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La derrota rentable de 1714

Vista del puerto de Barcelona con Montjüic y Montserrat en un grabado del siglo XVIII.

La victoria borbónica en la Guerra de Sucesión (1701-1714) tuvo consecuencias económicas favorables para Cataluña a largo plazo. Tras la crisis que siguió al conflicto, la economía catalana experimentó un duradero proceso de crecimiento. En palabras de Carlos Martínez Shaw: “El siglo XVIII discurre para Cataluña bajo el signo de la expansión. Crecimiento de las fuerzas productivas, acusada movilidad social, progresiva estabilidad política tras la crisis de 1714, creatividad cultural en los distintos campos”.

A fines del siglo XVIII, la población catalana había crecido un veinte por ciento más que la media española y casi un cincuenta por ciento más que la de las dos Castillas. Sus tres provincias costeras tenían una densidad de población semejante o superior al grupo, mayoritariamente periférico, de las más densas. Hacia 1787, la densidad urbana catalana era la más alta de España -duplicaba la media nacional- tras Madrid. La ciudad de Barcelona triplicó su población en el siglo XVIII, pasando de menos de 40.000 habitantes a 130.000.

Su crecimiento supera al de Madrid, el núcleo urbano más poblado de la época, y al de las principales ciudades españolas (Sevilla, Valencia, Cádiz, etc.). La densidad de población de la provincia de Barcelona se situaba también entre las altas. La extensión y la intensificación de los cultivos se dejaron ver a lo largo y ancho de la geografía catalana. En 1797, la distribución sectorial de la población activa situaba a Cataluña en cabeza -veinticinco por ciento frente a una media nacional del quince- en lo que a empleos manufactureros se refiere. Sobran los indicadores de la pujanza comercial de Barcelona y de su diversificación económicas, de las que también disfrutan las otras provincias marítimas catalanas.

Cédula de Carlos III prohibiendo la importación de manufacturas textiles, el 14 de julio de 1778.

No faltan pruebas de una política borbónica para favorecer a los sectores económicos catalanes -como la prohibición de importar productos de algodón decretada por Carlos III en 1771.

Los logros culturales no escasean: hay destacados catalanes en campos que abarcan desde la Medicina (Casal, Gimbernat, Parés i Franqués, Salvà i Campillo y Virgili) y otras disciplinas científicas al Derecho (Finestres y Llàtzer de Dou) y la Economía (Capmany), pasando por artes diversas (los músicos Valls, Picanyol y Romero y los pintores Giralt, Molet y Rodríguez, entre otros). Felipe V fundó en 1717 la Universidad de Cervera. En los planos artístico y científico, el contraste entre la Cataluña del siglo XVIII y la de los dos siglos anteriores es probablemente mayor que en ninguna otra parte de España.

Rincones del imperio

La novedosa y creciente presencia de súbditos del Principado en todos los rincones del imperio, especialmente comerciantes, es indudable. Se ha registrado el establecimiento, entre 1778 y 1820, de 1.263 comerciantes catalanes en la América española. Ese dato subraya la capacidad catalana para la extroversión económica en el marco de las nuevas oportunidades de negocio aparecidas dentro de la globalizada Monarquía Hispánica tras la derrota austracista.

El esplendor catalán del siglo XVIII no tiene parangón desde la Edad Media. Las opiniones de dos historiadores económicos, Jaume Vicens Vives y Pierre Vilar, así lo avalan. Vicens fue el iniciador de la brillante escuela histórico-económica catalana de la segunda mitad del siglo XX (Nadal, Fontana, Feliu, Torras, Maluquer, Sudriá, Carreras y otros muchos).

Cuando publicó, en 1958, su monumental Historia económica de España, manual de generaciones de historiadores y economistas españoles, aún útil, no compartía esa visión idílica de la Cataluña anterior a la Guerra de Sucesión que hoy presentan algunos historiadores, ni hace suya una visión negativa del absolutismo borbónico: “El influjo francés, que se manifiesta en la intelectualidad, la moda, el gusto, la técnica y la economía, tiende a llenar el vacío que ha dejado en España el fracaso de la política de los Austrias. Y a colmarlo no sólo con soluciones francesas, sino con las europeas de las que aquéllas son igualmente portadoras. En definitiva, una concepción europea de la vida va a intentar modificar e incluso sustituir la mentalidad española moldeada por la Contrarreforma”.

Al contrario, hace un balance económico favorable para Cataluña en el siglo XVIII. Ello no le impide hacer una observación atinada, aunque de interpretación un tanto equívoca, sobre la que volveré: “El renacimiento económico de Cataluña data de 1680 y está más ligado al cacao de Venezuela y al azúcar antillano que a la tinta de las reales cédulas madrileñas”.

Progreso

Su llamada de atención sobre la recuperación económica de Cataluña da entrada a la monumental obra de otro de los grandes clásicos de la historia económica de nuestro país: Cataluña en la España moderna, de Pierre Vilar.

El autor hace una visión general optimista del devenir económico durante el siglo que sucede a la pérdida de “leyes, libertades y garantías”: “El ‘crecimiento’ observado en la parte principal de esta obra es, en el siglo XVIII, el del grupo humano catalán: número de habitantes, extensión e intensificación de los cultivos, reconquista de antiguos medios de irrigación, instalación de otros nuevos, incorporación al trabajo de una masa antes inactiva, comercialización creciente de los productos, conquista de un mercado, nacional para algunos, colonial para otros, acumulación de esos beneficios coloniales, crecimiento de diversos tipos de ingresos, inversiones productivas, creaciones productivas, aparición, a partir de capas medias de campesinos, marinos, artesanos, comerciantes, de una nueva clase dirigente, creciente peso de la región en el complejo español”.

Sobre la base del progreso agrario, manufacturero y comercial del Setecientos, Cataluña acabó convirtiéndose en la primera región industrial de España. El rápido despegue de la industria en este territorio se produce en las dos décadas que siguen a la Primera Guerra Carlista. Se sobrepuso al incendio, en 1835, de la Fábrica Bonaplata, la primera instalación industrial moderna en España. Bonaplata procedía de una familia de fabricantes de indianas y contaba con buenas conexiones con el Gobierno español, que apoyó su iniciativa empresarial mediante exenciones de derechos arancelarios a la importación de maquinaria y otras medidas.

