigaba los pusilánimes o a los entreguistas, pero también de la diversidad de ángulos desde los que enfocar la cuestión: la cobardía que el almirante pagó con su vida se trocó en admiración en el caso de el pirata Piet Heyn, que dirigió el asalto, idolatrado en su país por hacerse con la ‘Golden Bird’, como se conocía en Europa a la flota de Indias, hasta el punto de convertirse en inspiración de canciones infantiles: «¡Piet Heyn! Su nombre es corto / su hazaña, magna / fue quien capturó / la flota de la plata».

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La muestra repasó en diez expositores una historia que se inició en 1522 cuando el conocido en España como Juan Florín, genovés bajo pabellón francés, arrebató el tesoro de Moctezuma que Hernán Cortés enviaba a Sevilla gracias a la interceptación de las cartas de marear. La mayoría de los primeros piratas galos eran fanáticos hugonotes deseosos de hostigar a la Marina de Su Majestad Católica lo que, en un arriesgado paralelismo, podría representar hoy en día la amenaza de Al Qaeda para los gobiernos occidentales.

Un fenómeno extenso en espacio y tiempo

Ese fue precisamente el interesante punto de partida de la exhibición, resumido en esta frase de uno de los primeros paneles a la vista del público: “Los piratas no sólo han existido en América, sino en todas las épocas y lugares. Han sido de todas las nacionalidades y razas”.

Incluso los españoles otorgaron patentes de corso (de ahí el nombre de corsarios para designar a las flotas no regulares que compartían el botín con el Gobierno que los autorizaba a actuar contra potencias enemigas) en 1674 en un intento a la desesperada por frenar la actividad de los filibusteros en Jamaica y las Antillas.

El nombre de la exposición sugiere, de entrada, que si los españoles sufrieron los ataques piratas fue porque consideraron el Atlántico como un mar propio (mare clausum, mar cerrado en latín) donde ningún barco sin autorización de la Corona podía comerciar.

Frente a esta tesis se alzaban quienes, como el holandés Hugo Grocio en su tratado ‘De iure parede commentarius’ de 1609, consideraban que las aguas debían ser libres para quien quisiera establecer relaciones comerciales. El debate se mantiene hasta la actualidad en torno a las aguas jurisdiccionales en disputa, como ocurre con el peñón de Gibraltar.

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Precisamente Inglaterra tomó el relevo de Francia cuando las relaciones con ésta se recompusieron tras la firma de la paz de Cateau-Cambrésis. El primer navío inglés pirata registrado atacó la isla de la Mopna, entre las Antillas mayores de La Española y Puerto Rico.

Un nombre sobresale de esa primera época corsaria, tan idolatrado en Gran Bretaña como vilipendiado en España: Sir Francis Drake, quien logró culminar la segunda vuelta al mundo gracias al secuestro del piloto portugués Nuño de Silva atravesando el océano Pacífico al que llamaban el Mar Español.

Precisamente ese distinto enfoque a la hora de considerar las hazañas o vilezas de los piratas es común a todas las naciones, según de qué lado se encuentren en la cambiante línea de la legalidad del derecho marítimo.

Doctrina de ‘Guatarrala’

La ‘pérfida Albión’ se sometía a la doctrina que expresaba con insuperable lucidez otro ennoblecido asaltador del océano, sir Walter Raleigh, conocido por los españoles como el pirata Guatarrala por corrupción fonética de su apellido: «Quien quiera que domine el mar, dominará el comercio; quien quiera que domine el comercio del mundo dominará sus riquezas y, por ende, el mismo mundo».

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España tenía que preservar su dominio del Nuevo Mundo consagrado en el Tratado de Tordesillas con cuyo facísimil se abre la exposición para situar al visitante en el reparto a ciegas del continente recién descubierto decretado por bula papal en favor de España y Portugal.

A tal fin consagró una ingente cantidad de recursos y esfuerzos bélicos: fortificando hasta hacer aparentemente inexpugnables las principales ciudades costeras (desde Cartagena de Indias a Portobelo), desarrollando un sistema de cifrado secreto para transmitir las órdenes y obligando a hacer el tornaviaje en convoyes escoltados por navíos de guerra navegando siempre a barlovento para poder maniobrar en auxilio de los mercantes.

