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La derrota rentable de 1714

Vista del puerto de Barcelona con Montjüic y Montserrat en un grabado del siglo XVIII.

La victoria borbónica en la Guerra de Sucesión (1701-1714) tuvo consecuencias económicas favorables para Cataluña a largo plazo. Tras la crisis que siguió al conflicto, la economía catalana experimentó un duradero proceso de crecimiento. En palabras de Carlos Martínez Shaw: “El siglo XVIII discurre para Cataluña bajo el signo de la expansión. Crecimiento de las fuerzas productivas, acusada movilidad social, progresiva estabilidad política tras la crisis de 1714, creatividad cultural en los distintos campos”.

A fines del siglo XVIII, la población catalana había crecido un veinte por ciento más que la media española y casi un cincuenta por ciento más que la de las dos Castillas. Sus tres provincias costeras tenían una densidad de población semejante o superior al grupo, mayoritariamente periférico, de las más densas. Hacia 1787, la densidad urbana catalana era la más alta de España -duplicaba la media nacional- tras Madrid. La ciudad de Barcelona triplicó su población en el siglo XVIII, pasando de menos de 40.000 habitantes a 130.000.

Su crecimiento supera al de Madrid, el núcleo urbano más poblado de la época, y al de las principales ciudades españolas (Sevilla, Valencia, Cádiz, etc.). La densidad de población de la provincia de Barcelona se situaba también entre las altas. La extensión y la intensificación de los cultivos se dejaron ver a lo largo y ancho de la geografía catalana. En 1797, la distribución sectorial de la población activa situaba a Cataluña en cabeza -veinticinco por ciento frente a una media nacional del quince- en lo que a empleos manufactureros se refiere. Sobran los indicadores de la pujanza comercial de Barcelona y de su diversificación económicas, de las que también disfrutan las otras provincias marítimas catalanas.

Cédula de Carlos III prohibiendo la importación de manufacturas textiles, el 14 de julio de 1778.

No faltan pruebas de una política borbónica para favorecer a los sectores económicos catalanes -como la prohibición de importar productos de algodón decretada por Carlos III en 1771.

Los logros culturales no escasean: hay destacados catalanes en campos que abarcan desde la Medicina (Casal, Gimbernat, Parés i Franqués, Salvà i Campillo y Virgili) y otras disciplinas científicas al Derecho (Finestres y Llàtzer de Dou) y la Economía (Capmany), pasando por artes diversas (los músicos Valls, Picanyol y Romero y los pintores Giralt, Molet y Rodríguez, entre otros). Felipe V fundó en 1717 la Universidad de Cervera. En los planos artístico y científico, el contraste entre la Cataluña del siglo XVIII y la de los dos siglos anteriores es probablemente mayor que en ninguna otra parte de España.

Rincones del imperio

La novedosa y creciente presencia de súbditos del Principado en todos los rincones del imperio, especialmente comerciantes, es indudable. Se ha registrado el establecimiento, entre 1778 y 1820, de 1.263 comerciantes catalanes en la América española. Ese dato subraya la capacidad catalana para la extroversión económica en el marco de las nuevas oportunidades de negocio aparecidas dentro de la globalizada Monarquía Hispánica tras la derrota austracista.

El esplendor catalán del siglo XVIII no tiene parangón desde la Edad Media. Las opiniones de dos historiadores económicos, Jaume Vicens Vives y Pierre Vilar, así lo avalan. Vicens fue el iniciador de la brillante escuela histórico-económica catalana de la segunda mitad del siglo XX (Nadal, Fontana, Feliu, Torras, Maluquer, Sudriá, Carreras y otros muchos).

Cuando publicó, en 1958, su monumental Historia económica de España, manual de generaciones de historiadores y economistas españoles, aún útil, no compartía esa visión idílica de la Cataluña anterior a la Guerra de Sucesión que hoy presentan algunos historiadores, ni hace suya una visión negativa del absolutismo borbónico: “El influjo francés, que se manifiesta en la intelectualidad, la moda, el gusto, la técnica y la economía, tiende a llenar el vacío que ha dejado en España el fracaso de la política de los Austrias. Y a colmarlo no sólo con soluciones francesas, sino con las europeas de las que aquéllas son igualmente portadoras. En definitiva, una concepción europea de la vida va a intentar modificar e incluso sustituir la mentalidad española moldeada por la Contrarreforma”.

