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Memoria de Estados Unidos en el Archivo de Indias

Plano del Fuerte de San Agustín

Plano del Fuerte de San Agustín

En el Archivo de Indias, inserto en el triángulo del mejor cahíz de la tierra, en el que se custodian más de 43.000 legajos, con unos 80 millones de páginas, y 8.000 mapas y dibujos, muchos de los cuales corresponden al territorio federado que hoy es Estados Unidos y a la epopeya de sus conquistadores y de las interacciones que se produjeron y que perviven después de más de 500 años desde que Ponce de León, en busca fabulada de la Fuente de la Eterna Juventud, tocara oficialmente el Domingo de Resurrección de 1513 las costas de una península rica en vegetación que se nombró Florida. Allí plantó la Cruz de Borgoña. La enseña española fue arriada, tras más de 300 años de permanencia hispana, en California en 1822.

A partir de la Florida, tierras sureñas bañadas por el océano Atlántico, se extendió la presencia española que puso en marcha el reloj para el nacimiento de un nuevo, enorme y prismático país 94 años antes de que los ingleses levantaran el fuerte de Jamestown y con un más de un siglo de adelanto sobre los peregrinos puritanos del «Mayflower» que partieron desde la Pérfida Albión y fundaron la colonia de Plymouth.

Tres siglos

Desde 1565, y de forma ininterrumpida durante 309 años, se desarrolló la acción de España en quince estados de los actuales EE.UU. —sobre todo en Florida, Luisiana, Nuevo México, Arizona, Colorado y California—, dejando una herencia tan rica como muchas veces ignorada, soslayada o, incluso, envuelta en la interesada leyenda negra de los conquistadores. Este reportaje acerca una muestra sucinta de las abundantísimas huellas guardadas en el fondo documental del Archivo de Indias ligadas la génesis histórica de los Estados Unidos de América, a cuya independencia España contribuyó decisivamente.

Fuerte de Santa ElenaFuerte de Santa Elena

La subdirectora del Archivo de Indias, Pilar Lázaro de la Escosura, y la jefa del Departamento de Conservación, Falia González Díaz, han sacado para ABC de Sevilla algunos de estos valiosísimos documentos en los que se escribió y se dibujó la imprescindible relación de los conquistadores españoles y de la herencia colonial de nuestro país en los Estados Unidos. En 2008, ambas comisariaron la exposición itinerante «El hilo de la memoria: 350 años de presencia en EE.UU.», en la que se daba cumplida cuenta del alcance e influencia de la presencia e influencia española en aquel país, «historia y herencia que han sido poco comprendidas por los norteamericanos y en gran parte desconocidas por los españoles»,

Siguiendo la cadena temporal, en el Archivo de Indias se conserva una carta de Ponce de León, fechada en 1521 en la que informaba del descubrimiento de la «isla» de Florida. Había vuelto a España tras pisar aquella nueva tierra y se disponía a emprender esta nueva aventura para conquistar y colonizar estos dominios, tarea que encontró una férrea resistencia de los indios y en la que perecería tras ser herido por una flecha.

Conserva el Archivo el dibujo sencillo y esquemático, el más antiguo que se conoce, de la costa del golfo de México, de la Florida a Nombre de Dios, con las zonas descubierta por Ponce, Juan de Garay y Diego Velázquez. De 1544 es otro mapa del golfo y la costa de Nueva España, atribuido a Alonso de Santa Cruz, en el que se añaden los ríos, poblaciones, minas y manadas de vacas. En aquellos años, el franciscano fray Marcos de Niza soñaba con las fabulosas e inexistentes siete ciudades de Cíbola, que la fantasía medieval situaba en algún punto de Nueva España, en un viaje junto a Vázquez Coronado (quien se toparía con el Gran Cañón del Colorado), que se quedó en espejismo. Pero ambos fueron los primeros en ver bisontes.

Los cíbolos

El dibujo del cíbolo (bisonte)El dibujo del cíbolo (bisonte)

Un ejemplar de estos animales, a los que los españoles llamaron cíbolos o vacas de Cíbola, fue dibujado por el sargento mayor Vicente de Zaldívar. Eran los bisontes alimento y fuente de calzado, vestido, punzones e instrumentos para los nativos de la tierra, que no conocieron hasta la llegada de los conquistadores españoles el caballo, cabalgadura para los futuros cowboys del Far West, y, convertidos en cimarrones, los mustang que montaban a pelo los indios. A título histórico y anecdótico hay que citar que el Archivo de Indias posee un informe en el que se relata el asentamiento en Kentucky de Daniel Boone, cuyo trasunto televisivo recordarán tocado con un gorrito de mapache muchos cincuentañeros por la serie que emitió TVE en 1966.

En La Florida fundaría el adelantado Pedro Menéndez de Avilés en 1565 la que se ha considerado la primera ciudad de Estados Unidos: San Agustín, un fuerte al que se unió el de Santa Elena (1566), cuyos restos han hallado recientemente los arqueólogos en Carolina del Sur y que ahora se reivindica como la «primera capital» de la Florida, considerando que el primero de los citados sólo un puesto militar. De ambos conserva planos el Archivo de Indias, además de un documento autógrafo sobre los grandes daños y muertes de españoles que causaban los indios, por lo que el adelantado pedía vía libre para reducirlos a la esclavitud.

Mapa del Missisippi y sus asentamientosMapa del Missisippi y sus asentamientos

De esta enorme fuente documental del Archivo de Indias, nos muestran un maravilloso mapa del río Mississippi, descubierto por Hernando de Soto en 1541. El mapa, de 1699, que fue dedicado por el barón galo de Lahontan al duque de Jovenazo, embajador español en Lisboa, recoge en tinta y aguada de colores la situación de los países, los asentamientos indígenas y los afluentes y detalles de aquel enorme cauce fluvial.

A lo largo de este espacio temporal, además de los portugueses, se produjo la masiva llegada de Inglaterra y Francia a América del Norte. La pugna por el territorio estaba servida. Y, sobre todo, la lucha de las trece colonias británicas contra el Imperio de Su Majestad, que desembocó en la Declaración de Independencia el 4 de julio de 1776. España jugó un papel decisivo, aportando dinero y suministros y su gobernador en Luisiana, Bernardo de Gálvez, fue una de las figuras claves en el freno contra la dominación inglesa y el apoyo a los rebeldes.

El «spanish dollar»

En el Archivo se guardan, entre otras piezas documentales, su escudo de armas, la cédula de nombramiento, cartas… Al mismo año de la Declaración de Independencia corresponde un que billete de cuatro dólares. Se emitió el 2 de noviembre en Filadelfia y en él reza que «da derecho al portador a recibir cuatro monedas de dólar español. Las entonces «Colonias Unidas» emitieron un total de 226 millones de dólares españoles, el «spanish dollar», moneda del nuevo país. Benjamin Franklin ideó un proceso en el que se añadían copos de mica y fibras azules al papel para evitar falsificaciones, reforzado por dibujos de hojas en el reverso difíciles de reproducir. De otro de los padres de la patria, George Washington, primer presidente de EE.UU., posee el Archivo una carta a los jefes, capitanes y guerreros de la nación Chocktaw.

Billete de cuatro dólaresBillete de cuatro dólares

Otra joya entre estos documentos es el Tratado de Nogales de 1793, por el que el Rey de España y emperador de las Indias, Carlos III (a la sazón creador del Archivo de Indias), firmaba un tratado de amistad con las tribus indias Chicacha, Creek, Talapuches, Alibamons (de la que proviene el topónimo de Alabama), Cherokee, Chacta, entre otras naciones indígenas de Florida y Luisiana. Este tratado, en el que pueden verse las rúbricas con símbolos y grafías indias, se firmó en un congreso convocado por el barón de Carondelt, ilustrado español que fue gobernador de Luisiana y Florida Occidental entre 1791 y 1797. En el Archivo de Indias se custodia, igualmente, el Título de Gran Medalla concedido por Carondelet al indio Opoyé Mingo, de la nación Talapuche, con un grabado alusivo a tal momento.

Fuente: ABC de Sevilla

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La derrota rentable de 1714

Vista del puerto de Barcelona con Montjüic y Montserrat en un grabado del siglo XVIII.

La victoria borbónica en la Guerra de Sucesión (1701-1714) tuvo consecuencias económicas favorables para Cataluña a largo plazo. Tras la crisis que siguió al conflicto, la economía catalana experimentó un duradero proceso de crecimiento. En palabras de Carlos Martínez Shaw: “El siglo XVIII discurre para Cataluña bajo el signo de la expansión. Crecimiento de las fuerzas productivas, acusada movilidad social, progresiva estabilidad política tras la crisis de 1714, creatividad cultural en los distintos campos”.

A fines del siglo XVIII, la población catalana había crecido un veinte por ciento más que la media española y casi un cincuenta por ciento más que la de las dos Castillas. Sus tres provincias costeras tenían una densidad de población semejante o superior al grupo, mayoritariamente periférico, de las más densas. Hacia 1787, la densidad urbana catalana era la más alta de España -duplicaba la media nacional- tras Madrid. La ciudad de Barcelona triplicó su población en el siglo XVIII, pasando de menos de 40.000 habitantes a 130.000.

Su crecimiento supera al de Madrid, el núcleo urbano más poblado de la época, y al de las principales ciudades españolas (Sevilla, Valencia, Cádiz, etc.). La densidad de población de la provincia de Barcelona se situaba también entre las altas. La extensión y la intensificación de los cultivos se dejaron ver a lo largo y ancho de la geografía catalana. En 1797, la distribución sectorial de la población activa situaba a Cataluña en cabeza -veinticinco por ciento frente a una media nacional del quince- en lo que a empleos manufactureros se refiere. Sobran los indicadores de la pujanza comercial de Barcelona y de su diversificación económicas, de las que también disfrutan las otras provincias marítimas catalanas.

Cédula de Carlos III prohibiendo la importación de manufacturas textiles, el 14 de julio de 1778.

No faltan pruebas de una política borbónica para favorecer a los sectores económicos catalanes -como la prohibición de importar productos de algodón decretada por Carlos III en 1771.

Los logros culturales no escasean: hay destacados catalanes en campos que abarcan desde la Medicina (Casal, Gimbernat, Parés i Franqués, Salvà i Campillo y Virgili) y otras disciplinas científicas al Derecho (Finestres y Llàtzer de Dou) y la Economía (Capmany), pasando por artes diversas (los músicos Valls, Picanyol y Romero y los pintores Giralt, Molet y Rodríguez, entre otros). Felipe V fundó en 1717 la Universidad de Cervera. En los planos artístico y científico, el contraste entre la Cataluña del siglo XVIII y la de los dos siglos anteriores es probablemente mayor que en ninguna otra parte de España.

Rincones del imperio

La novedosa y creciente presencia de súbditos del Principado en todos los rincones del imperio, especialmente comerciantes, es indudable. Se ha registrado el establecimiento, entre 1778 y 1820, de 1.263 comerciantes catalanes en la América española. Ese dato subraya la capacidad catalana para la extroversión económica en el marco de las nuevas oportunidades de negocio aparecidas dentro de la globalizada Monarquía Hispánica tras la derrota austracista.

El esplendor catalán del siglo XVIII no tiene parangón desde la Edad Media. Las opiniones de dos historiadores económicos, Jaume Vicens Vives y Pierre Vilar, así lo avalan. Vicens fue el iniciador de la brillante escuela histórico-económica catalana de la segunda mitad del siglo XX (Nadal, Fontana, Feliu, Torras, Maluquer, Sudriá, Carreras y otros muchos).

Cuando publicó, en 1958, su monumental Historia económica de España, manual de generaciones de historiadores y economistas españoles, aún útil, no compartía esa visión idílica de la Cataluña anterior a la Guerra de Sucesión que hoy presentan algunos historiadores, ni hace suya una visión negativa del absolutismo borbónico: “El influjo francés, que se manifiesta en la intelectualidad, la moda, el gusto, la técnica y la economía, tiende a llenar el vacío que ha dejado en España el fracaso de la política de los Austrias. Y a colmarlo no sólo con soluciones francesas, sino con las europeas de las que aquéllas son igualmente portadoras. En definitiva, una concepción europea de la vida va a intentar modificar e incluso sustituir la mentalidad española moldeada por la Contrarreforma”.

Al contrario, hace un balance económico favorable para Cataluña en el siglo XVIII. Ello no le impide hacer una observación atinada, aunque de interpretación un tanto equívoca, sobre la que volveré: “El renacimiento económico de Cataluña data de 1680 y está más ligado al cacao de Venezuela y al azúcar antillano que a la tinta de las reales cédulas madrileñas”.

Progreso

Su llamada de atención sobre la recuperación económica de Cataluña da entrada a la monumental obra de otro de los grandes clásicos de la historia económica de nuestro país: Cataluña en la España moderna, de Pierre Vilar.

El autor hace una visión general optimista del devenir económico durante el siglo que sucede a la pérdida de “leyes, libertades y garantías”: “El ‘crecimiento’ observado en la parte principal de esta obra es, en el siglo XVIII, el del grupo humano catalán: número de habitantes, extensión e intensificación de los cultivos, reconquista de antiguos medios de irrigación, instalación de otros nuevos, incorporación al trabajo de una masa antes inactiva, comercialización creciente de los productos, conquista de un mercado, nacional para algunos, colonial para otros, acumulación de esos beneficios coloniales, crecimiento de diversos tipos de ingresos, inversiones productivas, creaciones productivas, aparición, a partir de capas medias de campesinos, marinos, artesanos, comerciantes, de una nueva clase dirigente, creciente peso de la región en el complejo español”.

Sobre la base del progreso agrario, manufacturero y comercial del Setecientos, Cataluña acabó convirtiéndose en la primera región industrial de España. El rápido despegue de la industria en este territorio se produce en las dos décadas que siguen a la Primera Guerra Carlista. Se sobrepuso al incendio, en 1835, de la Fábrica Bonaplata, la primera instalación industrial moderna en España. Bonaplata procedía de una familia de fabricantes de indianas y contaba con buenas conexiones con el Gobierno español, que apoyó su iniciativa empresarial mediante exenciones de derechos arancelarios a la importación de maquinaria y otras medidas.

Los años desde 1841 a 1857 serían los “de la revolución industrial”, a juzgar por la formación de sociedades industriales en Barcelona. A mediados del siglo XIX, Cataluña, y en particular la Ciudad Condal, monopolizaba la producción del subsector más estrechamente asociado a la revolución industrial: el textil algodonero.