Los años desde 1841 a 1857 serían los “de la revolución industrial”, a juzgar por la formación de sociedades industriales en Barcelona. A mediados del siglo XIX, Cataluña, y en particular la Ciudad Condal, monopolizaba la producción del subsector más estrechamente asociado a la revolución industrial: el textil algodonero.

Para entonces, un proceso iniciado en la segunda mitad del siglo anterior había consolidado entre los industriales catalanes la idea de que “el prohibicionismo es el sistema verdaderamente nacional”, español se entiende. Para Vicente Pérez Moreda: “La polémica librecambio-proteccionismo fue el debate más largo y más virulento de todos los que presenció la política económica española en el siglo XIX”. Los Gobiernos de Madrid se mostraron siempre (arancel prohibicionista del Trienio Liberal y los muy proteccionistas de 1841 y 1849) sensibles a unas peticiones que unían a empresarios y trabajadores textiles catalanes. Pero no solo a las suyas, sino también a las no menos exigentes planteadas por los intereses trigueros del interior peninsular y los industriales vascos. Fue un brillante catalán, Laureano Figuerola, quien intentó sin éxito liberalizar el comercio exterior español en 1869.

Sobre esa base, la segunda revolución industrial dejó una fuerte impronta en Cataluña. Muchas destacadas empresas en los nuevos sectores de la metalmecánica (maquinaria, construcciones metálicas, material ferroviario, automóvil, aeronáutico y equipos eléctricos), la química (ácido sulfúrico, carburo, superfosfatos y rayón) y el cemento, se instalaron en Cataluña, aunque factores diversos, donde destacan el ferrocarril y la electricidad, habían ido reduciendo algunas de las ventajas competitivas de la Cataluña decimonónica y reverdecido el hasta entonces casi desértico panorama de la industria moderna en la mayor parte del resto de España. La protección del mercado nacional frente al exterior(aranceles de 1891, 1906 y 1922, impulsado este último por el catalán Cambó) se vio reforzada, especialmente en la década de 1920, por cierto activismo industrial del Gobierno español.

Todavía en pleno franquismo, como prueba la corriente migratoria desde otros puntos de España, Cataluña concentraba buena parte de la actividad industrial y gozaba de niveles de vida comparativamente elevados. La democracia, que ha venido acompañada de la descentralización, la apertura exterior, la liberalización y la progresividad fiscal asociada a la expansión del Estado del bienestar, parece haber sido menos favorable para la economía de Cataluña que otras épocas.

Quizá por ello, la hipótesis de que una Cataluña fuera de España hubiera tenido un mayor éxito económico gana adeptos entre los secesionistas. Su aceptación no debería basarse en posicionamientos políticos a priori. El ejercicio académico resultará complicado técnicamente, si alguien se atreve a hacerlo. A la espera del mismo, parece insostenible que la región haya sido expoliada secularmente por el resto de España. Esta proposición contrasta con el duradero, aunque no siempre exclusivo, liderazgo económico catalán en España.

El peso de la geografía

Las claves del éxito catalán en la España moderna tardía y contemporánea son diversas. Algunas son autóctonas e independientes de la Guerra de Sucesión. Otras no. Estas se relacionan con los resultados del conflicto, en particular con laplena integración económica de Cataluña en la Monarquía Hispánica. Una entidad política de dimensiones económicas mucho mayores y de la que, hasta fines del XIX, formaron parte territorios ultramarinos incluso después de la pérdida de la mayoría de la América española, consumada ya a mediados de la década de 1820. Las políticas económicas de los Gobiernos españoles en ningún caso persiguieron perjudicar a Cataluña, aunque solo fuera por su condición de primera región manufacturera e industrial.

Empecemos por la geografía. Vilar señala ventajas naturales ya perceptibles en la “joven potencia medieval”: constituir una “formación pirenaico-mediterránea” fundada sobre vías transversales (los ríos Cardoner, Llobregat, Congost-Ter y Fresser) con capacidad para intermediar entre Iberia y el mar y entre Iberia y Europa. Más tarde, el fácil acceso al mar de buena parte del territorio catalán fue y sigue siendo una ventaja natural incuestionable que resalta los obstáculos del centro peninsular. Vilar subraya otra singularidad geográfica favorable: “El caleidoscopio catalán podrá parecer, al viajero procedente de la Iberia interior, menos poderoso y atractivo. ¡Pero cuánto más rico en posibilidades!”.

Vilar no veía la geografía como un destino inevitable, pero no olvidó señalar el contraste entre las “vocaciones económicas” de Cataluña y la España interior (Castilla y Aragón) que surgía de la “variedad” de la primera frente a la “monotonía” de la segunda.

Cercanía al mar

Más recientemente, Maluquer ha resaltado la importancia de la cercanía al mar y de las adecuadas condiciones climáticas y edafológicas de las comarcas productoras de vino y aguardiente. La producción de ambos y su exportación a Gran Bretaña y Holanda tuvo un destacado papel en la recuperación económica catalana de finales del siglo XVII. También lo tuvo en la expansión de la segunda mitad del siglo XVIII, cuando se comercializaron en otros territorios españoles y americanos de la Monarquía Hispánica y en el extranjero.

Los efectos de arrastre de la ascendente vitivinicultura orientada al mercado no fueron despreciables: incremento de la demanda de productos manufacturados de inversión y de consumo; potenciación del comercio, los servicios financieros y el transporte terrestre y marítimo.

Este autor también subraya las ventajas de la vecindad con Francia: exportaciones de vino con motivo de la filoxera (1868-1890) y de corcho durante un período mucho más dilatado; contrabando de bienes, incluidos los de alto contenido tecnológico; acceso a información económicamente útil; llegadas de inversión directa extranjera y de emprendedores y técnicos foráneos; recepción de turistas; plataforma exportadora al “Gran dorsal” europeo desde la integración española en la economía continental. En resumen: “El carácter de territorio de frontera no ha sido, probablemente, el factor determinante de la modernización económica de Cataluña, pero parece evidente que ha contribuido a ella de un modo más que sobresaliente”.