Cuando todo ello resultó ineficaz para acabar con la acción de los piratas –de lo que también pueden extraerse enseñanzas históricas muy de actualidad-, España se vio obligada a abandonar territorios, las llamadas «islas inútiles» caribeñas que se convirtieron en guarida de gente de la mar de la peor estofa agrupados en la Cofradía de los Hermanos de la Costa en la isla Tortuga, por ejemplo.

A finales del XVII, un pirata versado en la escritura, Alexander Olivier Exquemelis, fijó en el imaginario colectivo la identidad del filibustero como hombre no sujeto a ley (esa parece ser la etimología de la palabra) que no se rinde ante nadie. Los escritores románticos terminaron por acuñar el mito que ha pervivido hasta nuestros días.

‘Atrezzo’ de la piratería

Las patas de palo -el primer pirata con esa prótesis fue el francés François Le Clerc que atacó Puerto Rico en 1554-, los parches en el ojo, los garfios en los brazos y los loros en el hombro han llegado amplificados por novelas y películas que ocupan, en un simpático guiño, el último espacio expositivo de la muestra.

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Desde ‘La Dragontea’ de Lope de Vega, publicada en 1598, al barco de juguete de los Click, la piratería sigue bien presente en el ideario cultural colectivo siendo así que su actividad ilegal contra el tráfico marítimo sigue vigente, como acertadamente recuerda el último mapa de la exposición.

Tres siglos de historia de España apretados en un puñado de documentos (cartas, cédulas, relaciones, mapas, croquis) que sorprenden no sólo por su calidad sino por la exhaustiva maquinaria burocrática de la Corona españolaque todo lo anotaba, todo lo auditaba y todo lo supervisaba.

Junto a la impresionante documentación, dos modelos de naves construidas para el pabellón de la Navegación de la Expo 92, dos piezas cerámicas de la colección de Montpensier y varias maquetas del Museo Militar en préstamo sirven de contrapunto a la sucesión de vitrinas con legajos.

Gracias a esa minuciosidad, las comisarias Falia González Díaz y Pilar Lázaro de la Escosura han podido reconstruir la historia de la piratería sin tener que salir del Archivo de Indias como ya hicieron en 2008 con la huella española en Estados Unidos.

Fuente: elmundo.es

Herodes «el Grande», el Rey de la Biblia que fue acusado de la Matanza de los Inocentes

Herodes «el Grande», el Rey de la Biblia que fue acusado de la Matanza de los Inocentes

«La Masacre de los inocentes», obra de Dionigi Bussola, ubicada en la Capilla de San José, en la Cartuja de Pavía

Es difícil encontrar a un rey hebreo, en concreto de Judea, que despertase tantas antipatías como Herodes I «el Grande». Hasta el punto de que la Biblia le sitúa tras la salvaje orden de ejecutar a los niños nacidos en Belén con el propósito de matar a Jesús, «un recién nacido a quien los magos de oriente designaron como el rey de los judíos». Sin embargo, los historiadores romanos presentan un retrato favorable a este gobernante, sin ocultar que empleó métodos brutales para alcanzar el poder. Y la expansión económica que vivió la región en esas fechas refrenda que fue un buen administrador.

La hostilidad de los hebreos hacia Herodes I estuvo causada porque ellos le consideraban un rey extranjero. Si bien su linaje era idumeo–una región histórica semítica al sur de Judea–, la profunda división hebrea entre sectas religiosas le alejaba de las simpatías de los habitantes de Judea. En ese tiempo, las tres principales sectas religiosas judías (farisea, saducea y esenia) no estaban de acuerdo prácticamente en nada. Al contrario, sobre Herodes –del que se dijo que tenía una educación helenística y que su madre era árabe nabatea–coincidieron las tres sectas religiosas en identificarle como un elemento intruso y peligroso.

Quizás gran parte de la fama de cruel de este rey hebreo está relacionada con los métodos que aplicó para desplazar del poder a los asmoneos y mantenerlo después bien agarrado. En el año 40 a. C.,consiguió de Marco Antonio –triunviro de Roma y poseedor de la parte oriental del Imperio romano– el título de rey de Judea y logró que fueran degollados Antígono II y su familia, los asmoneos, así como cuarenta y cinco partidarios del antiguo régimen. Eliminaba de esta forma a todos los posibles aspirantes a arrebatarle la corona.