Para entonces, un proceso iniciado en la segunda mitad del siglo anterior había consolidado entre los industriales catalanes la idea de que “el prohibicionismo es el sistema verdaderamente nacional”, español se entiende. Para Vicente Pérez Moreda: “La polémica librecambio-proteccionismo fue el debate más largo y más virulento de todos los que presenció la política económica española en el siglo XIX”. Los Gobiernos de Madrid se mostraron siempre (arancel prohibicionista del Trienio Liberal y los muy proteccionistas de 1841 y 1849) sensibles a unas peticiones que unían a empresarios y trabajadores textiles catalanes. Pero no solo a las suyas, sino también a las no menos exigentes planteadas por los intereses trigueros del interior peninsular y los industriales vascos. Fue un brillante catalán, Laureano Figuerola, quien intentó sin éxito liberalizar el comercio exterior español en 1869.

Sobre esa base, la segunda revolución industrial dejó una fuerte impronta en Cataluña. Muchas destacadas empresas en los nuevos sectores de la metalmecánica (maquinaria, construcciones metálicas, material ferroviario, automóvil, aeronáutico y equipos eléctricos), la química (ácido sulfúrico, carburo, superfosfatos y rayón) y el cemento, se instalaron en Cataluña, aunque factores diversos, donde destacan el ferrocarril y la electricidad, habían ido reduciendo algunas de las ventajas competitivas de la Cataluña decimonónica y reverdecido el hasta entonces casi desértico panorama de la industria moderna en la mayor parte del resto de España. La protección del mercado nacional frente al exterior(aranceles de 1891, 1906 y 1922, impulsado este último por el catalán Cambó) se vio reforzada, especialmente en la década de 1920, por cierto activismo industrial del Gobierno español.

Todavía en pleno franquismo, como prueba la corriente migratoria desde otros puntos de España, Cataluña concentraba buena parte de la actividad industrial y gozaba de niveles de vida comparativamente elevados. La democracia, que ha venido acompañada de la descentralización, la apertura exterior, la liberalización y la progresividad fiscal asociada a la expansión del Estado del bienestar, parece haber sido menos favorable para la economía de Cataluña que otras épocas.

Quizá por ello, la hipótesis de que una Cataluña fuera de España hubiera tenido un mayor éxito económico gana adeptos entre los secesionistas. Su aceptación no debería basarse en posicionamientos políticos a priori. El ejercicio académico resultará complicado técnicamente, si alguien se atreve a hacerlo. A la espera del mismo, parece insostenible que la región haya sido expoliada secularmente por el resto de España. Esta proposición contrasta con el duradero, aunque no siempre exclusivo, liderazgo económico catalán en España.

El peso de la geografía

Las claves del éxito catalán en la España moderna tardía y contemporánea son diversas. Algunas son autóctonas e independientes de la Guerra de Sucesión. Otras no. Estas se relacionan con los resultados del conflicto, en particular con laplena integración económica de Cataluña en la Monarquía Hispánica. Una entidad política de dimensiones económicas mucho mayores y de la que, hasta fines del XIX, formaron parte territorios ultramarinos incluso después de la pérdida de la mayoría de la América española, consumada ya a mediados de la década de 1820. Las políticas económicas de los Gobiernos españoles en ningún caso persiguieron perjudicar a Cataluña, aunque solo fuera por su condición de primera región manufacturera e industrial.

Empecemos por la geografía. Vilar señala ventajas naturales ya perceptibles en la “joven potencia medieval”: constituir una “formación pirenaico-mediterránea” fundada sobre vías transversales (los ríos Cardoner, Llobregat, Congost-Ter y Fresser) con capacidad para intermediar entre Iberia y el mar y entre Iberia y Europa. Más tarde, el fácil acceso al mar de buena parte del territorio catalán fue y sigue siendo una ventaja natural incuestionable que resalta los obstáculos del centro peninsular. Vilar subraya otra singularidad geográfica favorable: “El caleidoscopio catalán podrá parecer, al viajero procedente de la Iberia interior, menos poderoso y atractivo. ¡Pero cuánto más rico en posibilidades!”.

Vilar no veía la geografía como un destino inevitable, pero no olvidó señalar el contraste entre las “vocaciones económicas” de Cataluña y la España interior (Castilla y Aragón) que surgía de la “variedad” de la primera frente a la “monotonía” de la segunda.

Cercanía al mar

Más recientemente, Maluquer ha resaltado la importancia de la cercanía al mar y de las adecuadas condiciones climáticas y edafológicas de las comarcas productoras de vino y aguardiente. La producción de ambos y su exportación a Gran Bretaña y Holanda tuvo un destacado papel en la recuperación económica catalana de finales del siglo XVII. También lo tuvo en la expansión de la segunda mitad del siglo XVIII, cuando se comercializaron en otros territorios españoles y americanos de la Monarquía Hispánica y en el extranjero.

Los efectos de arrastre de la ascendente vitivinicultura orientada al mercado no fueron despreciables: incremento de la demanda de productos manufacturados de inversión y de consumo; potenciación del comercio, los servicios financieros y el transporte terrestre y marítimo.

Este autor también subraya las ventajas de la vecindad con Francia: exportaciones de vino con motivo de la filoxera (1868-1890) y de corcho durante un período mucho más dilatado; contrabando de bienes, incluidos los de alto contenido tecnológico; acceso a información económicamente útil; llegadas de inversión directa extranjera y de emprendedores y técnicos foráneos; recepción de turistas; plataforma exportadora al “Gran dorsal” europeo desde la integración española en la economía continental. En resumen: “El carácter de territorio de frontera no ha sido, probablemente, el factor determinante de la modernización económica de Cataluña, pero parece evidente que ha contribuido a ella de un modo más que sobresaliente”.

Desde la “unificación” peculiar entre las coronas de Aragón y Castilla durante el reinado de los Reyes Católicos, los gastos de la defensa española en el Mediterráneo recayeron desproporcionadamente en los habitantes de la segunda. A diferencia de las guerras de Flandes, las del Mediterráneo, herencia geoestratégica de la Corona aragonesa, reciben escasa atención en las explicaciones sobre la decadencia que sufrió España a mediados de la Edad Moderna.

Expansión otomana

La expansión otomana por el Mediterráneo oriental y el norte de África y la de las coronas de Castilla y Portugal por América y Asia dejaron “fuera de juego” a polos económicos, como Barcelona, de indudable esplendor medieval. Sin la proyección peninsular y americana favorecida por las reformas borbónicas, la suerte de Cataluña habría resultado, por contraposición a Holanda e Inglaterra, afectada por la de una zona del mundo en decadencia económica y política. Y por ello privada del acceso a los mercados abiertos previamente por la Corona de Castilla más allá de las Columnas de Hércules y que tanto se expandieron a lo largo del siglo XVIII.

Incluso en el XIX, los restos ultramarinos del Imperio español, como Cuba y Filipinas, fueron de importancia para la economía catalana.

Si la geografía cuenta para explicar el éxito catalán, también lo hacen otros factores de índole histórico-institucional. Uno es la herencia tardo-medieval que hizo posible que el campesinado accediera al usufructo del suelo a largo plazo en condiciones favorables para el progreso agrícola, pues estimulaba el acceso al crédito y la especialización productiva orientada al mercado de algunas zonas geográficamente favorecidas.

La explicación “igualitaria” del temprano progreso económico catalán propuesta por Maluquer goza de amplio consenso. Así, una distribución de la propiedad de la tierra menos concentrada, resultante de la guerra remensa, desde fines de la Baja Edad Media habría hecho participar a sectores más amplios de la sociedad catalana de los beneficios de la expansión vitivinícola. Ello habría permitido una mayor demanda regional de las nuevas manufacturas textiles, que se vio atendida por la adaptativa estructura económica catalana del siglo XVIII.

El progreso manufacturero hundiría sus raíces en una distribución de la renta y la riqueza menos concentrada que en el resto de España. El contrapunto andaluz suele asomar en esta línea de razonamiento. La explicación histórico-institucional no carece de verosimilitud. Pero cabe dudar de que sea la “explicación”, aunque contribuya a ella.

Por un lado, resulta improbable que la demanda catalana -un millón de habitantes frente a los más de dos y de 20, respectivamente, de Holanda y Gran Bretaña, que tenían bastante más renta per cápita- hubiera bastado para poner en marcha un proceso de industrialización que nunca pudo prescindir del mercado ofrecido por los restantes territorios de la Monarquía Hispánica en España, América y Asia.

Convendría no exagerar la influencia de la distribución “igualitaria” de la renta en la industrialización. Por lo que sabemos, la desigualdad de Holanda, en 1732 y 1808, era mayor que la de la “Vieja Castilla” en 1752, y la de Inglaterra solo un poco menor, en 1759, y, en 1801, casi idéntica.

Se debe atribuir una parte no despreciable de los logros catalanes a algunas medidas de la política económica borbónica, que hizo que no toda “la tinta de las reales cédulas madrileñas” careciese de incidencia sobre esos factores del renacimiento económico catalán que mencionaba Vicens: el “cacao de Venezuela” y el “azúcar antillano”.

Supresión de aduanas

La supresión de aduanas interiores entre Castilla y Aragón -unos seis millones de habitantes frente a uno y medio, respectivamente, al poco de finalizar la Guerra de Sucesión- permitió el libre acceso al mercado castellano de la producción catalana y ofreció oportunidades desconocidas para los productores y comerciantes catalanes. Las botigues se establecieron en buena parte de la geografía española. Las uniones aduaneras favorecen más a sus integrantes de menores dimensiones iniciales, como era el caso de Cataluña.

Crucemos ahora el charco. Los productos catalanes comenzaron a llegar indirectamente a la América española -su población pasó de unos diez a unos veinte millones de habitantes entre 1700 y 1820- a través de Cádiz.

En el año 1755 fue autorizada la Real Compañía de Comercio de Barcelona a Indias, a la que el Gobierno concedió algunos de los privilegios de que gozaban empresas semejantes en la Europa moderna, al tiempo que limitó geográficamente sus actividades (Santo Domingo, Puerto Rico y La Margarita, y más tarde, Cumaná). Las medidas de liberación del comercio con América de 1765, 1778 y 1789 no hicieron sino ampliar la proyección americana de la economía de Cataluña, en especial la de sus comarcas marítimas.

Mercados emergentes

Puede discutirse si el mercado hispanoamericano fue decisivo para la moderna manufactura algodonera catalana, pero no que fuera irrelevante. Ni mucho menos lo fue para el sector vitivinícola y el de servicios marítimos (transporte, seguros, banca y construcción naval). Los efectos de la nueva situación creada por la política del reformismo borbónico fueron, para Maluquer, inequívocos: “Los mercados emergentes del otro lado del Atlántico contribuyeron, además, a potenciar el crecimiento agrícola y éste impulsó la producción de manufacturas y el progreso del conjunto de la economía”.

Con la libertad de comercio de granos establecida por Carlos III en 1765, Cataluña vio facilitada la importación de trigo extranjero más barato y, con ello, el aumento de su especialización en otros productos agrícolas y manufactureros y en los servicios.

La reforma fiscal representada por la introducción del catastro en 1716 trajo una simplificación y modernización impositiva. Si, inicialmente, la reforma incrementó la presión fiscal, no ocurrió lo mismo en el largo plazo. Como el cupo asignado a Cataluña no experimentó más que escasas y menores alteraciones al alza, el aumento de la población y el crecimiento económico acabó reduciendo la presión fiscal, especialmente en las provincias costeras.

Existían otros impuestos de evolución diferente, lo que debería conducirnos a no exagerar las ventajas fiscales de la Nueva Planta, como sugiere Ruiz. Pero evitar la exageración no implica negar los beneficios del modelo fiscal catalán del siglo XVIII. Mientras que Cataluña fue incrementando los beneficios derivados de un creciente acceso a los mercados de la Monarquía Hispánica en España y América, su contribución fiscal al aumento de los costes de preservación de los mismos -gastos en Ejército y Marina incluidos- fue menor que la de otros territorios.

Cataluña debe buena parte de su éxito económico en la España moderna a factores autóctonos. Otra parte no menor se debe a consecuencias positivas derivadas de la Guerra de Sucesión y de la política del reformismo borbónico.

Como recuerda Pérez Moreda, los logros económicos catalanes durante el siglo XIX no impidieron que la pérdida de las últimas colonias en 1898 fuera, para figuras del pensamiento como Ortega y Gasset y Ramón y Cajal, la causa principal del desapego de sectores de la sociedad catalana hacia España en los comienzos del siglo XX. No parece que la proximidad temporal entre la pérdida de los últimos mercados ultramarinos y el fortalecimiento del catalanismo político sea casual.

Al final de sus días, Gonzalo Anes, uno de los mejores conocedores del siglo XVIII español, organizó desde la Real Academia de la Historia un ciclo de conferencias (La España de Felipe V. Guerra de Sucesión, reformas, crecimiento y proyecciones futuras) que ofreció una alternativa no nacionalista a la planteada por el congreso Espanya contra Catalunya.

La intervención de Pérez Moreda es toda una demostración de conocimiento e invitación a la convivencia: “Ningún español puede estar ajeno a los destinos de esa parte de España. Y por el contrario debería sentirse orgulloso del éxito económico, y también cultural, que esa región ha conseguido a lo largo de los últimos siglos”.

FUENTE: La aventura de la Historia

12 de octubre, historia de una celebración.

La Reina Regente María Cristina firmó en San Sebastián el 23 de septiembre de 1892, el Real decreto declarando día de fiesta nacional el 12 de octubre, aniversario del descubrimiento de América.

Reina María Cristina de Habsburgo-Lorena. José Moreno Carbonero, 1906. Palacio Real de Madrid

Diversos eventos que se sucedieron durante las dos décadas posteriores en España e Hispanoamérica, crearon el caldo de cultivo para el deseado estrechamiento mutuo de los lazos. En 1909 se lanza la idea de la exposición Iberoamericana de Sevilla (que tendría lugar en 1929). Igualmente, la celebración del centenario de las Cortes de Cádiz en 1912 obtuvo como principal fruto, afirma Moreno Luzón, el impulso hispanoamericanista. Al otro lado del Atlántico (especialmente en Argentina y México), la necesidad de la búsqueda de la identidad y el origen cultural se habían intensificado, por un lado, en virtud de la creciente influencia anglosajona a través de la nueva potencia norteamericana y, por otro, por el colonialismo cultural francés -sancionado por la política expansionista del Segundo Imperio-, que suponía la pertenencia a lo “latino”, no sólo por oposición al mundo anglosajón, sino como afirma Quinziano, “también con el declarado propósito de diluir la herencia española en el continente Americano.” La misma guerra hispanoamericana de 1898 es interpretada como una lucha de civilizaciones. Así, el intelectual mexicano Agustín Aragón llega a decir: “El acto de aceptar España una lucha tan desigual por defender únicamente su honor, consuela y alienta en estos tiempos de triste mercantilismo en que los pueblos no se mueven sino impulsados por el interés y atraídos por la codicia. Es inconcebible para el yankee que haya defendido su honra el español porque el egoísmo caracteriza al primero y el altruismo al segundo, porque el primero es frío y calculador y no se mete en cuestiones, a no ser que todas las ventajas estén de su parte”. El hecho de que en Estados Unidos se celebrara el “Día de Colón” (oficialmente desde 1934) fue visto como un intento de «desespañolizar» la fiesta del 12 de octubre.