Desde la “unificación” peculiar entre las coronas de Aragón y Castilla durante el reinado de los Reyes Católicos, los gastos de la defensa española en el Mediterráneo recayeron desproporcionadamente en los habitantes de la segunda. A diferencia de las guerras de Flandes, las del Mediterráneo, herencia geoestratégica de la Corona aragonesa, reciben escasa atención en las explicaciones sobre la decadencia que sufrió España a mediados de la Edad Moderna.

Expansión otomana

La expansión otomana por el Mediterráneo oriental y el norte de África y la de las coronas de Castilla y Portugal por América y Asia dejaron “fuera de juego” a polos económicos, como Barcelona, de indudable esplendor medieval. Sin la proyección peninsular y americana favorecida por las reformas borbónicas, la suerte de Cataluña habría resultado, por contraposición a Holanda e Inglaterra, afectada por la de una zona del mundo en decadencia económica y política. Y por ello privada del acceso a los mercados abiertos previamente por la Corona de Castilla más allá de las Columnas de Hércules y que tanto se expandieron a lo largo del siglo XVIII.

Incluso en el XIX, los restos ultramarinos del Imperio español, como Cuba y Filipinas, fueron de importancia para la economía catalana.

Si la geografía cuenta para explicar el éxito catalán, también lo hacen otros factores de índole histórico-institucional. Uno es la herencia tardo-medieval que hizo posible que el campesinado accediera al usufructo del suelo a largo plazo en condiciones favorables para el progreso agrícola, pues estimulaba el acceso al crédito y la especialización productiva orientada al mercado de algunas zonas geográficamente favorecidas.

La explicación “igualitaria” del temprano progreso económico catalán propuesta por Maluquer goza de amplio consenso. Así, una distribución de la propiedad de la tierra menos concentrada, resultante de la guerra remensa, desde fines de la Baja Edad Media habría hecho participar a sectores más amplios de la sociedad catalana de los beneficios de la expansión vitivinícola. Ello habría permitido una mayor demanda regional de las nuevas manufacturas textiles, que se vio atendida por la adaptativa estructura económica catalana del siglo XVIII.

El progreso manufacturero hundiría sus raíces en una distribución de la renta y la riqueza menos concentrada que en el resto de España. El contrapunto andaluz suele asomar en esta línea de razonamiento. La explicación histórico-institucional no carece de verosimilitud. Pero cabe dudar de que sea la “explicación”, aunque contribuya a ella.

Por un lado, resulta improbable que la demanda catalana -un millón de habitantes frente a los más de dos y de 20, respectivamente, de Holanda y Gran Bretaña, que tenían bastante más renta per cápita- hubiera bastado para poner en marcha un proceso de industrialización que nunca pudo prescindir del mercado ofrecido por los restantes territorios de la Monarquía Hispánica en España, América y Asia.

Convendría no exagerar la influencia de la distribución “igualitaria” de la renta en la industrialización. Por lo que sabemos, la desigualdad de Holanda, en 1732 y 1808, era mayor que la de la “Vieja Castilla” en 1752, y la de Inglaterra solo un poco menor, en 1759, y, en 1801, casi idéntica.

Se debe atribuir una parte no despreciable de los logros catalanes a algunas medidas de la política económica borbónica, que hizo que no toda “la tinta de las reales cédulas madrileñas” careciese de incidencia sobre esos factores del renacimiento económico catalán que mencionaba Vicens: el “cacao de Venezuela” y el “azúcar antillano”.

Supresión de aduanas

La supresión de aduanas interiores entre Castilla y Aragón -unos seis millones de habitantes frente a uno y medio, respectivamente, al poco de finalizar la Guerra de Sucesión- permitió el libre acceso al mercado castellano de la producción catalana y ofreció oportunidades desconocidas para los productores y comerciantes catalanes. Las botigues se establecieron en buena parte de la geografía española. Las uniones aduaneras favorecen más a sus integrantes de menores dimensiones iniciales, como era el caso de Cataluña.

Crucemos ahora el charco. Los productos catalanes comenzaron a llegar indirectamente a la América española -su población pasó de unos diez a unos veinte millones de habitantes entre 1700 y 1820- a través de Cádiz.

En el año 1755 fue autorizada la Real Compañía de Comercio de Barcelona a Indias, a la que el Gobierno concedió algunos de los privilegios de que gozaban empresas semejantes en la Europa moderna, al tiempo que limitó geográficamente sus actividades (Santo Domingo, Puerto Rico y La Margarita, y más tarde, Cumaná). Las medidas de liberación del comercio con América de 1765, 1778 y 1789 no hicieron sino ampliar la proyección americana de la economía de Cataluña, en especial la de sus comarcas marítimas.

Mercados emergentes

Puede discutirse si el mercado hispanoamericano fue decisivo para la moderna manufactura algodonera catalana, pero no que fuera irrelevante. Ni mucho menos lo fue para el sector vitivinícola y el de servicios marítimos (transporte, seguros, banca y construcción naval). Los efectos de la nueva situación creada por la política del reformismo borbónico fueron, para Maluquer, inequívocos: “Los mercados emergentes del otro lado del Atlántico contribuyeron, además, a potenciar el crecimiento agrícola y éste impulsó la producción de manufacturas y el progreso del conjunto de la economía”.

Con la libertad de comercio de granos establecida por Carlos III en 1765, Cataluña vio facilitada la importación de trigo extranjero más barato y, con ello, el aumento de su especialización en otros productos agrícolas y manufactureros y en los servicios.

La reforma fiscal representada por la introducción del catastro en 1716 trajo una simplificación y modernización impositiva. Si, inicialmente, la reforma incrementó la presión fiscal, no ocurrió lo mismo en el largo plazo. Como el cupo asignado a Cataluña no experimentó más que escasas y menores alteraciones al alza, el aumento de la población y el crecimiento económico acabó reduciendo la presión fiscal, especialmente en las provincias costeras.

