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Memoria de Estados Unidos en el Archivo de Indias

Plano del Fuerte de San Agustín

Plano del Fuerte de San Agustín

En el Archivo de Indias, inserto en el triángulo del mejor cahíz de la tierra, en el que se custodian más de 43.000 legajos, con unos 80 millones de páginas, y 8.000 mapas y dibujos, muchos de los cuales corresponden al territorio federado que hoy es Estados Unidos y a la epopeya de sus conquistadores y de las interacciones que se produjeron y que perviven después de más de 500 años desde que Ponce de León, en busca fabulada de la Fuente de la Eterna Juventud, tocara oficialmente el Domingo de Resurrección de 1513 las costas de una península rica en vegetación que se nombró Florida. Allí plantó la Cruz de Borgoña. La enseña española fue arriada, tras más de 300 años de permanencia hispana, en California en 1822.

A partir de la Florida, tierras sureñas bañadas por el océano Atlántico, se extendió la presencia española que puso en marcha el reloj para el nacimiento de un nuevo, enorme y prismático país 94 años antes de que los ingleses levantaran el fuerte de Jamestown y con un más de un siglo de adelanto sobre los peregrinos puritanos del «Mayflower» que partieron desde la Pérfida Albión y fundaron la colonia de Plymouth.

Tres siglos

Desde 1565, y de forma ininterrumpida durante 309 años, se desarrolló la acción de España en quince estados de los actuales EE.UU. —sobre todo en Florida, Luisiana, Nuevo México, Arizona, Colorado y California—, dejando una herencia tan rica como muchas veces ignorada, soslayada o, incluso, envuelta en la interesada leyenda negra de los conquistadores. Este reportaje acerca una muestra sucinta de las abundantísimas huellas guardadas en el fondo documental del Archivo de Indias ligadas la génesis histórica de los Estados Unidos de América, a cuya independencia España contribuyó decisivamente.

Fuerte de Santa ElenaFuerte de Santa Elena

La subdirectora del Archivo de Indias, Pilar Lázaro de la Escosura, y la jefa del Departamento de Conservación, Falia González Díaz, han sacado para ABC de Sevilla algunos de estos valiosísimos documentos en los que se escribió y se dibujó la imprescindible relación de los conquistadores españoles y de la herencia colonial de nuestro país en los Estados Unidos. En 2008, ambas comisariaron la exposición itinerante «El hilo de la memoria: 350 años de presencia en EE.UU.», en la que se daba cumplida cuenta del alcance e influencia de la presencia e influencia española en aquel país, «historia y herencia que han sido poco comprendidas por los norteamericanos y en gran parte desconocidas por los españoles»,

Siguiendo la cadena temporal, en el Archivo de Indias se conserva una carta de Ponce de León, fechada en 1521 en la que informaba del descubrimiento de la «isla» de Florida. Había vuelto a España tras pisar aquella nueva tierra y se disponía a emprender esta nueva aventura para conquistar y colonizar estos dominios, tarea que encontró una férrea resistencia de los indios y en la que perecería tras ser herido por una flecha.

Conserva el Archivo el dibujo sencillo y esquemático, el más antiguo que se conoce, de la costa del golfo de México, de la Florida a Nombre de Dios, con las zonas descubierta por Ponce, Juan de Garay y Diego Velázquez. De 1544 es otro mapa del golfo y la costa de Nueva España, atribuido a Alonso de Santa Cruz, en el que se añaden los ríos, poblaciones, minas y manadas de vacas. En aquellos años, el franciscano fray Marcos de Niza soñaba con las fabulosas e inexistentes siete ciudades de Cíbola, que la fantasía medieval situaba en algún punto de Nueva España, en un viaje junto a Vázquez Coronado (quien se toparía con el Gran Cañón del Colorado), que se quedó en espejismo. Pero ambos fueron los primeros en ver bisontes.