La revista argentina “El Hogar”, en su número del 15 de octubre de 1929, reacciona de esta forma ante la que describe como mala recepción en Estados Unidos de la institución de la Fiesta de la Raza: “Ninguna señal mejor de que es buena.” Por el lado francés, los Congresos de Prensa latina eran una de las fórmulas para poner la pica en Hispanoamérica. Ante el III Congreso celebrado en 1925 en Florencia (al que asisten “delegados de todos los periódicos de Italia y representantes de setenta periódicos de París, Madrid, Lisboa, Bucarest, Bruselas y de todas las ciudades ‘latinas’ de América, desde Québec y la Habana hasta Río y Buenos Aires”), el periodista español Dionisio Pérez afirma que tras esa retórica gala “hay una acción política persistente, una labor financiera y diplomática, universitaria y literaria que va cada día a repetir en aquellos lugares donde quedan restos del esfuerzo titánico de la colonización americana –que nos debilitó aquí y nos redujo al mediatizamiento presente– que no hay raza hispánica ni pensamiento español… Y se quiere, y comienza a lograrse, que España coopere en esa obra…”. DE LA RAZA A LA HISPANIDAD La conciencia en ambos lados del Atlántico de la necesidad de hermanamiento se hizo cada vez más intensa, a lo cual contribuyeron de modo eminente intelectuales, literatos y pensadores, además de señalados políticos de los dos continentes. Juan Manuel Sáinz, diputado boliviano, defiende en 1908 la idea de que el 2 de Mayo sea “la fiesta de la raza; es el punto de partida hacia la independencia, en el pasado; hacia la confederación, en el porvenir.” Por su parte, el escritor argentino Manuel Gálvez publica en 1913 su obra “El Solar de la raza”, y junto a su amigo Ricardo Rojas, promueven el rescate del legado cultural español y el sentimiento de orgullo de pertenecer a una misma raza y comunidad hispánicas. El viaje a tierras ibéricas años atrás, fue para él una “búsqueda, hallazgo, verificación y confirmación de una identidad”. En España, Faustino Rodríguez San Pedro promovió desde 1913 que las celebraciones del 12 de octubre se denominasen “Fiesta de la Raza” (en el contexto de la Unión Iberoamericana, que él mismo presidía). En 1916, el Ayuntamiento de Barcelona se suma al homenaje cívico a Colón y a la Fiesta de la Raza y, a partir de 1917, lo hace el Ayuntamiento de Madrid. En ocasiones, el vivo sentimiento de “raza” se manifestaba antes en América que en España. No es fruto del azar que, por ejemplo Argentina, por entusiasta iniciativa del entonces presidente Hipólito Yrigoyen, declarase feriado en 1917 el día 12 de octubre como “Fiesta de la Raza”, “en homenaje a España, progenitora de naciones, a las cuales ha dado, con la levadura de su sangre y la armonía de su lengua, una herencia inmortal”. Meses más tarde, Maura adoptaría tal denominación de la Fiesta Nacional en España mediante Ley de 15 de junio de 1918. A esta decisión hispano-argentina de conmemorar la “Fiesta de la Raza” se sumaron otros países –Venezuela, Colombia y Chile (1921); México (1928)-. El “Día de la Raza” se celebró durante la II República, y en menor medida durante la guerra civil. En 1939, con Franco en Zaragoza, se vuelve a la entusiasta conmemoración de la fecha, aunque en ambientes culturales y periodísticos se intensifican las voces (surgidas en la década anterior) partidarias de sustituir el término “raza” por el de “Hispanidad”. El sacerdote vizcaíno radicado en la Argentina, Zacarías de Vizcarra, lo propone en 1929, en la revista bonaerense “Criterio”, con el doble significado de “conjunto de todos los pueblos de cultura y origen hispánico, diseminados por Europa, América, África y Oceanía” y “conjunto de cualidades que distinguen del resto de las naciones del mundo a los pueblos de estirpe y cultura hispánica.” Tres años atrás, ya el médico hispano-argentino Avelino Gutiérrez y dos periodistas españoles (el socialista Luis Araquistáin de Quevedo y el liberal Dionisio Pérez) se convirtieron en sus grandes propagadores a través de la prensa. En 1931, Ramiro de Maeztu, publica en la revista Acción Española un influyente artículo titulado “La Hispanidad”, en el que defiende este nombre para la conmemoración del 12 de octubre, incluyendo a Portugal y Brasil. Esta acción periodística y cultural llevó a la difusión y popularidad del término, lo que condujo al régimen de Franco, primero a prohibir en 1941 el libre uso del vocablo “Hispanidad” –sobre todo para evitar su utilización mercantil-, y posteriormente, en 1958, a sustituir el “Día de la Raza” por el de “Día de la Hispanidad”, entendida ésta como “un sistema de principios y de normas destinado a la mejor defensa de la civilización cristiana y al ordenamiento de la vida internacional en servicio de la paz.” LA RAZA COMO ESTIRPE ESPIRITUAL Y CULTURAL La primera acepción del término “raza”, según la última edición del Diccionario de la Real Academia, es la de “casta o calidad del origen o linaje”, significado que ha permanecido invariable desde su diccionario de 1737. Solamente su segunda acepción (que aparece en la edición de 1869) se refiere a la raza en sentido biológico. Por tanto, glorificar la raza hispánica es ensalzar la calidad del linaje, del origen español de la comunidad hispanoamericana, pero dista mucho de divinizar una concreta raza biológica, por otro lado, inexistente. Si bien es cierto que después de Auschwitz, el significado “ambiental” predominante (más que el lingüístico) de raza ha sido radicalmente transmutado -pasando a primer término su acepción biológica-, no era en absoluto ese el sentido que intencionalmente le dieron sus promotores y mantenedores. El diputado costarricense Pacheco Fernández, en el debate del proyecto de “Ley que determina el día 12 de octubre de cada año como día de las culturas” en 1994, ilustra esta idea: “no creamos que nuestros antepasados y los antepasados de nuestro núcleo cultural… eran racistas por celebrar el 12 de octubre; creo más bien que tenían una intención similar a la que tenemos nosotros con este proyecto (…): celebrar la cultura común (…)”. ¿QUÉ SE CELEBRA EL DÍA DE LA FIESTA NACIONAL? En nuestra Historia reciente han sido declaradas fiestas nacionales conmemoraciones de diversa naturaleza: actos políticos (centenario de las Cortes de Cádiz, 1910), cumpleaños reales (Victoria Eugenia, 1906), así como aniversarios de santos (Santa Teresa, 1915) y literatos (Calderón, 1881), además de hechos históricos (descubrimiento de América, 1892; Dos de Mayo, 1937). Desde 1987, la conmemoración de la fiesta nacional el 12 de octubre tiene como finalidad “recordar solemnemente momentos de la historia colectiva que forman parte del patrimonio histórico, cultural y social común, asumido como tal por la gran mayoría de los ciudadanos”. La fecha elegida simboliza, continúa dicha Ley de 1987, la efemérides histórica en la que España, a punto de concluir un proceso de construcción del Estado a partir de nuestra pluralidad cultural y política, y la integración de los reinos de España en una misma monarquía, inicia un período de proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos. Del final de la Reconquista y la Hispanidad no queda ni rastro: se encargó de ello, la derogación el Real Decreto de 1981 que aún celebraba la Fiesta Nacional de España y el Día de la Hispanidad el 12 de Octubre. Por otro lado, el día de la Fiesta Nacional de España, si bien tiene lugar una parada militar y “un solemne homenaje de respeto y exaltación a la Bandera de España”, no se celebra el día de las Fuerzas Armadas, que se conmemora en mayo.

Fuente: José Luis Bazán, Doctor en Derecho por la Universidad de Navarra, donde cursó también la Licenciatura en Derecho. Máster en Dirección de Recursos Humanos y Organizaciones (ESIC-Madrid). „Dedicación primordial al mundo universitario desde 1989, ha sido profesor de la Universidad de Navarra, de la Universidad Católica de París y de la Universidad Rey Juan Carlos. El área de trabajo es: protección internacional y constitucional de los derechos fundamentales.

Francisco Boix, el prisionero republicano que robó miles de imágenes a las SS del campo de exterminio

“El horror”. Estas son las últimas palabras de Kurz, el siniestro personaje de Conrad en ‘El corazón en las tinieblas’ cuando se dispone a morir. Esa es también la frase que me vino a la cabeza en el cementerio donde hay enterradas 3.000 mujeres en el campo de exterminio de Mauthausen. El viento mecía la hierba en un atardecer resplandeciente mientras cantaban las pájaros en el bosque cercano. Todo era paz en aquel reino del espanto en el que fueron asesinadas 100.000 personas que contemplaron por última vez el mismo cielo y el mismo paisaje que yo estaba viendo.

Mientras el campo cercano de Gusen era arrasado e incendiado por orden de Stalin en 1947, Mauthausen se ha mantenido esencialmente intacto, ya que fue construido a partir de 1938 con gruesos muros de granito, extraído de una cantera cercana por los presos. Todavía se conservan en buen estado los pabellones donde vivían hacinados los deportados, las instalaciones de las SS, la cámara de gas, el horno crematorio y las torres y alambradas de los vigilantes. Los espectros de los muertos vagan por estos lugares mientras el reloj parece haberse detenido.

Más de 4.000 republicanos españoles están enterrados en las fosas de Gusen y Mauthausen

Los cuerpos descansan en las tumbas desde hace mucho tiempo, pero las almas siguen vivas en los retratos y las lápidas que nos recuerdan las tragedias personales de quienes cruzaron los dos torreones de entrada y que se quedaron en Mauthausen para siempre. Hoy se cumplen 70 años de la liberación del campo por la XI división blindada del Ejército de EEUU. Hay una imagen en la que aparecen unos soldados americanos en un tanque a las puertas del campo, donde se puede leer una pancarta que reza: “Los españoles antifascistas saludan a las fuerzas liberadoras”. No en vano 8.000 combatientes de la República fueron deportados desde Francia a Mauthausen, una pequeña localidad cercana a Linz, en el oeste de Austria. La mitad de ellos perdió la vida. Casi todos están enterrados en las fosas cercanas a las vallas del ‘lager’.

Testimonio gráfico

Hoy disponemos de un valioso testimonio de lo que aconteció en aquel infierno gracias al fotógrafo catalán Francisco Boix, militante del Partido Comunista, deportado a Mauthausen en 1940 cuando se hallaba trabajando en Francia. Boix ingresó en el llamado Erkennungsdienst, el departamento de identificación del campo, en el que existía un archivo con 60.000 fotografías realizadas por las SS.

Sorprendentemente, los miembros de las SS se tomaron la molestia de documentar la rutina cotidiana, las condiciones de vida y los suicidios y asesinatos que se producían en el recinto, tal vez llevados por un mezcla de siniestra meticulosidad y de complacencia hacia sus superiores. No pensaban que esas fotos iban a conducir a la horca a más de 60 oficiales y guardianes del campo, juzgados después de la guerra.

La gran mayoría de los prisioneros murieron a causa de las infernales condiciones de trabajo

En el caos de los días finales del derrumbamiento del régimen de Hitler y la huida de los verdugos, Boix logró sacar en unas maletas cerca de 20.000 imágenes que fueron escondidas en la casa de Anna Pointner, una resistente austríaca. Esas fotografías fueron parcialmente publicadas por la prensa francesa en 1945 y sirvieron en el proceso de Núremberg para mostrar al mundo la barbarie nazi. El propio Boix testificó en el juicio, desmontando la coartada de jerarcas que negaban haber visitado Mauthausen como Ernst Kaltenbrunner, el lugarteniente de Heinrich Himmler.

La peripecia de Boix y los sufrimientos de los presos del campo están minuciosamente narrados en ‘El fotógrafo del horror’, un libro del historiador Benito Bermejo, editado por RBA. Bermejo, nacido en Salamanca en 1963, ha investigado durante más de 20 años las penalidades de los republicanos españoles deportados a los campos de exterminio y, más concretamente, lo sucedido en Mauthausen.

Desenmascarar a un impostor

Benito Bermejo fue el hombre que desenmascaró a Enric Marco, el impostor que se había hecho pasar por víctima de los nazis y preso en Mauthausen y que había llegado a presidir la asociación de los miles de republicanos españoles supervivientes. Marco se creó una falsa leyenda que culminó en su elección como secretario general de CNT. Bermejo nunca se creyó a este personaje henchido de afán de protagonismo y ambigüedad.

420 niños judíos deportados de Hungría fueron asesinados la noche en la que llegaron al campo

“Mauthausen tenía 18.000 prisioneros cuando los americanos llegaron el 5 de mayo de 1945. Había otros 23.000 hombres en Gusen que trabajaban como esclavos en la maquinaria de guerra. Varios miles de ellos murieron en las semanas siguientes porque las condiciones de vida eran infrahumanas. Podemos calcular que en total hubo unas 200.000 personas en los dos campos. Eran austriacos, españoles, polacos, franceses, holandeses y rusos, entre otras muchas nacionalidades”, subraya Bermejo.

“Los españoles lo pasaron muy mal hasta 1943. Sólo sobrevivieron unos pocos como Boix, que, por su destino como fotógrafo, recibía mejor trato que sus compañeros. Pero luego las condiciones mejoraron porque los presos republicanos tejieron una red de solidaridad y se ganaron la confianza de los guardianes de las SS, que también se daban cuenta de que Alemania podía perder la guerra”, comenta Bermejo.

Los prisioneros peor tratados fueron los soldados rusos, que prácticamente eran exterminados a los pocos días de llegar a Mauthausen, casi siempre después de largas caminatas, sin ropa adecuada y carentes de comida. Más de 1.800 cautivos del Ejército Rojo fueron hacinados en un barracón para 200 personas. Era una condena a muerte, ya que la administración del campo no les alimentaba y les sometía a un trabajo brutal. Ninguno de ellos pudo sobrevivir.