Existían otros impuestos de evolución diferente, lo que debería conducirnos a no exagerar las ventajas fiscales de la Nueva Planta, como sugiere Ruiz. Pero evitar la exageración no implica negar los beneficios del modelo fiscal catalán del siglo XVIII. Mientras que Cataluña fue incrementando los beneficios derivados de un creciente acceso a los mercados de la Monarquía Hispánica en España y América, su contribución fiscal al aumento de los costes de preservación de los mismos -gastos en Ejército y Marina incluidos- fue menor que la de otros territorios.

Cataluña debe buena parte de su éxito económico en la España moderna a factores autóctonos. Otra parte no menor se debe a consecuencias positivas derivadas de la Guerra de Sucesión y de la política del reformismo borbónico.

Como recuerda Pérez Moreda, los logros económicos catalanes durante el siglo XIX no impidieron que la pérdida de las últimas colonias en 1898 fuera, para figuras del pensamiento como Ortega y Gasset y Ramón y Cajal, la causa principal del desapego de sectores de la sociedad catalana hacia España en los comienzos del siglo XX. No parece que la proximidad temporal entre la pérdida de los últimos mercados ultramarinos y el fortalecimiento del catalanismo político sea casual.

Al final de sus días, Gonzalo Anes, uno de los mejores conocedores del siglo XVIII español, organizó desde la Real Academia de la Historia un ciclo de conferencias (La España de Felipe V. Guerra de Sucesión, reformas, crecimiento y proyecciones futuras) que ofreció una alternativa no nacionalista a la planteada por el congreso Espanya contra Catalunya.

La intervención de Pérez Moreda es toda una demostración de conocimiento e invitación a la convivencia: “Ningún español puede estar ajeno a los destinos de esa parte de España. Y por el contrario debería sentirse orgulloso del éxito económico, y también cultural, que esa región ha conseguido a lo largo de los últimos siglos”.

FUENTE: La aventura de la Historia

La gran mentira del genocidio español en América

De todas las mentiras que he escuchado a lo largo de mi vida sobre asuntos históricos, quizá entre las que más me molestan estén las relativas al papel ejercido por España en América. Las que conforman la “Leyenda Negra” que acusa a España de genocida y esclavizadora de los pueblos americanos durante la Conquista. Y me molestan porque son acusaciones falsas e infundadas, que a base de ser repetidas e introducidas con calzador en el ideario popular, hemos acabado por creérnoslas hasta los propios españoles.