Al contrario, hace un balance económico favorable para Cataluña en el siglo XVIII. Ello no le impide hacer una observación atinada, aunque de interpretación un tanto equívoca, sobre la que volveré: “El renacimiento económico de Cataluña data de 1680 y está más ligado al cacao de Venezuela y al azúcar antillano que a la tinta de las reales cédulas madrileñas”.

Progreso

Su llamada de atención sobre la recuperación económica de Cataluña da entrada a la monumental obra de otro de los grandes clásicos de la historia económica de nuestro país: Cataluña en la España moderna, de Pierre Vilar.

El autor hace una visión general optimista del devenir económico durante el siglo que sucede a la pérdida de “leyes, libertades y garantías”: “El ‘crecimiento’ observado en la parte principal de esta obra es, en el siglo XVIII, el del grupo humano catalán: número de habitantes, extensión e intensificación de los cultivos, reconquista de antiguos medios de irrigación, instalación de otros nuevos, incorporación al trabajo de una masa antes inactiva, comercialización creciente de los productos, conquista de un mercado, nacional para algunos, colonial para otros, acumulación de esos beneficios coloniales, crecimiento de diversos tipos de ingresos, inversiones productivas, creaciones productivas, aparición, a partir de capas medias de campesinos, marinos, artesanos, comerciantes, de una nueva clase dirigente, creciente peso de la región en el complejo español”.

Sobre la base del progreso agrario, manufacturero y comercial del Setecientos, Cataluña acabó convirtiéndose en la primera región industrial de España. El rápido despegue de la industria en este territorio se produce en las dos décadas que siguen a la Primera Guerra Carlista. Se sobrepuso al incendio, en 1835, de la Fábrica Bonaplata, la primera instalación industrial moderna en España. Bonaplata procedía de una familia de fabricantes de indianas y contaba con buenas conexiones con el Gobierno español, que apoyó su iniciativa empresarial mediante exenciones de derechos arancelarios a la importación de maquinaria y otras medidas.

Los años desde 1841 a 1857 serían los “de la revolución industrial”, a juzgar por la formación de sociedades industriales en Barcelona. A mediados del siglo XIX, Cataluña, y en particular la Ciudad Condal, monopolizaba la producción del subsector más estrechamente asociado a la revolución industrial: el textil algodonero.

Para entonces, un proceso iniciado en la segunda mitad del siglo anterior había consolidado entre los industriales catalanes la idea de que “el prohibicionismo es el sistema verdaderamente nacional”, español se entiende. Para Vicente Pérez Moreda: “La polémica librecambio-proteccionismo fue el debate más largo y más virulento de todos los que presenció la política económica española en el siglo XIX”. Los Gobiernos de Madrid se mostraron siempre (arancel prohibicionista del Trienio Liberal y los muy proteccionistas de 1841 y 1849) sensibles a unas peticiones que unían a empresarios y trabajadores textiles catalanes. Pero no solo a las suyas, sino también a las no menos exigentes planteadas por los intereses trigueros del interior peninsular y los industriales vascos. Fue un brillante catalán, Laureano Figuerola, quien intentó sin éxito liberalizar el comercio exterior español en 1869.

Sobre esa base, la segunda revolución industrial dejó una fuerte impronta en Cataluña. Muchas destacadas empresas en los nuevos sectores de la metalmecánica (maquinaria, construcciones metálicas, material ferroviario, automóvil, aeronáutico y equipos eléctricos), la química (ácido sulfúrico, carburo, superfosfatos y rayón) y el cemento, se instalaron en Cataluña, aunque factores diversos, donde destacan el ferrocarril y la electricidad, habían ido reduciendo algunas de las ventajas competitivas de la Cataluña decimonónica y reverdecido el hasta entonces casi desértico panorama de la industria moderna en la mayor parte del resto de España. La protección del mercado nacional frente al exterior(aranceles de 1891, 1906 y 1922, impulsado este último por el catalán Cambó) se vio reforzada, especialmente en la década de 1920, por cierto activismo industrial del Gobierno español.