En el memorial del campo, hay expuesto un abrigo y un botón de un uniforme soviético. “Esto es lo que queda de los miles de soldados rusos que fueron deportados a Mauthausen. Fueron tratados con extremada crueldad y mucho peor que el resto de los prisioneros. El personal de las SS no tenía piedad con ellos. La gran mayoría moría de inanición. Trabajaban desnudos en invierno y eran golpeados y vejados por los guardianes”, asegura Christian Dürr, funcionario del Ministerio de Interior del que ahora dependen las instalaciones de Mauthausen.

Campos de trabajo

Mauthausen y Gusen no eran técnicamente campos de exterminio, ya que sólo una pequeña minoría de deportados fue gaseada en las cámaras. Casi todos los presos murieron a causa de las durísimas condiciones de trabajo en la extracción de granito en una cantera cercana. Los que no soportaban el acarreo de los bloques de mineral se suicidaban, muchos de ellos arrojándose contra las alambradas electrificadas del recinto.

En un testimonio recogido en el libro de Bermejo, el superviviente Lope Massaguer describe el día a día en el campo: “La muerte se había convertido en parte de nuestra vida, el hambre estrujaba constantemente nuestros intestinos y el frío mordía nuestro cuerpo. Olíamos a muerte y pensábamos siempre en ella. La temíamos mucho menos que al dolor y las humillaciones. La muerte era nuestra amiga y a veces nuestra única posibilidad de escapar”.

Los soldados del Ejército rojo eran hacinados en los barracones y no tenían ropa ni se les daba de comer

Había 35 formas de morir en Mauthausen, según enumeró el prisionero austríaco Ernst Martin, entre ellas, el intento de fuga, el suicidio por salto en el vacío, el ahorcamiento, la cámara de gas, la inyección letal, el encadenamiento en una pared, el despedazamiento por los perros o las duchas con agua helada en invierno.

Lo que queda en el campo evoca este infernal catálogo y el sufrimiento de todas y cada una de las víctimas, despojadas de su dignidad y reducidas a la condición de un número y un símbolo en el uniforme carcelario. Los presos republicanos llevaban una letra S dentro de un triángulo azul. El color rojo identificaba a los comunistas y los judíos llevaban la estrella de seis puntas. Había otros signos de identificación para los gitanos, los homosexuales y los delincuentes comunes, que eran los que mejor trato recibían de las SS.

No hubo muchos judíos en Mauthausen, pero su suerte fue la misma que la de los soldados soviéticos. En febrero de 1945, una noche llegaron a Gusen 420 niños procedentes de Hungría y de origen hebreo. Fueron enviados a la cámara de gas e incinerados horas después de cruzar las puertas del campo. No quedó de ellos ni siquiera un cabello.

Prisioneros esclavos

Gusen, el llamado ‘Campo invisible’, albergaba instalaciones militares construidas en el interior de una montaña. Allí se montaban a partir de 1944 los cazas de combate Messerschmitt en condiciones infrahumanas porque el agua se filtraba por las rocas. Más de 7.000 prisioneros esclavos llegaron a trabajar en esas galerías de la muerte.

Los presos que subían bloques de granito por una gran escalera eran empujados por las SS al llegar arriba

Pero peor todavía era la fábrica de bloques de granito, donde el polvo y los productos tóxicos mataban a decenas de prisioneros cada día. “Si el granito de la cantera de Mauthausen iba destinado a la construcción del campo y a los grandiosos proyectos de Albert Speer en Alemania, el que se producía en Gusen era empleado por los nazis para construir todo tipo de monumentos en Austria”, explica Martha Gammer, profesora y estudiosa de este ‘lager’. Cuenta cómo los guardianes de las SS utilizaban a los presos del campo para sus fiestas y luego, a altas horas de la madrugada, les asesinaban a tiros en la escalinata del casino que existía en el lugar.

Hoy no queda ningún resto de los horrores de Gusen, ya que los barracones y todas las instalaciones fueron destruidas por los rusos, que prohibieron el acceso a la población civil y declararon la zona de alta seguridad militar. Hasta que el Ejército Rojo se retiró en 1955, Gusen permaneció cerrado al mundo. Por ello, los historiadores desconocieron su existencia hasta los años 70.

Gusen es ahora un apacible y atractivo pueblo de varios miles de habitantes, con confortables chalés llenos de flores, bicicletas en los garajes y estatuas de enanitos en sus verdes jardines. Hay un albergue llamado Heimathaus, que significa la casa de la felicidad. Sus habitantes han olvidado que hace 70 años el lugar que pisan hoy era un campo de exterminio donde murieron miles de republicanos españoles.

Más de 7.000 esclavos trabajaban en las galerías subterráneas para construir aviones de combate

Desde Gusen se llega en un corto paseo a la cantera de Mauthausen, al otro lado de la montaña. Allí los presos construyeron una enorme escalera de granito de 186 peldaños. Bermejo relata cómo los presos subían la elevada pendiente cargados con bloques de mineral y, al llegar arriba, eran empujados a culatazos por las SS, que se reían de sus víctimas. Algunos presos optaban por suicidarse desde lo alto.

Varios miles de deportados perdieron la vida en la construcción de esta siniestra escalera que produce vértigo al bajarla por su elevada inclinación. Una inscripción recuerda la desgracia de los que perecieron en este paraje.

Muy cerca se hallan los monumentos construidos por los Gobiernos tras el final de la guerra. Destaca el gigantesco candelabro judío desde el que se domina la cantera. En el levantado por la antigua RDA, hay una cita de Brecht. Y a un centenar de metros se encuentra el erigido por los prisioneros españoles a las víctimas. Una bandera republicana, desgarrada por sus costados, yace al pie del monumento, sujeta por unas piedras.

Triste destino de un símbolo por el que dieron la vida los españoles enterrados en las fosas comunes de Mauthausen y Gusen. Dan ganas de echarse a llorar, pero ahí queda el testimonio de coraje y dignidad de unas personas que dieron la vida por defender sus convicciones. Ese es su legado.

Fuente:  PEDRO G. CUARTANGO en elmundo.es

Antonio Piñero: «Los judíos tuvieron poco que ver con la muerte de Jesús»

Antonio Piñero: «Los judíos tuvieron poco que ver con la muerte de Jesús»

Museo del Prado
Cuadro que recoge el episodio de Jesús en casa de Anás, sumo sacerdote judío junto con Caifás

Antonio Piñero está recogiendo en los últimos años los frutos de 36 años de trabajo «en la sombra», de haber producido sobre todo en el ámbito técnico y académico pero sin dirigirse al gran público, para alzarse hoy como uno de los autores más prolíferos de temática religiosa en nuestro país. Este catedrático de filología griega en la Universidad Complutense, y experto reconocido a nivel mundial del Nuevo Testamento, muestra con orgullo a ABC el borrador final de su nueva obra: «Guía para entender a Pablo de Tarso. Una introducción al pensamiento paulino», que será publicada en los próximos meses por la Editorial Trotta. Un estudio para diseccionar el pensamiento de Pablo de Tarso, «reinterpretador de la figura de Jesús», y los pilares sobre los que se vertebró el Cristianismo. Charlamos en esta segunda parte de la entrevista, en plena Semana Santa, con el profesor Piñero sobre los años finales de la vida de Jesús de Nazaret y los problemas que surgieron entre sus seguidores tras su muerte en la cruz.

-Es usted respetado por la mayoría de círculos católicos a pesar de tratar aspectos muy controvertidos sobre Jesús. ¿Cómo consigue separar la teología de la historia?

-Soy un admirador de la figura de Jesús. Ellos ven que yo trato de ser muy aséptico, nada militante en contra, distingo bien el Cristianismo cultural de los fundamentos ideológicos, que se pueden cuestionar y ver desde otro punto de vista. Ven que no soy una persona sectaria ni sesgada. No obstante, en el pasado sí he tenido problemas, pero no con elementos eclesiásticos. Cuando comencé con mi blog en Religión Digital hubo dos proclamas para crear un grupo para matarme. Quiero suponer que fue en términos literarios.

-Jesús de Nazaret es condenado a la cruz por sedición contra Roma, pero previamente es juzgado por los sacerdotes hebreos. ¿Qué le hace tan peligroso respecto a otros profetas y predicadores?

Antonio Piñero: «Los judíos tuvieron poco que ver con la muerte de Jesús»

ABC
Antonio Piñero

-Hay una discusión histórica a propósito de eso. Es muy probable que los judíos tuvieran poco que ver con la muerte de Jesús. Un proceso judío como el narrado en los Evangelios no sigue para nada las normas legales habituales en un juicio de este tipo. Así y todo, los evangelistas nunca inventan nada porque sí. El Evangelio de Juan, poco después de la resurrección de Lázaro,narra una reunión en casa de Caifás con todo el Sanedrín. Caifás alerta en este relato de la cantidad de gente que concentra Jesús y de la posibilidad de que su movimiento derive en una revolución contra los romanos que acabaría costando miles de muertos a las filas judías. «Es bueno que uno muera por el pueblo, y no que mueran tantos de la nación», afirma en la frase más recordada del Sumo Sacerdote judío. Si hubo un juicio contra Jesús es más posible que respondiera a las características de este relato y no a un proceso legal en firme.

-Si el movimiento reformista encabezado por Jesús llamó la atención de Caifás y los sacerdotes judíos, ¿es un indicio de que estaba teniendo éxito?

-Estaba teniendo una cierta relevancia. Pongamos que había captado al 10 o 15% de la población, pero desde luego en Jerusalén no era un personaje popular. La novela «El Trono Maldito» (de la que Antonio Piñero es coautor junto a José Luis Corral) reconstruye brillantemente la Expulsión de los mercaderes del Templo de Jerusalén, donde es fácil entender que no cosechara muchas simpatías. Jesús alcanzó su mayor índice de violencia en ese episodio y fue una acción que le pudo costar la vida. Desplegó un tipo de violencia profética, donde anunció la purificación del templo: la destrucción y reconstrucción de la edificación a manos de Dios. Los artesanos, mercaderes y comerciantes que vivían en torno al templo no tenían ninguna disposición a un cambio de estatus como el profetizado. Eso es lo que hacemos en la novela «El trono maldito», poner a Jesucristo en el ambiente realista de la época.

-Para quienes no conocen ese contexto, la pregunta más habitual suele ser: ¿Por qué mataron a un personaje que predicaba el amor?

-Jesús no es un personaje blandito. Es un personaje duro, que se juega la vida, que tiene que huir continuamente de la «policía», que tiene que alimentar a un pequeño grupo de seguidores, los cuales viven de la caridad pública, y que se juega el pellejo. Luego los Evangelios, sobre todo los de Mateo y Lucas, pintan a un Jesús manso de corazón, pero eso es una reinterpretación posterior.

-¿Y en qué momento llama la atención de los romanos?

-La gente no sabe que, aunque en Judea eran más de manga ancha, en Roma «la Lex Julia de collegiis» impedía que más de diez personas se juntaran sin permiso de las autoridades. Imagínate cuando Jesús empieza a concentrar a grandes grupos de gente. La preocupación de los romanos demuestra que el movimiento estaba teniendo cierta repercusión.

Antonio Piñero: «Los judíos tuvieron poco que ver con la muerte de Jesús»

MUSEO DEL PRADO
Cuadro de Luca Giordano (1634-1705) que retrata «El beso de Judas»

-Judas es uno de los malos de esta historia y, sin embargo, su traición a Jesús parece más teatral que efectiva. Se dice que era el tesorero del grupo y que había robado anteriormente dinero, pero no se conocen muchos más datos previos a la traición.

-Judas es posiblemente una figura mítica. Hubo algún traidor en el grupo, pero la figura pudo ser tintada con trazos más gruesos. La prueba está en que la muerte de Judas está pintada de forma contradictoria en los Evangelios: Mateo dice que fue por ahorcamiento y San Lucas escribe que se arrojó a un acantilado. Estudiando el Antiguo Testamento, el relato de San Mateo está casi copiado de la historia del consejero real Ajitófel, que traicionó al Rey David y luego se ahorcó. Por su parte, San Lucas, que es posiblemente un griego convertido al Judaísmo, narra en Judas la muerte de Antíoco IV de Epífanes, el gran perseguidor de los hebreos que quiso eliminar la religión judía en el siglo II antes de Cristo. De todas formas, tampoco hay suficientes argumentos para negar su historicidad.

-El suicidio de Judas Iscariote es hoy en día interpretado como un acto de cobardía, pero ha recordado usted alguna vez en sus trabajos que en la Antigüedad el suicidio era considerado como una forma de purificación. ¿Debe considerarse un personaje redimido dentro del relato bíblico?

-Es lo que se llama la muerte noble en la cultura clásica, pero ahí se nota que los autores de los Evangelios son judíos. Ellos no aceptan esa doctrina helenística: se suicida y se condena, mientras que para los griegos era aceptar su error y pagarlo con la vida para liberarse. En la Antigüedad, hay 127 casos de suicidios mencionados en la literatura grecorromana, y prácticamente todos son muertes nobles.

-Su nombre significa «el hijo del padre» en arameo, puede ser desde un personaje de algún grupo precursor de los zelotes de 30 años más tarde o de los sicarios que iban liquidando romanos en secreto. Se ha especulado incluso que fuera uno de los discípulos de Jesús. Es muy difícil de probar su existencia histórica.

-Menciona usted a los zelotes y a los sicarios. Ellos sí se inclinaron por una solución armada contra Roma décadas después de la muerte de Jesús.

-Los zelotes fueron unos fanáticos como ahora es el Estado Islámico. Cuando alguien está seguro de su contacto con la divinidad y piensa que su opinión teológica es verdadera, el asesinato es una vía aceptada. Jesús no tenía nada que ver con los zelotes. Aunque es cierto que no hay ninguna frase en los Evangelios donde Jesús condene la violencia. Todo lo contrario. Es una persona que dice «vende tu capa y compra espada». No se puede probar que fuera un pacifista estricto con una lectura sencilla, no sesgada, como tampoco se puede probar que fuera el primer feminista.

Antonio Piñero: «Los judíos tuvieron poco que ver con la muerte de Jesús»

ABC
«El Sermón del Monte», por Carl Bloch.

-¿No le cabe duda de que murió en la cruz y no años después en Cachemira como han sostenido algunas teorías pseudohistóricas?

-Totalmente, esas teorías son absurdas. Los romanos sabían matar muy bien y no iban a dejarle escapar. La cruz fue el primer problema teológico grave del grupo de seguidores de Jesús: fundamentar por qué el Mesías había muerto en la cruz. Nadie lanza una piedra contra su propio tejado. La respuesta de los apóstoles es que es un designio de Dios, que, dado que la situación de pecado de la humanidad era terrible y cómo no había más remedio, permitió la muerte de su hijo. En el mundo Antiguo, y ahí Pablo de Tarso demuestra tener una mentalidad muy griega, ningún problema se arregla si no es con sangre y sacrificio.