Todo proceso histórico conquistador o colonizador conlleva el uso de la violencia y de las armas. Si bien el Imperio Romano invadió y conquistó España desde el siglo III A.C., arrasando y aniquilando a nuestros antepasados celtíberos, lusitanos, astures o cántabros, a nadie con un mínimo de inteligencia se le ocurriría hoy decir que Roma es la culpable de “la aniquilación de España” y del “sometimiento injusto” de nuestro pueblo. Más bien, los españoles mantendremos una deuda eterna con Roma por habernos dejado un legado inigualable tras su paso, latinizándonos y regalándonos su influencia y su organización. Algo parecido, o quizá de superior magnitud, sucedió en lo que respecta a la transmisión de riqueza a América tras nuestra llegada. La diferencia, sin embargo, es que el Imperio Romano no tuvo la mala suerte de contar con un enemigo anglosajón que volcara sobre él durante siglos infinitas mentiras y leyendas destinadas a diezmar su legitimidad y grandeza incontestables.
También los propios Tlaxcaltecas ayudaron a Hernán Cortés a derrotar a sus enemigos de Tenochtitlán (los Aztecas de Moctezuma), y los Aztecas, a su vez, combatieron junto a los españoles en posteriores colonizaciones…La historia, como vemos, es al final una sucesión de conquistas, y si bien se cometieron algunos casos aislados de maltrato durante los periodos de introducción y de Conquista (inevitables teniendo en cuenta las gentes, las circunstancias y la época) España no ejerció sobre los nativos americanos ningún tipo de genocidio ni esclavitud generalizado. Muy al contrario, podemos decir (y avalarlo con documentación y hechos contrastados de la historia), que España fue el único país de Europa que siempre protegió en su Conquista a los nativos de todos nuestros territorios de Ultramar, garantizándoles una vida digna y unos derechos integrales.
Pocos años después de nuestra llegada a tierras americanas, y en virtud de nuestra condición de Reino católico (clave en nuestra posterior relación con los indígenas), y del impulso de nuestros frailes Franciscanos y Jesuitas, fuimos los propios españoles quienes dictamos multitud de normas, leyes y decretos oficiales que protegían a los indígenas de cualquier abuso. Y fue la propia Reina Isabel la Católica quien determinó tras el primer viaje de Colón, que los indios nativos no debían ser considerados esclavos, ni siquiera gentes colonizadas, sino súbditos de pleno derecho de la Corona Española, como habitantes de las nuevas provincias recién descubiertas.
Llegada de Cristóbal Colón a América
Y nos tomamos tan en serio los españoles la aplicación de justicia sobre los indígenas del Nuevo Mundo, que la Monarquía Hispánica inmediatamente acometió las reformas necesarias para regular su trato de forma oficial. De esta manera, nada más dos décadas después de iniciarse el Descubrimiento (el 27 de diciembre de 1512), España abolió la esclavitud indígena mediante las “Leyes de Burgos”, en las cuales se emitieron las ordenanzas necesarias “para el gobierno con mayor justicia de los naturalesindios o indígenas” y se estableció que el Rey de España tenía derecho a “justos títulos de dominio del Nuevo Mundo, pero sin derecho a explotar al indio, que era hombre libre y podía tener propiedades, pero que como súbdito debía trabajar a favor de la Corona sin mediar la esclavitud, retribuido y con libertades garantizadas, a través de los españoles allí asentados. España anteponía la evangelización de los nativos a cualquier otra materia, nativos a quienes consideraba hermanos cristianos, dejando a un lado las excepciones salvajes que efectivamente se pudieran dar y de las que de ninguna manera fue culpable España como unidad.
Pero las “Leyes de Burgos” no fueron unas leyes aisladas en lo referente al trato a los indígenas, y treinta años más tarde (1542), España emitía las “Leyes Nuevas” (o Leyes y ordenanzas nuevamente hechas por Su Majestad para la gobernación de las Indias y buen tratamiento y conservación de los indios), en las que entre otras cosas se regulaba aún más en detalle el trato a los nativos, proclamando de nuevo su libertad y suprimiendo igualmente las encomiendas. Eran normas emitidas por los propios españoles y que restaban derechos a los pobladores españoles en beneficio de los indígenas, algo inédito en aquel momento y digno de asombrosa admiración…En esas “Leyes Nuevas”, el Emperador Carlos V mandó constituir una comisión que determinara la limitación de los derechos de los españoles en sus encomiendas y el sistema y forma en que se llevaban a cabo las Conquistas (no podían violarse los derechos indígenas en ese proceso). En dichas leyes, también se regulaban los tributos que los indígenas debían aportar al Estado, como súbditos del Rey que eran y no como esclavos.
En resumen, en lo relativo al trato a los indígenas, las “Leyes Nuevas” aportaban lo siguiente:
– Sobre la esclavitud:
* Cuidar la conservación y gobierno y buen trato de los indios
* Que no hubiera causa ni motivo alguno para hacer esclavos, ni por guerra, ni por rebeldía, ni por rescate, ni de otra manera alguna.
* Que los esclavos existentes fueran puestos en libertad, si no se mostraba el pleno derecho jurídico a mantenerlos en ese estado.
* Que se acabara la mala costumbre de hacer que los indios sirvieran de cargadores (tamemes), sin su propia voluntad y con la debida retribución.
* Que no fueran llevados a regiones remotas con el pretexto de la pesca de perlas.
* Se dictó orden a la armada española para la persecución y castigo de las naves esclavistas inglesas, holandesas y portuguesas que infectaban el caribe con destino a las colonias anglosajonas y a Brasil.
– Sobre las encomiendas:
* Que los oficiales reales, del virrey para abajo, no tuvieran derecho a la encomienda de indios, lo mismo que las órdenes religiosas, hospitales, obras comunales o cofradías.
* Que el repartimiento dado a los primeros Conquistadores cesara totalmente a la muerte de ellos y los indios fueran puestos bajo la real Corona, sin que nadie pudiera heredar su tenencia y dominio.
Y es que, como decía el historiador e hispanista estadounidense Lewis Hanke, uno de los mayores expertos sobre Hispanoamérica: “Ninguna nación europea se responsabilizó de su deber cristiano hacia los pueblos nativos tan seriamente como lo hizo España. Y no solo cuidamos más que ningún otro país nuestra relación con aquellos nuevos compatriotas, sino que el nacimiento del Imperio Español en América supuso, de facto, en inicio de uno de los periodos más prósperos de la historia universal. Un periodo en el cual la ciudad de México llegó a convertirse en la urbe más grande y rica del planeta, o en el que cuando llegaron las independencias, España había creado un legado que convertía a Hispanoamérica en la región más próspera del planeta, con un nivel de vida y una economía incluso superiores a las de la Europa de entonces y con unas ciudades (como Lima, Santa Fe de Bogotá o México), mucho más importantes que Londres, París o la Roma de aquel momento…Y fuimos quizá tan respetuosos y precavidos, que podemos afirmar que los problemas reales de las independencias americanas no fueron causados por España, sino por los trágicos y mal llamados “libertadores”, que en nombre de una falsa igualdad arrebataron a los indios sus derechos y sus tierras comunales, amparadas por las leyes y los derechos que los españoles habíamos decretado siglos antes.
Nuestra labor en América no tuvo absolutamente nada que ver con genocidios o esclavitudes, y sin embargo sí mucho que ver con el florecimiento en América de una nueva cultura que venía a cambiar para mejor la que nos encontramos al llegar. Descubrimos sociedades tecnológica y humanamente 3000 años atrasadas, generalmente inconexas entre ellas, que en su práctica totalidad practicaban el canibalismo y los sacrificios humanos, y a las cuales situamos a la cabeza del mundo en pocos siglos. Y es España la responsable de haber trasladado a América el urbanismo, el derecho, las economías estructuradas, la agricultura, las universidades, las catedrales, las técnicas arquitectónicas, la influencia del Renacimiento, la imprenta, la rueda, la escritura, la música o la fe, entre otras infinitas cosas. Fundamos 23 universidades en América que daban educación a casi 200.000 alumnos de todas las clases sociales y razas (Portugal no fundó ninguna en Brasil durante su periodo colonial, mientras que la Inglaterra colonial de entonces, por ejemplo, hasta ese momento se había preocupado más bien poco por educar a sus indígenas), y a través de la península, hacíamos llegar a América todas las corrientes intelectuales y las artes que la grandiosa España de entonces absorbía.
CAPITULO XII del testamento de ISABEL LA CATOLICA: «Por cuanto al tiempo que nos fueron concedidas por la Santa Sede Apostólica las islas e tierra firme del mar Océano, descubiertas e por descubrir, nuestra principal intención fue, al tiempo que lo suplicamos al Papa Alejandro sexto de buena memoria, que nos hizo la dicha concesión, de procurar inducir e traer los pueblos de ellas e los convertir a nuestra Santa Fe católica, e enviar a las dichas islas e tierra firme del mar Océano perlados e religiosos e clérigos e otras personas doctas e temerosas de Dios, para instruir los vecinos y moradores de ellas en la Fe católica, e les enseñar e doctrinar buenas costumbres e poner en elfo la diligencia debida, según como más largamente en las Letras de la dicha concesión se contiene, por ende suplico al Rey, mi Señor, muy afectuosamente, e encargo e mando a la dicha Princesa mi hija e al dicho Príncipe su marido, que así lo hagan e cumplan, e que este sea su principal fin, e que en ello pongan mucha diligencia, e non consientan e den lugar que los indios vecinos e moradores en las dichas Indias e tierra firme, ganadas e por ganar, reciban agravio alguno en sus personas e bienes; mas mando que sea bien e justamente tratados. E si algún agravio han recibido, lo remedien e provean, por manera que no se exceda en cosa alguna de lo que por las Letras Apostólicas de la dicha concesión nos es infundido y mandado».
¿Qué se cometieron atrocidades e injusticias? Sin duda, sí. ¿Qué hubo quienes utilizaron su poder personal para esclavizar a veces a los indígenas? También. Pero el 95% de las muertes acaecidas por aquel tiempo en América no son producto de las armas españolas, sino de los virus y enfermedades (como la gripe, la viruela, la escarlatina o el sarampión), que inevitablemente se transmitieron de España a América y de América a España entre dos mundos que hasta ese momento habían estado permanentemente aislados entre sí.
Por todo ello, creo que es deber de toda la comunidad Hispanoamericana conocer estos hechos, para no dejarnos seguir engañando por la leyenda negra creada por el mundo anglosajón y por quienes encabezaron las distintas independencias e hicieron creer a algunos que la bellísima historia común que tenemos no fue sino una vulgar y cruel escabechina. Con un poco de rigor histórico y cultura, descubrimos que lejos de ser aquello que esos dicen, la historia de España en América es uno de los periodos más hermosos y prósperos de la historia universal, porque España no fue a América para irse sino para quedarse, para construir y para fusionarse. Y fruto de ese aporte y de esa fusión son sus ciudades y sus gentes de hoy, que son el mejor ejemplo vivo de aquella gesta sin igual que hermanó para siempre a una comunidad de naciones que hoy engloba a 450 millones de personas.
FUENTE: “Guía políticamente incorrecta de la civilización occidental”, adaptación española basada en: The Politically Incorrect Guide to Western Civilization. Anthony Esolen y José Javier Esparza Torres. Ciudadela Libros.