Los cíbolos

El dibujo del cíbolo (bisonte)El dibujo del cíbolo (bisonte)

Un ejemplar de estos animales, a los que los españoles llamaron cíbolos o vacas de Cíbola, fue dibujado por el sargento mayor Vicente de Zaldívar. Eran los bisontes alimento y fuente de calzado, vestido, punzones e instrumentos para los nativos de la tierra, que no conocieron hasta la llegada de los conquistadores españoles el caballo, cabalgadura para los futuros cowboys del Far West, y, convertidos en cimarrones, los mustang que montaban a pelo los indios. A título histórico y anecdótico hay que citar que el Archivo de Indias posee un informe en el que se relata el asentamiento en Kentucky de Daniel Boone, cuyo trasunto televisivo recordarán tocado con un gorrito de mapache muchos cincuentañeros por la serie que emitió TVE en 1966.

En La Florida fundaría el adelantado Pedro Menéndez de Avilés en 1565 la que se ha considerado la primera ciudad de Estados Unidos: San Agustín, un fuerte al que se unió el de Santa Elena (1566), cuyos restos han hallado recientemente los arqueólogos en Carolina del Sur y que ahora se reivindica como la «primera capital» de la Florida, considerando que el primero de los citados sólo un puesto militar. De ambos conserva planos el Archivo de Indias, además de un documento autógrafo sobre los grandes daños y muertes de españoles que causaban los indios, por lo que el adelantado pedía vía libre para reducirlos a la esclavitud.

Mapa del Missisippi y sus asentamientosMapa del Missisippi y sus asentamientos

De esta enorme fuente documental del Archivo de Indias, nos muestran un maravilloso mapa del río Mississippi, descubierto por Hernando de Soto en 1541. El mapa, de 1699, que fue dedicado por el barón galo de Lahontan al duque de Jovenazo, embajador español en Lisboa, recoge en tinta y aguada de colores la situación de los países, los asentamientos indígenas y los afluentes y detalles de aquel enorme cauce fluvial.

A lo largo de este espacio temporal, además de los portugueses, se produjo la masiva llegada de Inglaterra y Francia a América del Norte. La pugna por el territorio estaba servida. Y, sobre todo, la lucha de las trece colonias británicas contra el Imperio de Su Majestad, que desembocó en la Declaración de Independencia el 4 de julio de 1776. España jugó un papel decisivo, aportando dinero y suministros y su gobernador en Luisiana, Bernardo de Gálvez, fue una de las figuras claves en el freno contra la dominación inglesa y el apoyo a los rebeldes.

El «spanish dollar»

En el Archivo se guardan, entre otras piezas documentales, su escudo de armas, la cédula de nombramiento, cartas… Al mismo año de la Declaración de Independencia corresponde un que billete de cuatro dólares. Se emitió el 2 de noviembre en Filadelfia y en él reza que «da derecho al portador a recibir cuatro monedas de dólar español. Las entonces «Colonias Unidas» emitieron un total de 226 millones de dólares españoles, el «spanish dollar», moneda del nuevo país. Benjamin Franklin ideó un proceso en el que se añadían copos de mica y fibras azules al papel para evitar falsificaciones, reforzado por dibujos de hojas en el reverso difíciles de reproducir. De otro de los padres de la patria, George Washington, primer presidente de EE.UU., posee el Archivo una carta a los jefes, capitanes y guerreros de la nación Chocktaw.

Billete de cuatro dólaresBillete de cuatro dólares

Otra joya entre estos documentos es el Tratado de Nogales de 1793, por el que el Rey de España y emperador de las Indias, Carlos III (a la sazón creador del Archivo de Indias), firmaba un tratado de amistad con las tribus indias Chicacha, Creek, Talapuches, Alibamons (de la que proviene el topónimo de Alabama), Cherokee, Chacta, entre otras naciones indígenas de Florida y Luisiana. Este tratado, en el que pueden verse las rúbricas con símbolos y grafías indias, se firmó en un congreso convocado por el barón de Carondelt, ilustrado español que fue gobernador de Luisiana y Florida Occidental entre 1791 y 1797. En el Archivo de Indias se custodia, igualmente, el Título de Gran Medalla concedido por Carondelet al indio Opoyé Mingo, de la nación Talapuche, con un grabado alusivo a tal momento.