-Junto a Jesús murieron dos ladrones crucificados, que usted ha cuestionado que fueran delincuentes comunes.

-Los llamados ladrones que acompañaron a Jesús en la Cruz probablemente eran miembros de su grupo. San Lucas cambia la palabra bandoleros, la manera despectiva con la que los romanos llamaban a los secuaces de los movimientos antirromanos de la época, y la sustituye por malhechores, que tiene un significado vinculado a delincuentes comunes. Hay que pensar en la persecución inmediata que sufrió el grupo tras el apresamiento de Jesús. Los apóstoles en torno a la cruz es una visión simbólica de San Juan, un mito. Para San Marcos todos estaban a distancia salvo las mujeres. En una sociedad semítica, las mujeres no representaban una amenaza y no tenían nada que temer.

-¿Jesús no está considerado uno de los fundadores del Cristianismo desde un punto de vista histórico?

-Si un individuo proclama de una forma directa o indirecta por su vida y por el conjunto de información que de él se conserva que nunca quiere fundar una religión, como en el caso de Jesús, que buscaba entender profundamente y reformar el Judaísmo, o el de Pablo de Tarso, que quería vivir el Judaísmo según el Mesías, no se le puede considerar un fundador del Cristianismo, a no ser que digas que es un fundador inconsciente. El Cristianismo tarda en consolidarse como mínimo 400 años después de la muerte de Jesús y tiene muchos fundadores. De Pablo de Tarso se puede decir que fue el primero que reinterpreta a Jesús y pone los máximos fundamentos, pero los fundadores empiezan a su muerte a través de sus discípulos. Uno de ellos probablemente fue el evangelista Marcos, que es muy paulino.

Antonio Piñero: «Los judíos tuvieron poco que ver con la muerte de Jesús»

ABC
Cuadro de Cristo, dejando la sala del tribunal, por Gustave Doré

-¿Y cuál es el hecho esencial para hablar del Cristianismo como una religión propia y no una reforma del Judaísmo?

-Cuando el Cristianismo cuenta con una serie de escritos propios y sagrados que no aceptan los judíos, a finales del siglo II, ya se puede decir que es una religión diferente. Eso es 170 años aproximadamente después de la muerte de Jesús. Sin embargo, hasta el siglo V no se puede hablar del Cristianismo como un fenómeno plenamente formado en su dogma.

-La interpretación de Pablo sobre Jesús no la habría firmado Jesús. Es muy ideológica y, aunque judía, es de una rama de la apocalíptica que Jesús no hubiera estado completamente de acuerdo. Pablo, como Pedro, consideraba que Jesús era un hombre que Dios adopta y que después de la Resurrección está sentado en el cielo. Cree en la apoteosis de un ser humano. Un ser humano que pasa a la esfera de lo divino, como ocurre con Julio César y César Augusto en el caso de los romanos, pero son humanos. Jesús no habría aceptado esa apoteosis presentada por Pablo.

-San Pedro es otro de los personajes claves para el establecimiento del Cristianismo y un hombre muy ligado a Jesús en vida. ¿Cómo fue su relación con Pablo de Tarso?

-De Pedro sabemos muy poco porque los evangelios petrinos han desaparecido y la imagen que tenemos de él por los evangelistas es bastante negativa. De Pedro conocemos anécdotas, pero no cuál era su teología, aunque seguramente era muy judía y diferente a la de Pablo. Ellos tuvieron un grave enfrentamiento en la ciudad de Antioquia, e incluso dejaron de hablarse. La cuestión es que, como Pedro luego tampoco estaba de acuerdo con Santiago el Mayor y tuvo que salir huyendo de Jerusalén, pues ha pasado a la posterioridad que no tenía una doctrina tan rígida y era más próximo a Pablo de lo que lo eran otros apóstoles. Realmente faltan datos para poder escribir un libro de teología petrina.

Fuentes: Cesar Cervera ABC.es

En la cuna de la civilización

Kish, 25 de octubre de 2011

El coche arrancó a las seis y media de la mañana, con un tráfico de entrada en Bagdad agobiante. Una explosión, no muy lejos, sorda y grave, nos sorprendió. A nadie más: ocurre casi cada día en Bagdad. El cielo gris parecía anunciar una tormenta de polvo; chispeó -hacía un año que no llovía-. A la altura de Babilonia, un coche militar nos esperaba para acompañarnos al yacimiento de Kish, en la provincia de Babilonia, considerada insegura.

Se trata de uno de los principales yacimientos del que no existen imágenes recientes, si bien, próximamente, una misión de la Universidad de Chicago volverá tras decenas de años de ausencia y procederá a una primera toma de contacto de unos quince días. No lejos, una misión japonesa ya opera.

Kish es conocido por tener uno de los pocos palacios sumerios reconocibles; sin embargo, después de noventa años de las primeras misiones, ya solo quedan los restos -aún imponentes- de un templo neobabilónico, y un hermoso zigurat, nítidamente recortado en medio de campos cultivados y líneas de palmeras a lo lejos.

Los restos del templo presentan muros de una decena de metros de alto. El conjunto se asemeja a una enorme ballena varada y descompuesta, un monstruo informe y extenso que se extiende por la tierra reseca. Algunos tentáculos deben de corresponder a muros que ya no delimitan estancia alguna.

Los montículos que corresponden al gigantesco templo, tras exhalar un último hálito y deshacerse blandamente, están cubiertos de innumerables fragmentos cerámicos, y de casquillos de bala. Varios campamentos norteamericanos rodeaban el yacimiento. En la parte más alta de lo que fue el templo, los soldados abrieron un hondo boquete para dominar toda la zona bien parapetados. El daño es irreversible. Madrigueras horadan los muros, en los que es fácil caerse. Los muros, o las masas de lo que fueron muros, se hunden o flaquean, como un globo mal hinchado, al caminar sobre ellos. Sin embargo, aún destacan filas de ladrillos perfectamente conservados, la entrada del templo con el que se inicia un recorrido procesional, y paramentos exteriores con “pilastras” o redientes bien conservados, como si de la descomposición, algunos órganos se mantuvieran tenaz, extrañamente enteros.

Desde lo alto de los muros se divisa, a unos pocos kilómetros el zigurat. A medida que uno se acerca va ganando importancia. Tiene una forma piramidal perfecta, pero en su tiempo fue una estructura escalonada. En lo alto destacan bien filas de ladrillos de lo que quizá fue un altar, o tan solo el interior del zigurat. En los lados se divisan bien las juntas de las capas de cal que, cada metro de altura, recubrían el zigurat a medida que se alzaba, para impermeabilizarse y evitar que las aguas freáticas lo desmonten. Hoy, aún se conserva casi como una aparición, pese a no ser más que un montículo de finísima arcilla, fruto de la disolución de los adobes. Un breve chaparrón nos hizo volver a los coches.

Zigurat en Kish

Lo que tenía que ser un viaje de estudios privado, se ha convertido en una expedición. Veintiocho personas nos acompañaron esta mañana en Kish, entre las cuales dieciséis militares armados con metralletas, con las que nos ayudaban a ascender a las partes más altas de los muros, y jeques locales.

Las medidas de seguridad son extremas. El Gobierno iraquí paga al Ejército, a los técnicos y los directores de los yacimientos para que nos den todas las facilidades, y nos vigilen o nos defiendan de no sabemos -o no sabíamos aún- de qué peligros.

Camino de Nasiriyia, en el sur, en la entrada a la zona de marismas, un largo convoy militar norteamericano, compuesto por las máquinas más extrañas y pardas, atestadas de antenas y cañones, retrocede lentamente, como una manada, hacia Kuwait, impidiendo que se les adelante.

En el último checkpoint, a veinticinco kilómetros de Nasiriyia, nos detuvieron. Pensaba que seríamos invisibles. Tras una larga espera, pudimos entrar en la ciudad más segura del sur, a orillas del Éufrates

 Nasiriyia, 24-31 de octubre de 2011

Nasiriya es una ciudad de provincias del sur de Irak, en el centro de la mayor concentración de asentamientos arqueológicos de la historia. Desde ella, se accede a Ur, Uruk, Eridu, Tello, Obaid, Larsa, Lagash, es decir a los restos de las principales ciudades sumerias, todas ellas situadas al borde de unas marismas que han retrocedido centenares de kilómetros a causa de la bajada de las aguas del golfo Pérsico, desde hace cuatro mil años.

Nasiriyia es considerada una ciudad segura, hoy. Pensábamos que podríamos movernos libremente. Pero las autoridades iraquíes, al igual que las personas que nos acompañan, tienen demasiado miedo que algo nos ocurra, aunque tratan de darnos la sensación que podemos actuar como queremos.

Hasta 2003 fue una ciudad donde las mujeres tenían plena libertad, y vestían como querían. Hoy, desde la invasión, la presión de los clérigos obliga a las mujeres a llevar el chador. La tela es sintética. En verano hace cincuenta y cuatro grados. Ahora, en noviembre, unos treinta y cinco aún. Operación Libertad.

Una rama extremista del chiísmo controla la ciudad. Milicias del temible clérigo Al-Sáder velan armadas. La cerveza, incluso sin alcohol, está prohibida, y su venta y consumición pueden convertir a uno en un blanco.

La infraestructura de la ciudad quedó muy dañada. La central eléctrica, que funciona, es un inmenso complejo destartalado, humeante y oxidado. Fue ocupada por el Ejército italiano que trató de proteger los yacimientos arqueológicos.

Pero el museo, un edificio modesto, agradable y digno, compuesto por salas bien proporcionadas que giran alrededor de un pequeño patio arbolado -y del que las mejores piezas fueron llevadas a Bagdad cuando el inicio de la invasión de 2003-, está devastado interiormente. Las salas, vacías, solo acogen algunas vitrinas sucias y rotas, cubiertas de telarañas, entre las que se alzan dos de las cuatro obras originales que permanecen en pie: unas estatuas de piedra, de tamaño natural, que representan reyes partos, del siglo III d. C., hallados en Hatra, y que hoy parecen ejercer su poder sobre nada. Un hermoso ladrillo estampillado neosumerio, cubierto de polvo sobresale de una vitrina que ha perdido los cristales.

Sin embargo, todos los iraquíes con los que hemos hablado comentan una noticia hecha pública: el presidente de Irak pidió y obtuvo dos millones de euros para desplazarse a Nueva York durante unos pocos días para asistir a la inauguración de la asamblea de la ONU; un millón para billetes de avión, y medio millón para pequeñas compras, regalos, etc.; devolvió el último medio, añaden sarcásticamente. Todo perfectamente contabilizado.

El hotel en el que nos alojamos tiene la orden de no dejarnos salir sin enunciar detalladamente adónde queremos ir. Salimos acompañados; el jefe de policía de la ciudad, junto con cinco soldados armados hasta los dientes, con cascos que parecen de astronauta y extrañas gafas amarillas, nos siguen en un vehículo militar, con las sirenas luminosas encendidas, que circula a nuestro paso. Un policía habla de cortar la calle central comercial, que se adentra en el zoco, para que paseemos, sin que circule ningún vehículo. Nos impiden alejarnos. Cualquier compra es efectuada por los miembros de la Universidad de Bagdad que han decidido, lo queramos o no, acompañarnos. Es cierto, sin embargo, que el zoco, que bulle de compradoras enlutadas, nos mira de reojo, con aspecto muy serio. Hace decenas de años que los únicos extranjeros que han permanecido en la ciudad sin recorrerla andando son soldados norteamericanos e italianos, y personal de las refinerías de petróleo cercanas.

El 90% de la población está más o menos enferma. Las bombas de uranio empobrecido (las llamadas bombas sucias), que el presidente Sadam Husein utilizó contra las moradores de las marismas, en pleno embargo -bombas vendidas por industriales norteamericanos con el consentimiento de su Gobierno, violando el embargo- y, durante la segunda guerra del Golfo, en 2003-2004, por la coalición encabezada por el Ejército norteamericano, han disparado la tasa de cánceres mortales. Los enfermos suelen fallecer a los seis meses. Desde hace un par de años, un pequeño hospital especializado trata a los enfermos de la ciudad y de los alrededores. Un gran número de consultorios médicos, con colas en la puerta, están abiertos de par en par entre los comercios del zoco. Hay momentos en que uno tiene la sensación de que se ahoga, y querría llorar.

Una velada en una terraza cerca el Éufrates, de noche, frente a la otra ribera festoneada de luces de colores, para fumar una pipa de agua y tomar un té, mientras hablamos con los profesores de Bagdad que nos acompañan, revela algunas verdades, que no se perciben a primera vista, si bien cuando uno observa con cierto detenimiento descubre que mucha gente en la calle presenta insólitas marcas de heridas.

Uno de los profesores que nos acompañan ya no vive en Bagdad. Partió apresuradamente en 2007, después de que, en medio año, fuera secuestrado y su chófer asesinado, cumpliera tres meses de cárcel en el sur, acusado por la familia del chófer de ser el causante indirecto de la muerte de éste, y fuera herido, con secuelas físicas, en una devastadora explosión en un puente metálico.

El otro profesor también presenta heridas. Fue tiroteado por 16 hombres armados en su casa. Tuvo suerte: varios colegas suyos fueron asesinados horas antes por la misma banda. Hoy saben que no verán nunca el nuevo Irak, aunque solo tengan unos cuarenta años.

Eridu, 25 de octubre de 2011

Dos fundas plásticas de bombas, a lado y lado de la borrosa senda en la arena del desierto, presiden el acceso a Eridu. El yacimiento aún está minado. Las minas están sepultadas, por lo que se tiene que andar con cuidado, sin adentrarse en el desierto.

Eridu

Eridu: la primera ciudad de la historia en la mitología sumeria. Descendida del cielo y posada a orillas de la laguna de las divinas aguas primordiales, de las que surgieron todos los dioses: el Abzu, las Aguas (o el Pozo) de la Sabiduría, sobre las que flotaba el templo del dios de las artes y la arquitectura, el artero Enki.

Las primeras misiones arqueológicas, a principios del siglo XX, desenterraron los sucesivos niveles de los templos de esta divinidad, que se fueron sucediendo en el tiempo desde el cuarto milenio a. C.; no lejos, una estructura arquitectónica, quizá un templo o una capilla, remonta al sexto milenio.