Todavía en pleno franquismo, como prueba la corriente migratoria desde otros puntos de España, Cataluña concentraba buena parte de la actividad industrial y gozaba de niveles de vida comparativamente elevados. La democracia, que ha venido acompañada de la descentralización, la apertura exterior, la liberalización y la progresividad fiscal asociada a la expansión del Estado del bienestar, parece haber sido menos favorable para la economía de Cataluña que otras épocas.

Quizá por ello, la hipótesis de que una Cataluña fuera de España hubiera tenido un mayor éxito económico gana adeptos entre los secesionistas. Su aceptación no debería basarse en posicionamientos políticos a priori. El ejercicio académico resultará complicado técnicamente, si alguien se atreve a hacerlo. A la espera del mismo, parece insostenible que la región haya sido expoliada secularmente por el resto de España. Esta proposición contrasta con el duradero, aunque no siempre exclusivo, liderazgo económico catalán en España.

El peso de la geografía

Las claves del éxito catalán en la España moderna tardía y contemporánea son diversas. Algunas son autóctonas e independientes de la Guerra de Sucesión. Otras no. Estas se relacionan con los resultados del conflicto, en particular con laplena integración económica de Cataluña en la Monarquía Hispánica. Una entidad política de dimensiones económicas mucho mayores y de la que, hasta fines del XIX, formaron parte territorios ultramarinos incluso después de la pérdida de la mayoría de la América española, consumada ya a mediados de la década de 1820. Las políticas económicas de los Gobiernos españoles en ningún caso persiguieron perjudicar a Cataluña, aunque solo fuera por su condición de primera región manufacturera e industrial.

Empecemos por la geografía. Vilar señala ventajas naturales ya perceptibles en la “joven potencia medieval”: constituir una “formación pirenaico-mediterránea” fundada sobre vías transversales (los ríos Cardoner, Llobregat, Congost-Ter y Fresser) con capacidad para intermediar entre Iberia y el mar y entre Iberia y Europa. Más tarde, el fácil acceso al mar de buena parte del territorio catalán fue y sigue siendo una ventaja natural incuestionable que resalta los obstáculos del centro peninsular. Vilar subraya otra singularidad geográfica favorable: “El caleidoscopio catalán podrá parecer, al viajero procedente de la Iberia interior, menos poderoso y atractivo. ¡Pero cuánto más rico en posibilidades!”.

Vilar no veía la geografía como un destino inevitable, pero no olvidó señalar el contraste entre las “vocaciones económicas” de Cataluña y la España interior (Castilla y Aragón) que surgía de la “variedad” de la primera frente a la “monotonía” de la segunda.

Cercanía al mar

Más recientemente, Maluquer ha resaltado la importancia de la cercanía al mar y de las adecuadas condiciones climáticas y edafológicas de las comarcas productoras de vino y aguardiente. La producción de ambos y su exportación a Gran Bretaña y Holanda tuvo un destacado papel en la recuperación económica catalana de finales del siglo XVII. También lo tuvo en la expansión de la segunda mitad del siglo XVIII, cuando se comercializaron en otros territorios españoles y americanos de la Monarquía Hispánica y en el extranjero.

Los efectos de arrastre de la ascendente vitivinicultura orientada al mercado no fueron despreciables: incremento de la demanda de productos manufacturados de inversión y de consumo; potenciación del comercio, los servicios financieros y el transporte terrestre y marítimo.

Este autor también subraya las ventajas de la vecindad con Francia: exportaciones de vino con motivo de la filoxera (1868-1890) y de corcho durante un período mucho más dilatado; contrabando de bienes, incluidos los de alto contenido tecnológico; acceso a información económicamente útil; llegadas de inversión directa extranjera y de emprendedores y técnicos foráneos; recepción de turistas; plataforma exportadora al “Gran dorsal” europeo desde la integración española en la economía continental. En resumen: “El carácter de territorio de frontera no ha sido, probablemente, el factor determinante de la modernización económica de Cataluña, pero parece evidente que ha contribuido a ella de un modo más que sobresaliente”.