Fuente: ABC de Sevilla

Cuando España perseguía a los piratas

España sabe mucho de piratas. De enfrentarse con ellos, perseguirlos y darles caza al precio que fuera. Y también de acceder a sus pretensiones, que en la América hispana se sustanciaba en el Tributo de Quema exigido a las ciudades porteñas si no querían arder pasto de las llamas y que en nuestros días se materializa en forma de millonarios rescates pagados en dólares.

La exposición ‘Mare clausum, mare liberum’ que se mostró en 2009 en el Archivo General de Indias se lanzó al abordaje de la piratería en la América española prácticamente desde que se difundieron las riquezas descubiertas en el Nuevo Mundo.

A través de 170 documentos se rememoran los ataques piratas al tráfico marítimo a menos de cien pasos de la plaza de San Francisco donde se ajustició al general de la Flota de Indias Juan de Benavides Bazán el 18 de mayo de 1634 por haber abandonado sin entablar combate en la bahía de Matanzas (Cuba) el cargamento de 70 toneladas de plata, 60 kilos de oro puro y varios cofres todo por valor de 15 millones de florines que transportaba el convoy real en 1628.

El episodio habla de la dureza con que se castigaba los pusilánimes o a los entreguistas, pero también de la diversidad de ángulos desde los que enfocar la cuestión: la cobardía que el almirante pagó con su vida se trocó en admiración en el caso de el pirata Piet Heyn, que dirigió el asalto, idolatrado en su país por hacerse con la ‘Golden Bird’, como se conocía en Europa a la flota de Indias, hasta el punto de convertirse en inspiración de canciones infantiles: «¡Piet Heyn! Su nombre es corto / su hazaña, magna / fue quien capturó / la flota de la plata».

[foto de la noticia]

La muestra repasó en diez expositores una historia que se inició en 1522 cuando el conocido en España como Juan Florín, genovés bajo pabellón francés, arrebató el tesoro de Moctezuma que Hernán Cortés enviaba a Sevilla gracias a la interceptación de las cartas de marear. La mayoría de los primeros piratas galos eran fanáticos hugonotes deseosos de hostigar a la Marina de Su Majestad Católica lo que, en un arriesgado paralelismo, podría representar hoy en día la amenaza de Al Qaeda para los gobiernos occidentales.

Un fenómeno extenso en espacio y tiempo

Ese fue precisamente el interesante punto de partida de la exhibición, resumido en esta frase de uno de los primeros paneles a la vista del público: “Los piratas no sólo han existido en América, sino en todas las épocas y lugares. Han sido de todas las nacionalidades y razas”.

Incluso los españoles otorgaron patentes de corso (de ahí el nombre de corsarios para designar a las flotas no regulares que compartían el botín con el Gobierno que los autorizaba a actuar contra potencias enemigas) en 1674 en un intento a la desesperada por frenar la actividad de los filibusteros en Jamaica y las Antillas.

El nombre de la exposición sugiere, de entrada, que si los españoles sufrieron los ataques piratas fue porque consideraron el Atlántico como un mar propio (mare clausum, mar cerrado en latín) donde ningún barco sin autorización de la Corona podía comerciar.

Frente a esta tesis se alzaban quienes, como el holandés Hugo Grocio en su tratado ‘De iure parede commentarius’ de 1609, consideraban que las aguas debían ser libres para quien quisiera establecer relaciones comerciales. El debate se mantiene hasta la actualidad en torno a las aguas jurisdiccionales en disputa, como ocurre con el peñón de Gibraltar.