España rememora su marcada huella en el poblamiento de EE.UU.

España rememora su marcada huella en el poblamiento de EE.UU.

Una de las primeras cartas de navegación del Golfo de Florida, entregada al presidente George Washington

La presencia de los españoles como primeros pobladores europeos de los actuales Estados Unidos no se limitó a la exploración del territorio, sino que también marcó una profunda huella cultural y arquitectónica en una vasta extensión del país. Es una de las aportaciones que en forma de un detallado recorrido documental e histórico mostrará España los próximos otoño e invierno en el país norteamericano. Y lo hará en la Antigua Residencia de los Embajadores de España en Washington, una parte notable de ese legado. Una exposición en San Agustín (Florida), la primera ciudad fundada en los EE.UU. (exceptuando San Juan de Puerto Rico), y una muestra en Dallas (Texas) de los valiosos fondos pictóricos de la Casa de Alba, ponen el «broche de oro» a la ofensiva que lleva a cabo España desde 2013 como reivindicación de esa influencia, según palabras de María Molina, la nueva consejera de Cultura de la Embajada española en Washington.

Las ciudades, antiguos presidios (fortalezas) y misiones que los españoles fueron asentando desde el desembarco de Ponce de León en Florida, constituyen la gran herencia, origen del particular paisaje urbano en importantes partes de los EE.UU. de hoy. Los mismos elementos arquitectónicos formaron cadenas en las que cada uno de ellos tenía su función, hasta derivar en algunos de los actuales pueblos y ciudades. Según el relato histórico y cartográfico que ofrece «Diseñar América: el trazado español de los EE.UU.», un recorrido comisariado por Juan Miguel Hernández León y Francisco Arques, resulta curioso comprobar cómo su expansión, con el establecimiento de ciudades desde la fundación de San Agustín en 1565, fue dibujando una especie de frontera: desde Florida y Luisiana al sur, hasta Canadá al norte. Posteriormente, desde el este, los ingleses y franceses emprenderían su poblamiento a partir de la fundación de Jamestown (Virginia) en 1607. La exposición recuerda la impronta cultural dejada por España no sólo en Florida y Luisiana, sino también en la isla de Puerto Rico, y en San Luis (Missouri), ya en el medio oeste. Y, en el suroeste, en California, Arizona y Texas.

La cultura española halla espacio también a partir de esta semana en el Meadows Museum en Dallas (Texas), donde abre las puertas «Treasures from the House of Alba: 500 Years of Art and Collecting», con más de un centenar de piezas de la extraordinaria colección de la Casa de Alba, que por primera vez sale de España. Entre las obras, «La Duquesa de Alba de blanco» de Goya, «La Virgen de Granada» de Fray Angélico y «Cristo coronado de espinas» de Diego de Ribera. La Fundación Casa de Alba aporta también un archivo material donde consta el primer mapa del Nuevo Mundo que diseñó Cristóbal Colón.

Además del ciclo de cuatro días que ha promovido San Agustín por iniciativa propia en su recuerdo como primera población española, España ha contribuido a la efeméride del 450 aniversario con la traducción e impresión de un libro sobre la fundación de la ciudad. «St Augustine: America’s First City», escrito por Michael Francis, relata los orígenes de la ciudad de Florida.

Con Gabriel Miró, en «The Experience of Seeing», en el McNay Museum de San Antonio (Texas); y las muestras «Disney and Dalí: Archiqutects of the Imagination», en San Francisco y en San Petersburgh (Florida), y «Goya y Dalí: Los Caprichos», en CCE Miami, se refuerza la oferta cultural española.

Fuente: Manuel Erice para ABC

Cuando España perseguía a los piratas

España sabe mucho de piratas. De enfrentarse con ellos, perseguirlos y darles caza al precio que fuera. Y también de acceder a sus pretensiones, que en la América hispana se sustanciaba en el Tributo de Quema exigido a las ciudades porteñas si no querían arder pasto de las llamas y que en nuestros días se materializa en forma de millonarios rescates pagados en dólares.

La exposición ‘Mare clausum, mare liberum’ que se mostró en 2009 en el Archivo General de Indias se lanzó al abordaje de la piratería en la América española prácticamente desde que se difundieron las riquezas descubiertas en el Nuevo Mundo.