Desde la “unificación” peculiar entre las coronas de Aragón y Castilla durante el reinado de los Reyes Católicos, los gastos de la defensa española en el Mediterráneo recayeron desproporcionadamente en los habitantes de la segunda. A diferencia de las guerras de Flandes, las del Mediterráneo, herencia geoestratégica de la Corona aragonesa, reciben escasa atención en las explicaciones sobre la decadencia que sufrió España a mediados de la Edad Moderna.

Expansión otomana

La expansión otomana por el Mediterráneo oriental y el norte de África y la de las coronas de Castilla y Portugal por América y Asia dejaron “fuera de juego” a polos económicos, como Barcelona, de indudable esplendor medieval. Sin la proyección peninsular y americana favorecida por las reformas borbónicas, la suerte de Cataluña habría resultado, por contraposición a Holanda e Inglaterra, afectada por la de una zona del mundo en decadencia económica y política. Y por ello privada del acceso a los mercados abiertos previamente por la Corona de Castilla más allá de las Columnas de Hércules y que tanto se expandieron a lo largo del siglo XVIII.

Incluso en el XIX, los restos ultramarinos del Imperio español, como Cuba y Filipinas, fueron de importancia para la economía catalana.

Si la geografía cuenta para explicar el éxito catalán, también lo hacen otros factores de índole histórico-institucional. Uno es la herencia tardo-medieval que hizo posible que el campesinado accediera al usufructo del suelo a largo plazo en condiciones favorables para el progreso agrícola, pues estimulaba el acceso al crédito y la especialización productiva orientada al mercado de algunas zonas geográficamente favorecidas.

La explicación “igualitaria” del temprano progreso económico catalán propuesta por Maluquer goza de amplio consenso. Así, una distribución de la propiedad de la tierra menos concentrada, resultante de la guerra remensa, desde fines de la Baja Edad Media habría hecho participar a sectores más amplios de la sociedad catalana de los beneficios de la expansión vitivinícola. Ello habría permitido una mayor demanda regional de las nuevas manufacturas textiles, que se vio atendida por la adaptativa estructura económica catalana del siglo XVIII.

El progreso manufacturero hundiría sus raíces en una distribución de la renta y la riqueza menos concentrada que en el resto de España. El contrapunto andaluz suele asomar en esta línea de razonamiento. La explicación histórico-institucional no carece de verosimilitud. Pero cabe dudar de que sea la “explicación”, aunque contribuya a ella.

Por un lado, resulta improbable que la demanda catalana -un millón de habitantes frente a los más de dos y de 20, respectivamente, de Holanda y Gran Bretaña, que tenían bastante más renta per cápita- hubiera bastado para poner en marcha un proceso de industrialización que nunca pudo prescindir del mercado ofrecido por los restantes territorios de la Monarquía Hispánica en España, América y Asia.

Convendría no exagerar la influencia de la distribución “igualitaria” de la renta en la industrialización. Por lo que sabemos, la desigualdad de Holanda, en 1732 y 1808, era mayor que la de la “Vieja Castilla” en 1752, y la de Inglaterra solo un poco menor, en 1759, y, en 1801, casi idéntica.

Se debe atribuir una parte no despreciable de los logros catalanes a algunas medidas de la política económica borbónica, que hizo que no toda “la tinta de las reales cédulas madrileñas” careciese de incidencia sobre esos factores del renacimiento económico catalán que mencionaba Vicens: el “cacao de Venezuela” y el “azúcar antillano”.

Supresión de aduanas

La supresión de aduanas interiores entre Castilla y Aragón -unos seis millones de habitantes frente a uno y medio, respectivamente, al poco de finalizar la Guerra de Sucesión- permitió el libre acceso al mercado castellano de la producción catalana y ofreció oportunidades desconocidas para los productores y comerciantes catalanes. Las botigues se establecieron en buena parte de la geografía española. Las uniones aduaneras favorecen más a sus integrantes de menores dimensiones iniciales, como era el caso de Cataluña.