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Precisamente Inglaterra tomó el relevo de Francia cuando las relaciones con ésta se recompusieron tras la firma de la paz de Cateau-Cambrésis. El primer navío inglés pirata registrado atacó la isla de la Mopna, entre las Antillas mayores de La Española y Puerto Rico.

Un nombre sobresale de esa primera época corsaria, tan idolatrado en Gran Bretaña como vilipendiado en España: Sir Francis Drake, quien logró culminar la segunda vuelta al mundo gracias al secuestro del piloto portugués Nuño de Silva atravesando el océano Pacífico al que llamaban el Mar Español.

Precisamente ese distinto enfoque a la hora de considerar las hazañas o vilezas de los piratas es común a todas las naciones, según de qué lado se encuentren en la cambiante línea de la legalidad del derecho marítimo.

Doctrina de ‘Guatarrala’

La ‘pérfida Albión’ se sometía a la doctrina que expresaba con insuperable lucidez otro ennoblecido asaltador del océano, sir Walter Raleigh, conocido por los españoles como el pirata Guatarrala por corrupción fonética de su apellido: «Quien quiera que domine el mar, dominará el comercio; quien quiera que domine el comercio del mundo dominará sus riquezas y, por ende, el mismo mundo».

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España tenía que preservar su dominio del Nuevo Mundo consagrado en el Tratado de Tordesillas con cuyo facísimil se abre la exposición para situar al visitante en el reparto a ciegas del continente recién descubierto decretado por bula papal en favor de España y Portugal.

A tal fin consagró una ingente cantidad de recursos y esfuerzos bélicos: fortificando hasta hacer aparentemente inexpugnables las principales ciudades costeras (desde Cartagena de Indias a Portobelo), desarrollando un sistema de cifrado secreto para transmitir las órdenes y obligando a hacer el tornaviaje en convoyes escoltados por navíos de guerra navegando siempre a barlovento para poder maniobrar en auxilio de los mercantes.

Cuando todo ello resultó ineficaz para acabar con la acción de los piratas –de lo que también pueden extraerse enseñanzas históricas muy de actualidad-, España se vio obligada a abandonar territorios, las llamadas «islas inútiles» caribeñas que se convirtieron en guarida de gente de la mar de la peor estofa agrupados en la Cofradía de los Hermanos de la Costa en la isla Tortuga, por ejemplo.

A finales del XVII, un pirata versado en la escritura, Alexander Olivier Exquemelis, fijó en el imaginario colectivo la identidad del filibustero como hombre no sujeto a ley (esa parece ser la etimología de la palabra) que no se rinde ante nadie. Los escritores románticos terminaron por acuñar el mito que ha pervivido hasta nuestros días.

‘Atrezzo’ de la piratería

Las patas de palo -el primer pirata con esa prótesis fue el francés François Le Clerc que atacó Puerto Rico en 1554-, los parches en el ojo, los garfios en los brazos y los loros en el hombro han llegado amplificados por novelas y películas que ocupan, en un simpático guiño, el último espacio expositivo de la muestra.

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Desde ‘La Dragontea’ de Lope de Vega, publicada en 1598, al barco de juguete de los Click, la piratería sigue bien presente en el ideario cultural colectivo siendo así que su actividad ilegal contra el tráfico marítimo sigue vigente, como acertadamente recuerda el último mapa de la exposición.

Tres siglos de historia de España apretados en un puñado de documentos (cartas, cédulas, relaciones, mapas, croquis) que sorprenden no sólo por su calidad sino por la exhaustiva maquinaria burocrática de la Corona españolaque todo lo anotaba, todo lo auditaba y todo lo supervisaba.

Junto a la impresionante documentación, dos modelos de naves construidas para el pabellón de la Navegación de la Expo 92, dos piezas cerámicas de la colección de Montpensier y varias maquetas del Museo Militar en préstamo sirven de contrapunto a la sucesión de vitrinas con legajos.