Mas hoy, solo queda el volumen desdibujado del zigurat en medio del desierto. No hay nada y está todo. El yacimiento está enteramente cubierto de fragmentos de cerámica y de miles de diminutas conchas marinas blancas que centellean bajo el sol como las arremolinadas aguas de una laguna. El recuerdo de las aguas no se ha borrado, y el viento fresco -se acerca el mes de noviembre-, al caer la tarde, que sacude la cumbre del zigurat, levanta las olas de las dunas y remueve los últimos restos informes que se hinchan sobre la arena como cuerpos reblandecidos a punto de expirar. Innumerables ladrillos se desparraman sobre una ladera del zigurat, recordando que allí se hallaba uno de los principales santuarios de la remota antigüedad dedicado al dios de las aguas fértiles. Las ruinas sumerias dan una lección moral. Eridu es, un verdadero centro, en el centro del mundo. Desde lo alto, se domina el mar de arena. Las aguas del cielo han abierto canales en el zigurat, y lo han disuelto, provocando ríos de piedra líquida y hondonadas.

El zigurat está herido y, sin embargo, aún destaca poderosamente desde lejos sobre la incierta superficie, cuyo finísimo polvo dibuja aguas que baten los últimos restos desperdigados de los santuarios.

De vuelta, una nueva (noticia) “bomba”: intacto, en la superficie del desierto, a los pies del zigurat, un pequeño cono de terracota coloreado que, hundido en los muros de adobe de un templo, junto con otros miles de figuras troncocónicas con diminutas testas coloradas, formaba parte de las cenefas geométricas de los mosaicos de teselas circulares que moteaban y animaban las fachadas de los templos, y recordaban las esteras tendidas que cubrían los muros exteriores de las casas de adobe, o las tornasoladas aguas del Abzu.

 Tello, 26 de Octubre de 2011

Breve y seria reunión en la que se nos advirtió de que no habláramos con nadie acerca de nuestros planes y visitas. Al parecer, un posible incidente habría ocurrido la tarde anterior: nos podrían haber seguido, y habríamos tenido que cambiar de dirección sin que nos hubiéramos dado cuenta. Los responsables de seguridad hablan de manera poco clara, seguramente para no inquietarnos ni darnos pistas que podamos contar. Hace un rato, en el salón del hotel, alguien, sin duda un loco al que han expulsado, se ha dirigido hacia nosotros, nos ha besado las rodillas, y ha pedido insistentemente lo que suponemos era dinero (los responsables de la seguridad del hotel no nos han traducido qué había ocurrido). Partimos hacia Girsu. El yacimiento parecía poco prometedor. Una parte yacería bajo las marismas.

Girsu ha entrado en la historia por dos motivos: fue el primer yacimiento sumerio excavado, hacia 1880, por una misión francesa (con tan poca fortuna, a la búsqueda de piezas de “museo”, que se trata de ruinas irrecuperables, saqueadas), y fue la ciudad del rey neosumerio Gudea (2100 a. C.), que edificó un templo para su dios personal y dios de la ciudad, Ningirsu, el relato de cuya construcción, redactado supuestamente por el mismo rey, se ha conservado (en los célebres Cilindros A y B, dos cilindros de terracota de gran tamaño, cuya superficie está enteramente escrita, hoy en el museo del Louvre en París).

De lejos, se divisan varias colinas, sin duda artificiales. La tierra está embarrada. El nivel freático está casi en la superficie. La sal, como en todos los yacimientos sumerios, forma una fina capa, seca y quebradiza en todos los sitios, menos en Girsu. Se diría que hubiera estado lloviendo a mares recientemente.

La imagen no se desmarca demasiado de la de la mayoría de los yacimientos (Obaid, Eridu, etc.). Sin embargo, de cerca, se revela como el yacimiento más apasionante.

La Dirección General de Antigüedades iraquí ha ofrecido al Museo del Louvre la posibilidad de reemprender una excavación; no parece que vaya a acontecer próximamente, lo que tendría que lamentarse.

El yacimiento es tan extenso, empero, que las dudas son comprensibles. Se pueden estar días admirando cada ladrillo, cada resto desperdigado. Pero, la primera misión, en 1880, documentó mal el yacimiento, y no trazó un plano preciso de los restos de la ciudad.

Una de las mayores sorpresas la constituye la llamada Puerta de Gudea. Una gran estructura de ladrillo de terracota, compuesta de murallas, contrafuertes y bastiones, de varios metros de altura, que dibujan un embudo, a fin de recoger a los visitantes, y conducirles, de manera desviada, hacia el palacio. El conjunto está casi intacto.

Sin embargo, la estructura no es sumeria. Pero quisiera haberla sido. Un monarca helenístico local, Adad-nadin-ahhe (s. II a. C.), dos mil años más tarde, reanimó la ciudad. Agrupó estatuas de Gudea, sin duda esparcidas por el yacimiento, y las dispuso, ordenadas por tamaños y tipologías, en un patio del palacio, como si de un coleccionista o anticuario se tratara. Fue así como se hallaron juntas tantas efigies de Gudea a finales del siglo XIX. Quizá las considerara como imágenes de sus antepasados, a fin de legitimar su dominio sobre la ciudad. Por otra parte, buscó ladrillos y piedras fundacionales –no se sabe si fue capaz de leer las inscripciones en sumerio de los ladrillos que aún hoy yacen esparcidos entre las ruinas de la ciudad- y restauró las murallas y las puertas de la ciudad.

El palacio… Se diría que hubiera reventado interiormente y que hubiera esparcido por todo el yacimiento centenares o miles de ladrillos de terracota. Muchos están estampillados, en perfectas condiciones, depositados sobre la arcilla, con un texto estampado legible, dedicado al dios Ningirsu, patrón de la ciudad. Por doquier aparecen ladrillos sin erosionar. Es como si el palacio se hubiera hundido, como un castillo de naipes, y se tuviera la sensación que pudiera volverse a levantar. Colinas y colinas cubiertas de ladrillos, entre los que también se encuentran conos fundacionales de terracota.

En algunos casos, para protegerlos de la codicia, les damos la vuelta para esconder la cara inscrita, y en un caso, enterramos en un hoyo y recubrimos un ladrillo fragmentado pero con una inscripción incompleta pero perfecta, como si se hubiera acabado de marcar. Ningún museo español posee una pieza tan perfecta, abandonada en el yacimiento, al aire libre. En el sitio que le pertenece, empero. Son la memoria aún viva de la ciudad. Venimos a verla, porque son los últimos testimonios de la que Tello (Girsu) fue. Son lo primero que se depositó en la tierra, y lo último en desaparecer. Toda la historia de la ciudad está recogida, acogida entre los trazos de la breve plegaria inscrita en una de las caras de los ladrillos. Juntas, extendidas sobre la tierra, se asemejan a las trazas de una ciudad.

La muerte preside Girsu. Las colinas que resultan del estallido del palacio (y, sin duda, otros edificios, levantados durante un milenio en el mismo emplazamiento), vierten abruptamente, como si se tratara de acantilados marcados verticalmente por las aguas, sobre una profunda sima: la necrópolis, situada al lado de un taller cerámico. Miles de vasijas, algunas casi enteras, depositadas en jarras, hoy reventadas, están incrustadas en las paredes verticales que rodean la sima. Forman capas cortantes en medio de la arcilla endurecida. Algunos huesos y grandes fragmentos de calaveras destacan sobre el fondo terroso. La tierra ha hundido las tumbas. Los restos y las ofrendas están íntimamente unidos a la tierra. Las aguas y el hundimiento de las tierras han dejado parcialmente al descubierto los restos, como si un tajo en la colina hubiera mostrado las galerías por donde deambulaban los espíritus, convertidos en seres de ultratumba. Con la ayuda del arqueólogo iraquí que nos acompaña, escarbamos una pequeña y hermosa vasija que parece entera. Al poco rato, retrocedemos. Es como si estuviéramos faltando a un espacio silencioso y recluido, que da la espalda a la ciudad; sagrado, posiblemente. Un colgante en forma de lágrima, de bronce o cobre oxidado, despunta en la ladera vecina.

La ciudad desvanecida parecía extenderse hasta casi el horizonte. Mas la tarde caía en un páramo desierto. Los guardias cargaron las metralletas.

Uruk, 27 de octubre de 2011

Además del ingente número de fragmentos cerámicos, la tierra de cada yacimiento sumerio está salpicada de un tipo particular de objeto: conchas marinas y astillas de alabastro en Eridu, ladrillos estampillados en Tello, y alquitrán en Ur.

En la tierra arcillosa de Uruk sobresalen, sin estar ni siquiera enterrados, conos y troncoconos de terracota, casi todos ocres, de distinto tamaño (desde unos seis hasta unos treinta centímetros), la mayoría enteros. Estos, en su día, se hundían por la punta en las húmedas paredes de adobe de las fachadas de los templos, dejando visible la base circular, lo que permitía crear cenefas decorativas a base de pequeñas circunferencias coloreadas: franjas con un cierto aire pop. Algunos están aún en su sitio, especialmente en la base de uno de los muros del santuario dedicado a Inanna, al pie del zigurat, en el área sagrada del Eanna, queda aún un fragmento in situ bien conservado, que ha escapado a los primeros arqueólogos y a los saqueadores. Después de que lo hubiéramos descubierto y fotografiado, ha vuelto a ser enterrado.

Los arqueólogos discuten acerca de la primera ciudad de la historia. Desde finales de los años noventa, se piensa que Tell Brak, en la ribera del río Éufrates, en lo que es hoy el norte de Siria, podría ser anterior a la que, desde hace un siglo, se ha considerado la ciudad más antigua, y más extensa y poblada (hasta la Roma imperial) de la Antigüedad: Uruk. Mas Uruk ha marcado duraderamente la historia de Mesopotamia,y del mundo. Fundó incluso colonias situadas en Anatolia. Organizó el primer “imperio” de la historia. Ha dado nombre a una era o una cultura.Tell Brak solo ha dejado amuletos contra el mal de ojo.

Los edificios más antiguos se remontan al sexto milenio a. C.; las primeras tablillas escritas, halladas precisamente en Uruk, hacia el 3500 a. C.

Se trata de una de las primeras ciudades, si no la primera, de la que queda una descripción antigua (del segundo milenio a. C., al menos), aunque sea breve. Según el Poema de Gilgamesh, Uruk fue construida por orden del legendario rey Gilgamesh. Destacaban las murallas, aun perceptibles, en cuyos cimientos fueron depositadas tablillas que relataban la construcción de las mismas murallas, fundamentadas sobre estas tablillas, sobre el relato de su fundación.

El Poema de Gilgamesh es un relato dentro de un relato: narra su propia narración. Gilgamesh, en efecto, destacó la importancia de las tablillas fundacionales que cuentan las andanzas que el lector está a punto de descubrir. Uruk fue una ciudad tan compleja como su relato fundacional. Una ciudad literaria. Gilgamesh, quizá solo una figura literaria, embarga Uruk.

Uruk era una ciudad fluvial o un puerto marítimo, abierto directamente al mar, o indirectamente a través de las marismas. Los ríos Tigris y Éufrates han cambiado el curso y, debido al aporte de aluviones, la tierra firme ha ganado espacio al mar, que se ha retirado; la costa se halla hoy a unos doscientos kilómetros más al sur. Los restos de Uruk se ubican en medio de un desierto de arena y arcilla que se extiende hasta el horizonte, sin apenas algún arbusto (plantado).

Desde lejos, tres montículos unidos se recortan sobre el horizonte. Forman una especia de cadena montañosa, o un temblor en el horizonte, algo así como un espejismo. Se intuye que el yacimiento es extensísimo. La ciudad, en su momento, tenía varios kilómetros cuadrados. Es casi imposible recorrer todo el yacimiento a pie.

La ciudad comprendía dos áreas sagradas: el Eanna, dedicado inicialmente al dios del cielo, An, y, posteriormente, a la diosa del deseo y de la destrucción, que regía las lluvias y los cataclismos, la diosa Inanna, y un segundo sector, llamado Kullab, al servicio del dios An.

Los numerosos templos o “templos” se ubicaban al pie del zigurat: en efecto, sorprende que esas estructuras tan grandes, sin capillas para las estatuas de culto, no tuvieran entradas que condujeran, de manera desviada, hacia la sala central; si los restos fueron correctamente excavados, se entraba y se salía sin dificultad de los supuestos templos; éstos daban directamente al exterior, por lo que podrían ser más bien salas comunales. Fueran templos, espacios rituales o lugares donde la ciudad se representaba a sí misma a través de asambleas, estas estructuras, hoy reducidas a muretes casi imperceptibles cubiertos de arena, son muy anteriores al zigurat, construido hacia el 2050 a. C.

Este destaca poderosamente sobre la ciudad fantasmagórica. Desde lo alto, se domina toda la planicie. Fue construido alternando adobes con esteras de juncos situadas cada metro y medio. Supongo que absorbían los empujes: servían de armadura. Al mismo tiempo, no es descartable una función simbólica: evocaban la vida de las aguas primordiales, a través de los juncos, un símbolo de rectitud y justicia.

El Kullab es una montaña mágica. Se asemeja a un zigurat; la imagen es casual: se trata de un falso zigurat; no fue concebido como tal: consiste en sucesivas terrazas apiladas a lo largo de siglos.

En lo alto, el Templo Blanco: todo el volumen y el enlosado del templo estaban cubiertos de cal o de losas de cal, de las que quedan numerosos testimonios. En los años veinte, la estructura del templo, así como una rampa y una escalinata laterales, se reconocían perfectamente. Hoy, noventa años más tarde, la rampa y la escalera se han desvanecido casi enteramente por la erosión y las lluvias, al igual que la mayoría de los muros, reducidos a muñones, patéticamente alzados, como ramas descarnadas de un arbusto reseco; mas no así el lugar. Desde el umbral invisible del templo, la vista se pierde en la planicie, y el sol deslumbra en este preciso espacio. Aún se percibe su presencia ausente.

Los restos arqueológicos son como los recuerdos proustianos. En cuando se exponen a la luz, se descubren y se viven plenamente, se desvanecen. Y ya nunca podrían ser reconstituidos.Todos los intentos para reconstruir la arquitectura del pasado, o las propias ruinas, son letra muerta, o papel mojado. Literalmente. Solo cabe la imaginación. Y el poder del Templo Blanco todavía se impone aunque esté casi desaparecido.

A los pies de la base aterrazada del Templo Blanco, una estructura admirable: el Giparu, también conocido como el Templo de Piedra: una perfecta estructura laberíntica, intacta, que evoca los meandros de un río, y que quizá simbolizara el curso del río de la vida (río y marisma se decían del mismo modo en sumerio). Estaba dedicado a Ningal, la diosa de los juncos, símbolos de vida recta, esposa de la Luna y madre del Sol. El Giparu aparece como el santuario que articula todo el conjunto y le da sentido.