Crucemos ahora el charco. Los productos catalanes comenzaron a llegar indirectamente a la América española -su población pasó de unos diez a unos veinte millones de habitantes entre 1700 y 1820- a través de Cádiz.

En el año 1755 fue autorizada la Real Compañía de Comercio de Barcelona a Indias, a la que el Gobierno concedió algunos de los privilegios de que gozaban empresas semejantes en la Europa moderna, al tiempo que limitó geográficamente sus actividades (Santo Domingo, Puerto Rico y La Margarita, y más tarde, Cumaná). Las medidas de liberación del comercio con América de 1765, 1778 y 1789 no hicieron sino ampliar la proyección americana de la economía de Cataluña, en especial la de sus comarcas marítimas.

Mercados emergentes

Puede discutirse si el mercado hispanoamericano fue decisivo para la moderna manufactura algodonera catalana, pero no que fuera irrelevante. Ni mucho menos lo fue para el sector vitivinícola y el de servicios marítimos (transporte, seguros, banca y construcción naval). Los efectos de la nueva situación creada por la política del reformismo borbónico fueron, para Maluquer, inequívocos: “Los mercados emergentes del otro lado del Atlántico contribuyeron, además, a potenciar el crecimiento agrícola y éste impulsó la producción de manufacturas y el progreso del conjunto de la economía”.

Con la libertad de comercio de granos establecida por Carlos III en 1765, Cataluña vio facilitada la importación de trigo extranjero más barato y, con ello, el aumento de su especialización en otros productos agrícolas y manufactureros y en los servicios.

La reforma fiscal representada por la introducción del catastro en 1716 trajo una simplificación y modernización impositiva. Si, inicialmente, la reforma incrementó la presión fiscal, no ocurrió lo mismo en el largo plazo. Como el cupo asignado a Cataluña no experimentó más que escasas y menores alteraciones al alza, el aumento de la población y el crecimiento económico acabó reduciendo la presión fiscal, especialmente en las provincias costeras.

Existían otros impuestos de evolución diferente, lo que debería conducirnos a no exagerar las ventajas fiscales de la Nueva Planta, como sugiere Ruiz. Pero evitar la exageración no implica negar los beneficios del modelo fiscal catalán del siglo XVIII. Mientras que Cataluña fue incrementando los beneficios derivados de un creciente acceso a los mercados de la Monarquía Hispánica en España y América, su contribución fiscal al aumento de los costes de preservación de los mismos -gastos en Ejército y Marina incluidos- fue menor que la de otros territorios.

Cataluña debe buena parte de su éxito económico en la España moderna a factores autóctonos. Otra parte no menor se debe a consecuencias positivas derivadas de la Guerra de Sucesión y de la política del reformismo borbónico.

Como recuerda Pérez Moreda, los logros económicos catalanes durante el siglo XIX no impidieron que la pérdida de las últimas colonias en 1898 fuera, para figuras del pensamiento como Ortega y Gasset y Ramón y Cajal, la causa principal del desapego de sectores de la sociedad catalana hacia España en los comienzos del siglo XX. No parece que la proximidad temporal entre la pérdida de los últimos mercados ultramarinos y el fortalecimiento del catalanismo político sea casual.

Al final de sus días, Gonzalo Anes, uno de los mejores conocedores del siglo XVIII español, organizó desde la Real Academia de la Historia un ciclo de conferencias (La España de Felipe V. Guerra de Sucesión, reformas, crecimiento y proyecciones futuras) que ofreció una alternativa no nacionalista a la planteada por el congreso Espanya contra Catalunya.

La intervención de Pérez Moreda es toda una demostración de conocimiento e invitación a la convivencia: “Ningún español puede estar ajeno a los destinos de esa parte de España. Y por el contrario debería sentirse orgulloso del éxito económico, y también cultural, que esa región ha conseguido a lo largo de los últimos siglos”.

FUENTE: La aventura de la Historia

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