Un periodo de gran esplendor económico

Pero los puñales y el veneno nunca abandonaron la corte. Su segunda esposa Mariamna, de la estirpe de los asmoneos, también fue ejecutada por orden de Herodes, que nunca dudó en derramar sangre de su propia familia si veía peligrar la corona. Tras matar a Mariamna, eliminó a dos de sus hijos (Aristóbulo y Alejandro), atendiendo a rumores de conspiración contra su persona, levantados por otro hijo,Antípater, a quien ejecutó tiempo después por intentar envenenarle.

Con el respaldo económico de Roma, Herodes puso en marcha una política para el desarrollo del comercio y de la agricultura y un ambicioso plan de construcciones. Bajo su reinado, que sentó las bases para la expansión económica que vivió la zona en las siguientes décadas, se reconstruyó el Templo de Jerusalén, se levantó la fortaleza Antonia, un palacio real, un anfiteatro, un teatro y un hipódromo, y se fundó la ciudad de Cesarea, un emplazamiento portuaria de carácter occidental construida en honor al dueño del Imperio, Cayo Julio César Octavio Augusto.

No en vano, sus fuertes lazos con Roma demuestran que también sabía ser sutil cuando convenía. Esto se hizo patente cuando Octavio Augusto, tras vencer a Marco Antonio y Cleopatra en la batalla de Actium (31 a.C.), llamó a su presencia a Herodes, quien había sido un activo partidario del enemigo mortal del primer Emperador de Roma. Pero el gobernante hebreo se ganó rápido la confianza de Augusto y mantuvo excelentes relaciones con él. Así, el reinado de Herodes es también recordado por los grandes esfuerzos para la romanización del pueblo judío. El palacio real acogió a poetas, filósofos, historiadores, maestros de retórica, bajo la influencia romana, que impulsaron un periodo de auge cultural en la región.

Matanza de los inocentes: ¿realidad o mito?

Así y todo, la figura de Herodes es sobre todo conocida por ser el gobernante que ordenó la Matanza de los Inocentes que narra el Evangelio de Mateo (2:16-18). Un hecho atroz que tiene su antecedente directo en el episodio protagonizado por el gran enemigo del pueblo elegido: los egipcios, quienes ordenaron supuestamente asesinar a los bebés hebreos y forzaron a la familia de Moisés a esconderle en el río.

«Entonces Herodes, al ver que había sido burlado por los magos, se enfureció terriblemente y envió a matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo, según el tiempo que había precisado por los magos», narra San Mateo sobre el edicto supuestamente dictado por el gobernante hebreo que buscaba a acabar con la amenaza política de un niño designado como «el rey de los judíos».

Sin embargo, la Matanza de los Inocentes no aparece mencionada en los otros evangelios ni en textos del periodo, lo cual ha llevado a plantear si el episodio tuvo realmente lugar o pudo ser una malinterpretación de otro suceso. El historiador bíblico Daramola Olu Peters en sus análisis del texto defiende que se trata de una mala traducción de la palabra «matanza» y podría ser solo el asesinato de algún hijo de los aspirantes a ocupar el trono. Otros estudiosos vinculan la presunta matanza con el asesinato de los tres hijos de Herodes o alguna de las purgas que llevó a cabo el monarca durante su ascenso al poder.

Favio Josefo fue el principal responsable de alimentar posteriormente la leyenda negra sobre Herodes, que en muchos casos elevaba a la exageración las actuaciones del monarca. El relato que hace sobre la muerte del idumeo no escatima en detalles escabrosos y se deleita en su sufrimiento. A los 70 años Herodes murió, «castigándole Dios por los crímenes que había cometido», y fue sepultado en el Templo Herodiano, descubierto en el 2007 por un grupo de arqueólogos.

Con su fallecimiento, Judea pasó a ser una provincia gobernada directamente por Siria. Y esta situación desencadenó una revuelta inmediata que fue reprimida con gran brutalidad por los soldados romanos, pero que se alargaría intermitentemente hasta el sitio de Jerusalén del año 70 d. C.