Lo que se descubre hoy, sin embargo, no es el templo, sino un templo subterráneo, lo que explica su perfecto estado de conservación: los cimientos, que reproducían la planta y el volumen del santuario, y aseguraban su permanencia física y espiritual.

Al pie de una de las laderas que mira al Giparu, no lejos de la base de un templo posterior, de época kasita (mitad del segundo milenio a. C.), un bulto diminuto, entre innumerables fragmentos cerámicos aprisionados en la tierra, despuntaba. Rascamos. Dos pequeños toros de terracota, casi enteros, posiblemente de unos seis mil años de antigüedad, aparecieron. Los entregamos al arqueólogo iraquí que venía con nosotros, y serán depositados en el Museo Nacional de Bagdad. Toros: animales lógicamente asociados con los juncos que crecían -y crecen- en las marismas que eran las Aguas de la Sabiduría, gracias a la presencia indestructible del Giparu, a su enraizamiento.

Volvimos a ascender a la cumbre del zigurat del Eanna. De pronto, un rayo, seguido de un trueno desgarrador. Sobrecogidos. Hasta los helicópteros que sobrevolaban el yacimiento parecieron desvanecerse. El aire se detuvo, y un silencio atronador se impuso. Nuevos truenos, ya amortiguados. El cielo era el mismo de cada día, sin embargo: una pizarra gris emborronada con las ondas de manchas de tiza. Nada hacía prever esta violencia. Caían las primeras gotas. Corrimos a la casa de la misión arqueológica. Inanna seguía viva.

Decenas de personas han muerto fulminadas por esos rayos inesperados, en medio del desierto.

Fuente: P. AZARA / M. BORRÀS / A. IMPERIAL / M. MARÍN Irak

Vestimenta egipcia

La vestimenta utilizada por los egipcios debe su diseño y elección de géneros a las altas temperaturas que debía enfrentar esta civilización. Así, expandida a orillas del río Nilo, la moda y sus usos estuvo a expensas del clima.
En tal sentido, a los largo de las tres etapas fundamentales del Imperio egipcio, esto es, Imperio Antiguo (2800-2200 AC), Medio (2000-1780 AC) y Nuevo (1570 – 1065 AC), no se observaron grandes cambios en relación con la moda. Según las etapas, se encontraron variedades sobre una misma base en el vestido pero no modificaciones radicales.

Las variedades de telas utilizadas no fueron muchas, el lino se constituyó como la materia prima a partir de la cual, dependiendo de su grosor, se desprendían diferentes calidades: lino real, un lino elaborado con más relieves (sutil fino), otra con leves relieves (sutil) y, por último, el lino liso. El color principal fue el blanco. La lana también era un género muy utilizado, éste servía para la fabricación de ropa de abrigo y de caza. Entre otros géneros utilizados, también debe mencionarse la seda, en la época ptolemaica y el algodón, ya con la entrada de los árabes en la zona.

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En el Imperio Antiguo, los hombres utilizaban una especie de falda llamada faldellín que se hacía con una tela cuyos extremos se anudaban hacia atrás, a la altura de la cadera, y cuyo largo se extendía hasta las rodillas. Habitualmente, el faldellín se llevaba al cuerpo, característica que lo diferenciaba de la ropa de trabajo o del campesinado que era más suelta.

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La vestimenta femenina también consistía en un trozo de género, éste cubría todo el cuerpo en forma envolvente: desde las axilas hasta los tobillos, cuyas tiras a los costados y anudadas hacia atrás, cubrían los pechos.

Como se ha mencionado, el color básico era el blanco, aunque cuando los géneros comenzaron a trabajarse más, se añadió el color rojo y marrón, con los que se hacían figuras geométricas que servían como ornamento para cuellos y mangas.
A partir del Imperio Medio, el faldellín masculino comenzó a ser más largo y la vestimenta femenina más sensual y sugerente, los pechos iban directamente al descubierto.

Tiempo más tarde, durante el Imperio Nuevo, la vestimenta ajustada al cuerpo de la mujer deviene en ropa interior. Surgen las túnicas anudadas, superpuestas sobre el lino semi transparente, con pliegues y de diferentes colores.
Tanto esclavos como trabajadores de las castas más bajas, usaban apenas un tapa rabos de lino a modo de slip o, en su defecto, iban desnudos.

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Entre los accesorios de importancia, las pelucas constituían un elemento fundamental. La costumbre egipcia, tanto para hombres como para mujeres, era depilarse el cuerpo completo, incluyendo la cabeza. Las pelucas era un ornamento más, y en ocasiones, elemento de seducción: las había lacias, trenzadas y rizadas para las mujeres, cuya finalidad era erótica.

Si bien al comienzo del imperio se las hallará cortas, hacia el Imperio Nuevo, se usan más largas. Los pies se cubrían con sandalias elaboradas en hojas de palma (o palmera), junco o papiro.

Tal como se indicó al comienzo, tanto la materia prima como la confección de prendas estuvieron subordinadas a las elevadas temperaturas, lo que hizo necesario que éstas fueran livianas y frescas.

Fuente: Maria Celia en La Guia.

Ermita de San Baudelio de Berlanga: “la Capilla Sixtina del arte mozárabe”

La ermita de San Baudelio se ubica en un paraje aislado a escasos dos kilómetros al sureste de la pequeña localidad soriana de Casillas de Berlanga, asentándose sobre una suave ladera que desciende hacia el curso del río Escopete.

fragmento de las pinturas de San Baudelio de Berlanga

Pese a que la primera mención documental contrastada sobre el edificio data de 1136, es más que probable que los orígenes cristianos del lugar se remontasen a varios siglos atrás, ya que la pequeña cueva aún conservada y accesible desde el interior del templo parece un lugar más que propicio para el retiro de un eremita o anacoreta en tiempos de la Hispania Tardorromana y Visigoda.

Tras la Reconquista cristiana de las extremaduras sorianas, se suceden a lo largo del siglo XII las noticias que aluden como tal al Monasterio de Sancti Bauduli, un cenobio que, a juzgar por sus pequeñas proporciones, acogería a una comunidad bastante modesta siempre dependiente de la mitra de Sigüenza.

En el siglo XIII la comunidad monacal quedaría extinguida según parece extraerse de las fuentes documentales que se refieren a San Baudelio ya no como monasterio, sino como un humilde centro de devoción rural bajo el poder del cabildo seguntino y al cuidado de distintos ermitaños custodios encargados de su mantenimiento y protección a lo largo de los siglos.

A principios de la decimonovena centuria la ermita pasaría a manos privadas y, pese a que en 1917 fue declarada Monumento Nacional, no pudo evitarse que las singulares pinturas románicas que ornamentaban su interior fuesen vendidas por los vecinos de Casillas, motivo por el cual en la actualidad se encuentran dispersas entre el Museo del Prado de Madrid y distintas pinacotecas estadounidenses.

La historiografía tradicional ha venido definiendo a la ermita de San Baudelio de Casillas de Berlanga como “la Capilla Sixtina del arte mozárabe” y, desde siempre, ha sido una de las construcciones peninsulares que más misterio y controversia ha generado entre historiadores y especialistas.

Bodas de Caná, pinturas originales de San Baudelio de Berlanga, actualmente en el  Indianapolis Museum of Art

Basta un primer vistazo tanto al exterior como al interior del modesto edificio para palpar las influencias arabizantes del conjunto, algo que no debe resultar extraño ya que, entre los siglos XI y XII, los pagos en los que se levantó tan singular monumento se caracterizaron por su condición fronteriza, pasando de manera definitiva a manos cristianas hacia 1060 en el contexto de las campañas lideradas por Fernando I en las que fueron arrebatados al Islam extensísimos dominios al sur del Duero.

De este modo y dado lo conflictivo del espacio en que se asienta, parece una posibilidad harto complicada que, antes de 1060, pudiese haberse asentado una comunidad cristiana estable en Casillas de Berlanga. Por ello, la hipótesis más recurrente sería la que data la construcción de San Baudelio durante el último tercio del siglo XI; siendo pues una manifestación arquitectónica indudablemente prerrománica en lo estilístico pero de carácter tardío; fuertemente impregnada del entonces vecino influjo musulmán.

Estas mismas palabras podrían servir para la vecina ermita de San Miguel de Gormaz, con la cual San Baudelio presenta notorias concomitancias formales.

Así pues, la hoy ermita de Casillas de Berlanga vendría a ser una de las primeras fundaciones cristianas que, tras la Reconquista castellana de la Marca Media Soriana, fueron planteadas como una primera avanzadilla repobladora en unos territorios enormemente inseguros y, por aquel entonces, totalmente yermos.

Exterior

El templo se presenta como una sencillísima estructura a base de dos bloques cúbicos: uno mayor que se corresponde con la nave; y otro de menores proporciones que alberga el ábside, el cual, queda ligeramente desviado respecto a la canónica orientación al asentarse a un nivel superior adaptándose así a las irregularidades del terreno.

Ermita de San Baudelio vista desde el norte

Al exterior, llama la atención la enorme austeridad del conjunto, aparejado en sus muros a base de mampostería irregular sólo reforzada con sillares mayores en los ángulos. Consta de dos accesos: uno principal abierto al costado norte mediante un arco doblado de herradura; y otro lateral de medio punto horadado en el hastial occidental en su punto más elevado, siendo accesible a través de una pequeña escalinata que salva la inclinación de la ladera.

Hay quien conjetura que esta puerta es más románica que prerrománica por tener doble arquivolta y por considerar que la herradura es falta pues son las impostas las que, al sobresalir, generan la sensación de arco ultrasemicircular. No obstante nada tiene de románica, ni por estar en cuerpo resaltado, ni contar ningún tipo de columna, escultura, molduraciones, etc. Además, este tipo de conformación de arcos se da en otras iglesias prerrománicas de la cercana provincia de Burgos.

Puerta de acceso (costado norte) de la Ermita de San Baudelio

Interior

Sin embargo, esa aparente pobreza exterior queda de inmediato olvidada al atravesar el umbral de su arco de entrada, tras el cual, se despliega ante el visitante un singularísimo universo estructural sin apenas parangón dentro la arquitectura religiosa peninsular.

La cabecera comunica con la nave a través de un angosto arco doblado de herradura, el cual, sólo es abordable a través de cuatro escalones que salvan la pendiente en que se asienta, dando así la sensación de querer marcar una separación jerárquica respecto al resto del edificio, característica muy propia de los templos tanto prerrománicos como del primer románico.

Columna-palmera de San Baudelio de Berlanga. Soria

El bloque principal de la nave se caracteriza por el potente pilar cilíndrico levantado en el centro del mismo, desde el cual parten ocho nervios radiales que, engendrando arcos de herradura y evocando la forma de una palmera, van a apear sobre los ángulos y el centro de los muros perimetrales del templo. En la parte superior del pilar, y prácticamente inaccesible de no ser con la ayuda de una escalera portátil, se abre un pequeño habitáculo cubierto con una pequeñísima bóveda nervada a la manera de crucería califal, otro de los innumerables guiños arabizantes que encontramos en San Baudelio de Barlanga.

Ha sido precisamente la existencia de este pequeño espacio elevado y aislado uno de los motivos por los que, siempre a nivel popular y sin que exista ningún documento que lo constate, la ermita de Casillas haya sido puesta en relación con distintos cultos mágicos y ocultos, algo difícilmente demostrable.

También se ha intentado explicar al existencia de este espacio en relación a prácticas penitenciales o espirituales de los eremitas. Según esta teoría, tan singular espacio sería un lugar de aislamiento para algún ermitaño que, emulando a los primeros estilitas, eligiese la parte alta de una columna como lugar de retiro y penitencia espiritual. Esta teoría parece, cuando menos, cuestionable.

El último tramo de la nave hacia los pies queda definido por un singular entramado de columnas desde cuyos sencillos capiteles, parten arcos de herradura que dan lugar a diez pequeños espacios (5 + 5) cubiertos con bovedillas esquifadas. Sobre ellas y accesible en origen desde el ingreso occidental, se asienta, como si de un coro se tratase, una tribuna rematada en el centro de la misma por una pequeña estructura a modo de templete abierto mediante un arco de herradura y cubierto al interior con bóveda de cañón.

Tribuna tras la columna-palmera

Tanto ese bosquecillo de columnas que sin duda evoca la disposición en naves de una mezquita hispanomusulmana; como ese templete de la tribuna que recuerda a los primitivos mihrabs califales, han hecho que exista quienes hayan querido relacionar San Baudelio de Casillas con un edificio de culto islámico

A lo ya indicado, se suman otras innegables coincidencias formales con lo musulmán, como el volumen cúbico de la nave, al estilo de la Kaaba y que las esquinas -no las caras- del edificio se orienten hacia lo puntos cardinales, al modo islámico no cristiano.

Actualmente se descarta oficialmente esta posibilidad y se justifican sus relaciones con lo musulmán a los intercambios e interrelaciones culturales propios de un territorio de frontera como fue la Soria alto-medieval, y que incluso durante los siglos del románico, siguen poniéndose de manifiesto en numerosos templos cristianos.

No obstante, la posibilidad de que, en inicio, San Baudelio fuera una mezquita luego cristianizada no debe ser completamente descartada. Otra teoría también debería quedar abierta, la de un edificio destinado inicialmente para una comunidad de monjes cristianas pero construido por mano de obra árabe.

El interior de la ermita de San Baudelio de Berlanga estaría, en origen, cubierto de pinturas murales figuradas, hecho por el cual fue bautizada con el no del todo correcto apelativo de “la Capilla Sixtina del arte mozárabe”. Dichas pinturas permanecerían in situ hasta los años veinte de la pasada centuria, cuando los vecinos de Casillas y legítimos propietarios del templo, decidieron venderlas al anticuario León Leví, quien a su vez, las cedió a otro particular de nombre Gabriel Dereppe. En la actualidad, el rico programa pictórico de San Baudelio se encuentra depositado de manera dispersa en distintos museos norteamericanos de Nueva York, Boston, Indianápolis y Cincinnati; conservándose también algunos paneles en el Museo del Prado de Madrid.

La aceptable técnica con que fueron confeccionadas las pinturas, ha permitido que, pese a que fuesen arrancadas en su momento, en muchos casos se conserven bien asentadas y visibles sobre el muro las improntas de los paneles, circunstancia que facilita la actual lectura in situ del programa completo.