Gracias a esa minuciosidad, las comisarias Falia González Díaz y Pilar Lázaro de la Escosura han podido reconstruir la historia de la piratería sin tener que salir del Archivo de Indias como ya hicieron en 2008 con la huella española en Estados Unidos.

Fuente: elmundo.es

Cazatesoros en el Archivo de Indias

El caso Odyssey se gestó en el Archivo de Indias. La empresa norteamericana especializada en la explotación de restos submarinos contrató a un grupo de investigadores sevillanos, cuyo trabajo entre los legajos fue imprescindible para encontrar la ubicación más o menos exacta de la fragata Nuestra Señora de las Mercedes. El buque se hundió el 5 de octubre de 1804 frente a la costa del Algarve tras recibir un cañonazo inglés. El barco iba cargado con casi 600.000 monedas de oro y plata. Cuando Oddysey anunció, en mayo de 2007, que había encontrado a la Mercedes y se apropió ilegalmente de su carga, sus acciones en la Bolsa duplicaron su valor. Tras un largo proceso judicial que acabó en 2012, España recuperó el tesoro.

Clave para ello fue la investigación realizada por los agentes del departamento de Patrimonio Histórico de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil. Para evitar un nuevo caso Odyssey, el instituto armado está intensificando la vigilancia sobre el Archivo de Indias, por donde todos los cazatesoros han de pasar obligatoriamente si quieren encontrar la pista de algún barco español hundido hace siglos.

El pasado martes, los guardias civiles de esta unidad visitaron el Archivo de Indias en compañía de colegas de Alemania, Bélgica, EEUU, Francia, Holanda, Italia, Portugal, Reino Unido y Rumanía. Policías de todos estos países participan esta semana en unas jornadas internacionales de lucha contra el tráfico ilícito de bienes culturales, que se celebran en la Fundación Cajasol.

“Nos preocupa mucho la arqueología subacuática, en la que trabajamos desde finales de los noventa. El primer paso que tiene que hacer una empresa cazatesoros es irse a los archivos, para localizar los barcos hundidos. El de Indias es el archivo más importante del mundo para conocer ese tráfico de barcos, no sólo a América sino a Asia. Lo primero que hace un expoliador es ir a los archivos. Nosotros debemos intentar detectar a los sospechosos e intentar controlar si entran o lo hacen a través de terceras personas. Ése es el primer paso de nuestro trabajo con el Archivo de Indias”, explicó ayer el teniente coronel Jesús Gálvez, jefe del departamento de Patrimonio Histórico de la UCO.

El responsable de la Guardia Civil explicó que en la mayoría de las ocasiones, como ocurrió en el caso Odyssey, las empresas cazatesoros contratan a investigadores locales, que no suelen saber para quién trabajan ni con qué fines se utilizará después el resultado de su investigación. La mayoría de los historiadores que trabajan en el Archivo de Indias suelen hacerlo por encargo, en gran parte de otros investigadores que residen en América y a quien les hace falta consultar algún documento que se guarde en Sevilla.

“Nosotros conocemos, a través de nuestros servicios de inteligencia, quiénes son las personas que pueden venir a consultar documentos. Intentamos detectar si entran ellos o bien lo hacen a través de terceras personas. No es fácil”, apunta el teniente coronel Gálvez, que destaca que la colaboración con el Archivo de Indias es muy estrecha. “La dirección y los propios trabajadores son los más interesados están en que no se utilice el Archivo para fines ilícitos”.