Fuentes: Cesar Cervera ABC

El Enigma de los subterraneos de Sevilla

Torre del Oro
En el patrimonio histórico de la capital andaluza, hay muchas alusiones orales, ¿son tan numerosas las alusiones orales?. Si no conoces algún investigador sobre la materia, en Internet la información es mínima. Corren por las calles de la ciudad, numerosas historias referente a la tela de araña que por debajo de las calles existen.
¿Quién no ha oído hablar de que la Torre del Oro se comunica con Triana por debajo del río y con el Alcázar? y, ¿ que las distintas cárceles de la  Inquisición , se comunicaban con el Tribunal del Santo Oficio?.
Alcázar de Sevilla
La fuente más fidedigna para hacer un estudio pormenorizado, son los documentos y archivos, y en menor parte, algunos autores fiables.
Empecemos primero por los túneles romanos, olvidadas durante siglos. Lejos de todo interés, estos túneles, no tiene nada de especial, son meras cloacas. Los romanos, siempre cuidaron mucho de la parte sanitaria.
Estas historias, el autor que mejor las recoge, Álvarez Benavente en su obra “Explicación al plano de Sevilla”. Cuenta Benavente que en siglo XIX, durante un carnaval, una esclava se escapó por uno de estos pasadizos, levantando una loza. Este pasadizo, es el que posteriormente pudo investigarse, cuando se estaban realizando obras en la calle Abades en 1970.

Calle Abades

Otro subterráneo de la misma época,es la de la calle Argote de Molina, donde hoy está el Restaurante don Raimundo. a este callejón, se le llamó durante los siglos XVI y XVII, el Callejón de las Brujas.

Calle Argote de Molina

En la época musulmana,se habla de galerías que van desde la Catedral, hasta la calle García Vinuesa, la cual pueden ser de desagües de la antigua Mezquita.

Catedral de Sevilla
Por debajo de torneo, también tiene otro pasadizo, o en el barrio Humeros. Para documentarnos en este ámbito,tenemos al cronista Don Antonio de Ulloa, sevillano,almirante de la Armada. Por otra parte también está el cronista don Manuel de la Cruz, siglo XVIII. En el barrio Humores, hay también,algunas grutas, donde dice la historia, que unos muchachos encendieron una hoguera,y murieron asfixiados.