Muchas y variadas interpretaciones nos ha dejado la historiografía del arte sobre el programa pictórico de San Baudelio, aunque la mayoría de estudiosos, con diversos matices, han clasificado el repertorio en dos partes:

Por un lado, las que tradicionalmente han sido denominadas como “pinturas bajas”, compuestas por paneles que, en su mayoría y como su nombre indica, se disponían en los registros inferiores de la nave del edificio, aunque también se adivinan tanto en el pilar central como en los muros del templete de la tribuna. En líneas generales, las pinturas bajas se caracterizan por el empleo de colores muy simples y por presentar escenas profanas de carácter animalístico y cinegético, en algunas de las cuales, ha querido verse cierto influjo musulmán.

Por otro lado, las llamadas “pinturas altas” fueron desplegadas en los registros superiores de los muros perimetrales, prolongándose también por el ábside y por las bóvedas. A diferencia de las bajas, las pinturas altas se definen por su mayor riqueza cromática y por reproducir escenografías más complejas, siempre con la Vida de Cristo como hilo conductor.

Esquema del programa pictórico de San Baudelio de Berlanga

Ábside

Todas del tipo llamado “pinturas altas”, es decir, del mismo grupo que las que se despliegan en los registros altos de los muros de la nave y en la bóveda.

Muro Este
– Nivel inferior: cortinajes.
– Nivel intermedio: San Nicolás (¿) y San Baudelio flanqueando la ventana en un marco arquitectónico. En el derrame de la ventana aparece la paloma del Espíritu Santo en una mandorla (Todo este panel se encuentra en Cincinnati).
– Nivel superior: Adaptándose a la bóveda, Caín y Abel ofreciendo sus dones al Señor, que aparece representado dentro de una esfera como Cordero Místico.

pinturas del ábside

Muro Norte
– Nivel inferior: cortinajes y medallones.
– Nivel intermedio: Noli me Tangere (Cincinnati).
– Nivel superior: Escena muy perdida de complicada identificación.

Muro Sur
– Muy perdido, se adivina un personaje bajo un enmarque arquitectónico (Cincinnati).

Muro Oeste
– Flanqueando el arco triunfal al interior: cenefas de tallo ondulante y los pies desnudos de un personaje.

Bóveda absidal
– Totalmente perdida, aunque es probable que dispusiese la tradicional efigie de Cristo en Majestad flanqueada por el Tetramorfos.

Arco triunfal
– Rosca exterior: medallones y cabezas de bóvidos (Cincinnati) en el frente; tallos ondulantes en el intradós.
– Rosca interior: Medallón con la mano de Dios (dextera domini) sustentado por ángeles flanqueados por nubes. Aves zancudas y casetones con un crismón en la dovela clave del intradós.

 

Muros perimetrales de la nave

Se dividen por lo general en tres registros separados por estilizados zarcillos, decorándose el nivel inferior con cortinajes de tradición prerrománica, el intermedio con decoración profana englobada en lo que se conoce como “pinturas bajas”, y la superior (pinturas altas) con escenografías alusivas a la Vida de Cristo en las que puede realizarse una lectura cronológica narrativa.

Muro Sur
– Nivel inferior: muy perdido por la escalera añadida de acceso a la tribuna, se adivinan los recurrentes cortinajes y medallones, con la inclusión de dos bóvidos afrontados en ademán de lucha.
– Nivel intermedio (pinturas bajas): desaparecido por completo.
– Nivel superior (pinturas altas): Escena de las Tres Marías ante el Sepulcro dividido en tres partes: Ángel anunciador, Soldados custodios del Sepulcro, y las tres mujeres portando frascos con esencias (Boston). Al otro lado del nervio que divide el lienzo y sobre la tribuna, otro panel (Nueva York) que alude a los milagros de Cristo: curación del ciego Bertimeo y Resurrección de Lázaro, con San Juan Evangelista de testigo.

Muro Oeste (sobre la tribuna)
– Nivel superior (pinturas altas): Continua el relato de distintos milagros de Cristo, disponiéndose el pasaje de las Bodas de Caná (Indianápolis), y las Tentaciones en el desierto según el relato del evangelista Mateo (Nueva York).

Muro Norte
– Nivel inferior: los habituales cortinajes
– Nivel intermedio (pinturas bajas): Ballestero a la caza del ciervo, y un jinete enviando a sus tres canes a la caza de dos liebres (Museo del Prado).

Impronta del sector de la caza de liebres, actualmente en el Museo del Prado


– Nivel superior (pinturas altas): en origen aparecían representadas las escenas de la Entrada Triunfal de Jesús en Jerusalén (Indianápolis) y la última Cena (Boston).

Entrada Triunfal de Jesús en Jerusalén  (Indianapolis Museum of Art)

Muro Este
– Nivel inferior: cortinajes desaparecidos
– Nivel intermedio (pinturas bajas): Halconero a caballo (Cincinnati)
– Nivel superior (pinturas altas): Escena muy perdida que algunos especialistas han identificado como un Calvario.

Columna central
Fuste
Pinturas bastantes perdidas aunque da la sensación de que pretendió ser reproducido de manera naturalista el tronco de una palmera a base de pequeñas manchas ocres.

Bóveda
Pese a los esfuerzos en su recuperación, es una de las partes más castigadas del ciclo pictórico por sus muchos siglos a merced de humedades e inclemencias meteorológicas. En ella, dispuestas en los ocho paños en que queda dividida la bóveda a partir de los nervios que brotan del pilar central, van sucediéndose escenas alusivas al Ciclo de la Infancia de Cristo: La Anunciación junto a la Visitación, Nacimiento de Cristo, Anuncio a los Pastores, Epifanía, el Cortejo de los Reyes Magos, la Matanza de los Inocentes, la Presentación en el Templo y, por último, la Huida a Egipto. Todas ellas, acompañadas de los habituales zarcillos decorativos en los nervios, se adscriben al grupo de las llamadas “pinturas altas”.

Tribuna

El frente de la tribuna que asomaba al cuerpo de la iglesia se decoraba con dos paneles geométricos a base de medallones tangentes entre sí, uno de los cuales se conserva en el Museo del Prado. Ambos se adscriben al grupo de “pinturas bajas”

Templete de la tribuna
Decorado en su perímetro exterior con escenas profanas identificadas con el grupo de las “pinturas bajas”, mientras que al interior del mismo encontramos composiciones religiosas análogas a las “pinturas altas” de los registros altos de los muros laterales, ábside y bóvedas

Exterior del templete
– Muro Sur: Dromedario entre flores de lis coronados por una cenefa de felinos enmarcados en clípeos (Nueva York)

Impronta donde se aprecia con claridad un dromedario

– Muro Este: Los pequeños espacios libres que dejaba la enorme columna central a sus flancos se decoraban con sendos cuadrúpedos rampantes.
– Muro Norte: Misma cenefa de leones bajo la que se disponía un guerrero provisto de escudo y lanza (Museo del Prado).
– En la prolongación del muro que sustenta la tribuna bajo el templete y que une con el muro norte del templo: Panel del oso y Panel del elefante sobre cuya montura se asienta una extraña composición encastillada.

Elefante con castillo. Museo del Prado de Madrid

Interior del templete
– Dios padre bendiciendo flanqueado por el tema de la Virgen con el Niño y la Adoración de los Magos. El cuerpo inferior, así como el intradós del arco de ingreso, se decora con esquemáticas fórmulas vegetales y arquitectónicas.

Cronología de las pinturas

Incontables han sido, desde que fuese dada a conocer San Baudelio, las hipótesis y las interpretaciones acerca de la cronología y la personalidad del taller o talleres que participaron en los programas pictóricos del templo. Mientras que unos autores hablan de dos talleres sucesivos diferenciando entre pinturas altas y bajas (hay quien identifica hasta tres), otros sostienen la teoría de que fueron distintas cuadrillas (con su propia personalidad más o menos arabizante) dentro de un mismo taller quienes ejecutaron contemporáneamente la totalidad del programa pictórico, cuya fecha más plausible parece la primera mitad del siglo XII, es decir, coetánea a la decoración de iglesias catalanas como Tahull, o castellanas como Maderuelo o San Miguel de Gormaz.

FUENTE: Arteguias.com

Diez templos egipcios increíbles

Los templos egipcios, auténticos libros de piedra, componen un mosaico abrumador. Su profunda simbología, sus colosales dimensiones, el extenso período histórico que comprenden, los enrevesados jeroglíficos que adornan sus paredes y la compleja lista de dioses, faraones, esposas e hijos asociados a ellos hacen casi incomprensible el significado profundo que encierran.

Entre los innumerables templos del Alto Nilo, hay unos pocos que poseen características únicas que los hacen destacar sobre el resto. He aquí una lista de los más extraordinarios y de lo que los hace únicos.

  1. Templo de Karnak (Luxor)

    En realidad, se trata de un complejo de templos y capillas que los distintos faraones fueron levantando a lo largo del tiempo. Sólo el templo de Amón, la estructura principal, pasa por ser la mayor construcción religiosa jamás realizada. Las dimensiones del complejo sobrepasan la comprensión humana y hacen falta varios días para saborear sus diez Pilones, recorrer sus santuarios, sus bosques de columnas ciclópeas y admirar sus estatuas y obeliscos, uno de los cuales, el de Hatshepsut, de 40 metros, es el más alto jamás erigido.

  2. Templo de Luxor

    Mucho más pequeño que el complejo de Karnak, el elegante templo de Luxor está, sin embargo, mejor conservado y contiene en su interior el ipet(harén) del dios Amón, así como un santuario dedicado a Alejandro Magno, que lo visitó durante su estancia en Egipto, dos columnas romanas y algunas estatuas muy bien conservadas de Ramsés II, del que se conocen tan pocas imágenes. Los romanos levantaron un fuerte alrededor del templo y los musulmanes erigieron en todo lo alto la mezquita de Abu al-Haggag, que aún está en uso.

  3. Templo de Hatshepsut

    Construido por Hatshepsut, este templo de finas líneas geométricas es radicalmente diferente a todos los otros, ya que no se hizo arrastrando piedras y levantando pilones y columnas, sino que fue excavado en la escarpadura de Deir el-Bahari, a espaldas del Valle de los Reyes. De alguna forma, refleja el refinamiento femenino, tanto en sus elegante líneas, casi modernas, como en las bellas pinturas polícromas de sus pórticos que relatan las expediciones comerciales de los egipcios a Somalia.

  4. El Ramesseum (Luxor)

    Al enorme templo conmemorativo de Ramsés II, Jean François Champollion, que descifró sus jeroglíficos, dio en llamarlo el Ramesseum, y así ha pasado a la historia. Su estado de conservación no es muy bueno, pero se ha hecho célebre por los restos de la estatua caída del gran coloso Ozymandias (Ramsés II) que medía 17,5 metros de altura e inspiró un poema sarcástico al escritor inglés Shelley. Los grandes Pilones de la entrada miden más de sesenta metros y están dedicados a relatar las hazañas militares del faraón.

  5. Templo de Medinat Habu (Luxor)

    Con el telón de fondo de las montañas tebanas, este magnífico templo conmemorativo levantado por Ramsés III es una joya escondida y poco visitada en la orilla occidental del Nilo. El primer Pilón (la fachada, para entendernos) está muy bien conservado y sus relieves representan al emperador como vencedor de varias guerras, sobre todo contra los libios. Llama la atención también una escena de escribas calculando el número de enemigos muertos por el número de brazos y genitales amputados. Dada su situación, alejada del trasiego de Luxor, es un lugar ideal para visitar a la puesta del sol.

  6. Templo de Jnum (Esna)

    A 54 kms. al sur de Luxor, Nilo arriba,muy cerca del embarcadero de Esna, se encuentra, hundido en un foso de nueve metros de profundidad, el templo de Jnum o, mejor dicho, una pequeña parte del mismo, la correspondiente a la época romana, ya que el resto aún permanece sin excavar. El techo está sustentado por 18 columnas con variados capiteles florales, hojas de palmera, capullos de loto… e incluso racimos de uvas. Lo más singular son los grabados de los muros, en los que puede verse a emperadores romanos haciendo ofrendas a los dioses locales vestidos como faraones.

  7. Templo de Horus (Edfu)

    Este templo, dedicado al dios halcón Horus, fue terminado por el padre de Cleopatra. Es mucho más moderno que los de Luxor y está espléndidamente conservado. Aparte de la magnífica estatua en granito negro del dios Horus en forma de halcón que se conserva en el patio de las ofrendas (la otra no resistió el paso del tiempo), lo más sobresaliente es el laboratorio, donde se elaboraban y almacenaban las recetas para la fabricación de perfumes e inciensos, cuyas fórmulas e ingredientes están detallados en las paredes.

  8. Templo de Kom Ombo

    Único en Egipto, este pequeño templo situado en una elevación junto al embarcadero, permanecía anegado por las aguas durante las crecidas del Nilo hasta que la construcción de la presa de Asuán reguló el caudal. Su singularidad reside en que consta de dos partes simétricas dedicadas a dos dioses diferentes, Sobek y Haroeris, cada una con su entrada diferenciada en un ala del edifico. En el interior se conserva un gran pozo que abastecía de agua al templo, así como un lago sagrado donde habitaban cocodrilos, el animal sagrado de Sobek. En un museo aledaño pueden contemplarse algunos ejemplares de estos animales momificados como si fueran faraones.

  9. Templo de Filae (Asuán)

    Todo es extraordinario en este delicioso templo dedicado a Isis, la diosa egipcia que llegó a ser venerada en todo el imperio romano, y situado en una islita entre la primera y la segunda presa de Asuán, desde la buganvillas que adornan su entorno hasta las maravillosas vistas que se disfrutan desde casi cualquier lugar. Lo más sorprendente, sin embargo, es que este templo fue deconstruido, piedra a piedra, en su emplazamiento original bajo las aguas de la presa y reconstruido en todo su esplendor en la islita de Agilkia,veinte metros más arriba.

  10. Gran Templo de Ramses II (Abu Simbel)

    El más extraordinario templo de Egipto se encuentra en las orillas del lago Nasser, a sólo 40 km. de la frontera con Sudán, en el conocido como valle de Nubia, que las aguas de la presa de Asuán anegaron por completo. El templo destaca por las cuatro estatuas colosales de Ramsés II, de más de 20 metros de altura, que guardan la entrada principal, situada entre las dos estatuas centrales. Ya se sabe que los templos egipcios no estaban destinados a glorificar a Dios, sino al faraón, aunque aquí, en el santuario más sagrado y profundo de este templo, Ramsés II permitió que la tríada de dioses de piedra que acompañan a su propia estatua fuera iluminados espectacularmente durante unos instantes por el primer sol de la mañana los días 22 de febrero y 22 de octubre de cada año. Un fenómeno que no deja de producirse puntualmente tres milenios después.

FUENTE: Ocholeguas.com  Texto | Fotos: Francisco López-Seivane

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