A través de 170 documentos se rememoran los ataques piratas al tráfico marítimo a menos de cien pasos de la plaza de San Francisco donde se ajustició al general de la Flota de Indias Juan de Benavides Bazán el 18 de mayo de 1634 por haber abandonado sin entablar combate en la bahía de Matanzas (Cuba) el cargamento de 70 toneladas de plata, 60 kilos de oro puro y varios cofres todo por valor de 15 millones de florines que transportaba el convoy real en 1628.

El episodio habla de la dureza con que se castigaba los pusilánimes o a los entreguistas, pero también de la diversidad de ángulos desde los que enfocar la cuestión: la cobardía que el almirante pagó con su vida se trocó en admiración en el caso de el pirata Piet Heyn, que dirigió el asalto, idolatrado en su país por hacerse con la ‘Golden Bird’, como se conocía en Europa a la flota de Indias, hasta el punto de convertirse en inspiración de canciones infantiles: «¡Piet Heyn! Su nombre es corto / su hazaña, magna / fue quien capturó / la flota de la plata».

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La muestra repasó en diez expositores una historia que se inició en 1522 cuando el conocido en España como Juan Florín, genovés bajo pabellón francés, arrebató el tesoro de Moctezuma que Hernán Cortés enviaba a Sevilla gracias a la interceptación de las cartas de marear. La mayoría de los primeros piratas galos eran fanáticos hugonotes deseosos de hostigar a la Marina de Su Majestad Católica lo que, en un arriesgado paralelismo, podría representar hoy en día la amenaza de Al Qaeda para los gobiernos occidentales.

Un fenómeno extenso en espacio y tiempo

Ese fue precisamente el interesante punto de partida de la exhibición, resumido en esta frase de uno de los primeros paneles a la vista del público: “Los piratas no sólo han existido en América, sino en todas las épocas y lugares. Han sido de todas las nacionalidades y razas”.

Incluso los españoles otorgaron patentes de corso (de ahí el nombre de corsarios para designar a las flotas no regulares que compartían el botín con el Gobierno que los autorizaba a actuar contra potencias enemigas) en 1674 en un intento a la desesperada por frenar la actividad de los filibusteros en Jamaica y las Antillas.

El nombre de la exposición sugiere, de entrada, que si los españoles sufrieron los ataques piratas fue porque consideraron el Atlántico como un mar propio (mare clausum, mar cerrado en latín) donde ningún barco sin autorización de la Corona podía comerciar.

Frente a esta tesis se alzaban quienes, como el holandés Hugo Grocio en su tratado ‘De iure parede commentarius’ de 1609, consideraban que las aguas debían ser libres para quien quisiera establecer relaciones comerciales. El debate se mantiene hasta la actualidad en torno a las aguas jurisdiccionales en disputa, como ocurre con el peñón de Gibraltar.

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Precisamente Inglaterra tomó el relevo de Francia cuando las relaciones con ésta se recompusieron tras la firma de la paz de Cateau-Cambrésis. El primer navío inglés pirata registrado atacó la isla de la Mopna, entre las Antillas mayores de La Española y Puerto Rico.

Un nombre sobresale de esa primera época corsaria, tan idolatrado en Gran Bretaña como vilipendiado en España: Sir Francis Drake, quien logró culminar la segunda vuelta al mundo gracias al secuestro del piloto portugués Nuño de Silva atravesando el océano Pacífico al que llamaban el Mar Español.

Precisamente ese distinto enfoque a la hora de considerar las hazañas o vilezas de los piratas es común a todas las naciones, según de qué lado se encuentren en la cambiante línea de la legalidad del derecho marítimo.

Doctrina de ‘Guatarrala’

La ‘pérfida Albión’ se sometía a la doctrina que expresaba con insuperable lucidez otro ennoblecido asaltador del océano, sir Walter Raleigh, conocido por los españoles como el pirata Guatarrala por corrupción fonética de su apellido: «Quien quiera que domine el mar, dominará el comercio; quien quiera que domine el comercio del mundo dominará sus riquezas y, por ende, el mismo mundo».

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España tenía que preservar su dominio del Nuevo Mundo consagrado en el Tratado de Tordesillas con cuyo facísimil se abre la exposición para situar al visitante en el reparto a ciegas del continente recién descubierto decretado por bula papal en favor de España y Portugal.

A tal fin consagró una ingente cantidad de recursos y esfuerzos bélicos: fortificando hasta hacer aparentemente inexpugnables las principales ciudades costeras (desde Cartagena de Indias a Portobelo), desarrollando un sistema de cifrado secreto para transmitir las órdenes y obligando a hacer el tornaviaje en convoyes escoltados por navíos de guerra navegando siempre a barlovento para poder maniobrar en auxilio de los mercantes.

Cuando todo ello resultó ineficaz para acabar con la acción de los piratas –de lo que también pueden extraerse enseñanzas históricas muy de actualidad-, España se vio obligada a abandonar territorios, las llamadas «islas inútiles» caribeñas que se convirtieron en guarida de gente de la mar de la peor estofa agrupados en la Cofradía de los Hermanos de la Costa en la isla Tortuga, por ejemplo.

A finales del XVII, un pirata versado en la escritura, Alexander Olivier Exquemelis, fijó en el imaginario colectivo la identidad del filibustero como hombre no sujeto a ley (esa parece ser la etimología de la palabra) que no se rinde ante nadie. Los escritores románticos terminaron por acuñar el mito que ha pervivido hasta nuestros días.

‘Atrezzo’ de la piratería

Las patas de palo -el primer pirata con esa prótesis fue el francés François Le Clerc que atacó Puerto Rico en 1554-, los parches en el ojo, los garfios en los brazos y los loros en el hombro han llegado amplificados por novelas y películas que ocupan, en un simpático guiño, el último espacio expositivo de la muestra.

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Desde ‘La Dragontea’ de Lope de Vega, publicada en 1598, al barco de juguete de los Click, la piratería sigue bien presente en el ideario cultural colectivo siendo así que su actividad ilegal contra el tráfico marítimo sigue vigente, como acertadamente recuerda el último mapa de la exposición.