No cabe duda, de que uno de los símbolos, junto con la Catedral, es el Alcázar. Antiguo baluarte militar, no es extraño pensar, que se debieron hacer algunos pasadizos, para ayudar a la fuga en caso de peligro. Era costumbre de fortalezas como esta, de tener salidas ocultas con acceso a las afueras de la ciudad, de mensajeros u otros enlaces. En efecto tal pasadizo existió, y se pudo ver cuando hace 30 años, se hicieron reformas en la Antigua Fábrica de Tabaco, actual Universidad. El pasadizo cruzaba hasta la calle de San Francisco, dirección sur-oeste. Desgraciadamente, este pasadizo es inaccesible debido a la cimentación de la Fábrica de Tabaco. Esta galería, puede que sea de época posterior a la musulmana, quizás de la época de Pedro I El Cruel.Llamado el Cruel por sus detractores, y el Justiciero por su partidarios,sobre esta figura, también vuelan sobre Sevilla, grandes leyendas, tal es la historia de la cabeza de Rey Don Pedro.
Cabeza del Rey Don Pedro
Detengámonos un poco en esta historia, no menos peculiar que los subterráneos. En la calle Candilejo, en la esquina más ancha de esta calle, a la altura de los balcones del primer piso, se puede apreciar la estatua de medio cuerpo de un caballero medieval, coronado y con manto real sobre sus hombros. Lleva el pelo corto alrededor del cuello y cercenado en la frente, como debía ser la costumbre en esa época. Con su diestra empuña el cetro, que apoya en el hombro, y descansa la otra mano sobre su espada al cinto. Se trata de la figura del rey don Pedro I de Castilla que, aunque nacido en Burgos.
Esta historia, mitad leyenda mitad realidad, ocurrido en Sevilla y que tuvo al rey como protagonista.
Algunos historiadores mantienen que fue precisamente por un lío de faldas por lo que Pedro I salió una noche a recorrer las calles de Sevilla. Otros defienden que fue a consecuencia de una conversación con Domingo Cerón, el alcalde del rey, que afirmó que en la ciudad no se cometía un delito sin tener su castigo, y el rey quiso comprobarlo por sí mismo. Lo cierto es que iba solo y embozado en su capa cuando se topó con uno de los Guzmanes, el hijo del conde de Niebla, que apoyaba las aspiraciones al trono del hermano bastardo del rey. La ira se desató y las espadas chocaron en el silencio de la noche. El ruido despertó a una anciana vecina que, movida por la curiosidad, se asomó a la ventana alumbrándose con su candil a tiempo de ver cómo uno de los contendientes, cuyo aspecto recordaba al mismo rey, atravesaba el pecho a su oponente. La anciana, alarmada, volvió a cerrar la ventana pero, con tan mala fortuna, que se le cayó el candil a la calle. Apoyada sobre la ventana, intentando imaginar lo que pasaría cuando encontrasen su candil junto al cadáver, pudo oír claramente un crujido, como de nueces al chocar, alejándose del lugar. A la mañana siguiente, en la Sala de Justicia, los Guzmanes se presentaron para exigir que se buscase al culpable de la muerte de uno de los suyos. El rey prometió hacer lo posible por encontrarlo y concluyó: “Cuando se halle al culpable, haré poner su cabeza en el lugar de la muerte.”. Al cabo de unos días, se trajo a juicio a una anciana que había sido testigo del duelo. La anciana, a pesar de admitir que había visto lo sucedido, se negaba a contar lo que sabía. Ni las preguntas inquisitivas de Domingo Cerón, ni las amenazas de los alguaciles, le hacían decir palabra alguna. El rey, finalmente, se dirigió a ella: “Dinos a quién vistes en el duelo y no te ocurrirá nada “. La anciana, cogió un espejo y colocando frente al monarca exclamo Aquí tenéis la cabeza del asesino . El rey, cumplió su promesa ordenando llevar oculta en una caja de madera la cabeza del culpable que fue colocada tras una reja en la hornacina . Tras su muerte la caja se abrió y para sorpresa de todos apareció el busto del pendenciero monarca en el lugar del suceso, donde hoy día aún se puede contemplar.
Vayamos ahora a la calle Feria, donde existió una galería o mina entre los siglos XIV y XV. Por allí circulaba un arroyo con caudal suficiente para mover una rueda de molino. efecto, hizo pensar a algunos historiadores , que ese molino existió. Teoría que hoy día ha quedado totalmente refutada. Una historia parecida, es la de la calle San Eloy.
Pasadizos y subterráneos de Sevilla
Calle San Eloy
Se ha dicho por algunos que existió un pasadizo en el Barrio de Santa Cruz, que salía fuera de las murallas, pero es algo poco probable, de otra forma, los judíos de la época de la historia de la Susona, se habrían escapado.
Pero como no quiero aburrir a la gente, solo nombrar a Nuestra Señora del Subterráneo, que se descubrió en la construcción de la torre de la Iglesia de San Nicolás. Según algunos, esta imagen pudo ser la que trajo el Arzobispo san Leandro en época Visigoda.
Fuente: http://rinconcino.blogspot.com.es/

Un nuevo reto

Buenos dias queridos amigos

En el dia de ayer decidí “intentar” crear un blog personal desde donde poder publicar y expresar en mi tiempo libre noticias , artículos, opiniones etc sobre algo que me fascina desde que tengo uso de razon, el Antiguo Egipto. Me encuentro recibiendo en estos momentos un curso sobre Mitos, Rituales y Magia en el Egipto faraónico, en la Universidad de Sevilla, el cual me esta introduciendo en un mundo desconocido y muy interesante, la forma de pensar de las gentes de la época, su día a día, su preparación constante para su segunda vida en el más allá, muchas cosas que intentaré compartir con quien lo desee. Además tambien postearé libros que me interesan, y que os pueden interesar, noticias y curiosidades de la historia.

Un saludo

Joaquín Lacárcel García

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