El caso Odyssey no es el único en el que el trabajo de la Guardia Civil ha servido para abortar algún intento de expolio submarino. “En el mar de Alborán hemos parado la actividad de buques cazatesoros. La costa andaluza es rica en barcos hundidos, muchos de ellos con tesoros. Las zonas en las que están se vigilan permanentemente con patrullas marítimas, helicópteros y aviones. Sabemos los puntos donde hay tesoros para rechazar empresas cazatesoros, pero sabemos que lo volverán a intentar. Una vez que han llegado hasta esta fase, lo fácil es sacar el tesoro del mar. Lo difícil es obtener la información del barco y luego buscarlo. Esas dos fases son largas y costosas”, añade el jefe del departamento de delincuencia especializada de la UCO, Manuel Sánchez.

Cuando los tesoros expoliados consisten en monedas, estas piezas tienen una fácil salida al mercado. “Las monedas son fácilmente vendibles y muy difíciles de rastrear. Cuando son sacadas de su contexto es casi imposible averiguar su origen. Doblones hay miles”, explican los guardias de la UCO. El valor del tesoro del Odyssey era incalculable, pero la empresa obtuvo una fortuna con las acciones en la Bolsa, que se vendieron al doble de su valor cuando la compañía estadounidense anunció que había sacado las monedas del fondo del mar.

La mayoría de las obras de arte que se roban en España terminan en EEUU. “El mercado americano compra de todo, porque no tiene historia. En EEUU hay dinero y deseo de tener antigüedades. Es un mercado muy potente y la colaboración que tenemos con las autoridades americanas es muy buena. En los dos casos importantes que hemos tenido con ellos hemos podido recuperar las piezas. A la justicia americana, si le presentan las pruebas, no le duelen prendas en devolver los tesoros”, exponen los responsables del instituto armado.

Los dos casos a los que hacen referencia son los del Odyssey y el de un tapiz que fue robado de una iglesia de Roda de Isábena, un pequeño pueblo de Huesca, en el año 1979. El robo lo cometió Erik el belga, uno de los mayores ladrones de obras de arte del mundo. En 2010 la Guardia Civil supo que iba a venderse en una casa de subastas de Bélgica. Los agentes dieron el aviso a sus colegas belgas pero cuando éstos intervinieron el tapiz había sido comprado por un coleccionista norteamericano. El instituto armado inició entonces una investigación para demostrar que ése y no otro era el tapiz robado en Huesca. Hubo que comparar la pieza con fotografías de los años 1920 y 1950 y se desplazó una experta de Patrimonio Nacional a EEUU para hacer un peritaje. La obra finalmente volvió a España.

Otra vertiente del trabajo de la UCO es la lucha contra los expoliadores de yacimientos, que desde los años ochenta buscan por el campo con detectores de metales. La presión de unidades como el Seprona sobre el terreno -que realiza cada año entre 500 y 600 intervenciones- ha llevado a los buscadores sevillanos a emigrar a otras zonas de España, a “hacer las mesetas”, como se conoce en el argot policial.

“Hemos recuperado entre el 70% y el 80% de las piezas robadas”
La unidad de Patrimonio Histórico de la UCO de la Guardia Civil ha recuperado aproximadamente entre el 70% y el 80% de las obras de arte robadas. “Hablamos de aquellas que estaban inventariadas, de los robos en iglesias principalmente, puesto que en un yacimiento, al no haber inventario, no puede saberse lo que se han llevado”, apunta el teniente coronel Gálvez. “Es un trabajo de años. La obra se roba y está oculta, pasa a una colección privada. El dueño antes o después fallece, y los hijos pueden continuar con la colección o venderla. Es ahí cuando la pieza sale al mercado y cuando nosotros podemos recuperarla”. Para ello es indispensable un inventario con la descripción del objeto y una fotografía. “La Iglesia lleva haciendo inventario desde hace mucho. Lo que ocurre es que es un proceso muy costoso. Hay muchos pueblos de Castilla y León que tienen más bienes de interés cultural (BIC) que habitantes. Y luego hay miles de obras que no son BIC pero son valiosas, que tienen menos protección y son las que más se roban”.
Fuentes: FERNANDO PÉREZ ÁVILA SEVILLA  diariodesevilla.es

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