Tres siglos de historia de España apretados en un puñado de documentos (cartas, cédulas, relaciones, mapas, croquis) que sorprenden no sólo por su calidad sino por la exhaustiva maquinaria burocrática de la Corona españolaque todo lo anotaba, todo lo auditaba y todo lo supervisaba.

Junto a la impresionante documentación, dos modelos de naves construidas para el pabellón de la Navegación de la Expo 92, dos piezas cerámicas de la colección de Montpensier y varias maquetas del Museo Militar en préstamo sirven de contrapunto a la sucesión de vitrinas con legajos.

Gracias a esa minuciosidad, las comisarias Falia González Díaz y Pilar Lázaro de la Escosura han podido reconstruir la historia de la piratería sin tener que salir del Archivo de Indias como ya hicieron en 2008 con la huella española en Estados Unidos.

Fuente: elmundo.es

El fabuloso botín del Westmorland

España casi siempre ha sido víctima del expolio… pero sólo casi siempre. Este caso, ocurrido a finales del siglo XVIII, fue distinto: un barco británico bautizado con el nombre de Westmorland acabó en el puerto de Málaga tras ser víctima de un ataque corso. Nadie sabía que dentro iba a bordo una de las colecciones artísticas más impresionantes jamás reunidas. Tras una intensa batalla diplomática, el “tesoro” se quedó en España. Y aquí sigue.

De haber arribado dos días antes al puerto de Málaga, y no el 8 de enero de 1779, es posible que los buques de guerra franceses Cathon y Destine –bajo el mando del brigadier D’Espineuse–, hubieran sido considerados por algunos como unos “Reyes Magos” un tanto particulares. No en vano, los buques de línea galos llegaban del Este y traían consigo un regalo suculento: tres navíos de bandera inglesa capturados días atrás, con las bodegas cargadas de valiosas mercancías.

Lo que seguramente desconocían en aquellos momentos D’Espineuse y sus hombres era que uno de aquellos barcos, la fragata Westmorland, no solo portaba toneladas de bacalao en sus entrañas –como las otras presas inglesas–, sino que bien podía considerarse un auténtico “museo flotante”, pues transportaba miles de obras de arte y antigüedades pertenecientes a adinerados súbditos británicos que habían viajado a Italia para participar en el llamado Grand Tour, un gran crucero para gente adinerada que bien puede considerarse precursor del actual turismo.

Aquel suculento botín acabaría siendo adquirido, tras no pocas negociaciones, por orden del mismísimo rey Carlos III, quien decidió que la nutrida colección arrebatada a los británicos se sumase, en su mayor parte, a los fondos de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, creada apenas treinta años antes.

Aunque el Westmorland zarpó del puerto de Livorno con rumbo a Londres en los últimos días de 1788 o en las primeras jornadas del nuevo año –la fecha exacta se desconoce, pese a los abundantes documentos conservados–, llevaba fondeado en la costa italiana al menos desde finales del marzo anterior. Durante esos meses, el barco –uno de los muchos que en aquellos años contaban con patente de corso y además recorrían el Mediterráneo cargados de mercancías–, fue abasteciendo sus bodegas con los habituales toneles llenos de bacalao y otros productos, pero sobre todo con pinturas, libros, estatuas, bloques de mármol y antigüedades varias que un buen número de viajeros británicos habían ido adquiriendo durante su visita por distintas localidades italianas.

En aquellos años, Inglaterra se encontraba en guerra abierta con Francia debido a la participación de ésta en la Guerra de Independencia de las trece colonias americanas, a las que los galos apoyaban. Por esta razón, las aguas del Mediterráneo se habían convertido en un lugar muy peligroso para los navíos británicos, en especial después de que Luis XIV diera vía libre a la guerre de course (guerra de corso), y abriera la veda a la captura de barcos enemigos para hacerse con su carga. Livorno, donde se encontraba amarrado el Westmorland, se había declarado puerto neutral, y era orden de obligado cumplimiento para todo barco británico zarpar acompañado, y así evitar en lo posible ataques enemigos.

Cuando finalmente se hizo a las aguas, el Westmorland –con veintiséis cañones, y sesenta tripulantes al mando del capitán Willis Machel, además de un pequeño grupo de pasajeros– puso rumbo a Inglaterra acompañado de otros dos barcos de menor calado, el Gran Duca di Toscana y el Southampton. Pero a pesar de cumplir las órdenes y navegar en convoy, los tres barcos tuvieron la mala suerte de cruzarse con los franceses Cathon y Destine, que habían zarpado el día de Navidad del puerto de Toulon. Con más de cien cañones y unos 1.300 hombres entre ambos, los buques de línea franceses constituían un enemigo imbatible, y los británicos no tuvieron otra opción que rendirse.

Fue así como el Westmorland llegó apresado al puerto español de Málaga en los primeros días de 1779, donde sus valiosos contenidos podían venderse fácilmente entre las distintas casas de comercio, que habitualmente realizaban transacciones con los franceses. Así, las mercancías que llevaban los tres barcos –en su mayor parte bacalao– fueron rápidamente vendidas a los comerciantes, pero no ocurrió lo mismo con el valiosísimo contenido que viajaba en las tripas del Westmorland, que tendría que esperar un tiempo antes de pasar a manos de un nuevo dueño.

La noticia de la captura de los buques británicos no tardó en llegar a oídos de las más altas autoridades españolas. Ese mismo 8 de enero de 1779 en el que los buques echaban el ancla en el puerto de Málaga, el conde de Ofalia, a la sazón gobernador de la costa, escribió sin pérdida de tiempo al todopoderoso secretario de Estado, conde de Floridablanca, poniéndole al tanto de lo ocurrido.

No fue el único intercambio de correspondencia oficial que se produjo en aquellos primeros días. También los cónsules de Inglaterra y Francia en suelo español mantuvieron una intensa comunicación entre sí y con las autoridades españolas. La razón era bien sencilla: además de lo importante que resultaba la captura de los barcos por su valiosa mercancía, no menos beneficioso era el buen número de prisioneros apresados, que podían canjearse con los que estaban en manos del enemigo.

Fuente: http://www.historiadeiberiavieja.com

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